Fuego medular. Acerca de "Combustión", de Alejandro Cordero

Dennis Ávila *

El desencanto insiste en derrumbar las puertas. Y la poesía no está exenta de ello. Quienes la conciben, mediante ese llamado plurisensorial que es la escritura, se quedan de pie ante estos golpes secos, como de troncos que caen en una matanza de árboles. No lo saben, pero algo de sus palabras obedece a la resonancia que hace el mundo: este bosque de nudos en la garganta.

Este desencanto no es ajeno a Combustión (EUNED, 2018) libro potable, y no por ello fácil. Cada texto nos remite a situaciones que tenemos en común. En este sentido, el elemento medular es el fuego, y no precisamente el que fluye convertido en incendio; tampoco el fuego espiritual de las ceremonias ancestrales, sino uno más elemental: el fuego que nos recuerda que todo tiene un principio y un final, un antes y un después: “sé que hay mejores formas / pero las malas noticias / llegan primero a todas partes”.

Alejandro Cordero no vino a salvar a nadie ni arrastra consigo alguna deuda más allá de su misión personal: escribir poesía. No en vano abre el telón con una carta abierta a los amigos, quienes “llevan poco” y “se van antes de que amanezca”. ¿Antes de que salga la luz? ¿Antes de rozar las cenizas para volver a nacer? “Fuimos parte de lo que nunca nos dijeron”, escribe y, de algún modo manifiesta que está, siempre, a “Mitad de camino: Todo lo dejé a medias / Tuve amores a medias / enemigos a medias / fe a medias”, acorde a una generación que vive, quizá, el escenario más complejo de la historia.

El poema que da título a Combustión, de hecho, fortalece esta impotencia: “no hay sinónimo para cuentagotas / para grano de arena / para lo que dura el último trago”, sin embargo todo sigue aquí, consumiéndose como en una carrera de caballos, donde el miedo y las premoniciones están a la orden del día: la leyenda de un héroe que intenta salvar a su pueblo y que tras ser “condenado / a la hoguera / por rebelde / vence a la muerte / al transformarse / en mariposa”; poemas con su propio “Karma: Mago del as bajo el sobaco / Pistolero en el expreso / Verdugo sonriente / Mataperros / Asesino de sueños / Estas vidas pasadas / me lo explican todo; ironías de amor con vos dormida entre tanta hoja seca” y Alejandro: cordero “perdido entre tanta selva”.

Poemas cuya textura amorosa obedece al orden de las despedidas, a través del andén en donde ya no lo sorprende la lluvia, y a la par de sus ocupaciones, intentos de oficios que desembocan en el único que se toma en serio: “este de acumular palabras / en una bodega vacía. Amores Western donde emprendemos el viaje / espalda contra espalda / como un duelo en el que jamás / volteamos para disparar”.

En Combustión todo es energético, por ello en estas páginas existe la maleabilidad de conjugar diferentes temas que, en otras circunstancias parecerían opuestos. Así, entre líneas puede leerse una preocupación por el planeta en versos de corte personal: “Desde la otra orilla / tu mano bajo la arena / abre el corazón a los peces secos”. Para aterrizar en otros movimientos tectónicos: “Ningún choque de placas / ni cataclismos podrán moverme / En el silencio de las rocas / repetiré palabras / que en algún insomnio nos dijimos”. Así es, poeta: “Somos el año que amanece desnudo”, el solsticio de invierno que marca nuestro camino, la naturaleza y sus múltiples llamados de atención, ceniza resultante y dolorosa, desde la cual hay que volver a construir.  

Presentación del poemario "Combustión" en mayo de 2018En todas estas afirmaciones que obedecen a la necesidad de escribir poesía, el poeta acude a la memoria (y gratitud) de su ascendencia. De este modo, “Abuela Carmen” es un poema a la altura de la fotografía, es decir, palabras que saben ajustar la luz: “Ha pasado algún tiempo / desde que subimos a la ambulancia / y nos despedimos en aquella cama de hospital / Tu cuarto es el cuarto de abuelo Ovidio / quien aún te conversa por las noches / y sigue añorando sus bueyes y camiones / La mesa y el tele se conservan igual / la cocina está apagada / la cafetera no chilla infinitamente”. Páginas vitales de Combustión, donde “el tiempo es un espacio entre sus sillas / un diálogo mudo” entre manos que –en una daguerrotipia onírica– aún se rozan.

El desencanto insiste en derrumbar las puertas. La poesía –repito– no es ajena a ello. Afortunadamente su fuego tiene mucho que decir. Y Alejandro Cordero conoce el camino: “del amor solo se salvan las palabras”.

 

*Dennis Ávila es un escritor hondureño radicado en Costa Rica. Su más reciente poemario es La infancia es una película de culto, publicado por Perro Azul en nuestro país y por Amargord en España.

 

Presentación del poemario "Combustión" en mayo de 2018