Ciencia y fe: un asunto de multivoces que se las trae...(II Parte)

Dago Núñez Picado, investigador UNED
Julio-Agosto 2010. Edición 30.

  

PROLOGO

Ser creyente es, sencilla y llanamente, el grado máximo de credulidad, el caso más grave, sentencia Wagensberg . De nada sirve construir ilustraciones basa dos en una misma persona bajo la categoría de creyente (o no) en un aspecto, con calidad de crédulo (o no) en otro y acaso correcto creedor (o no) en un tercero. La persona creyente es inclasificable sencillamente porque no cabe dentro de ningún parámetro estable: el sistema de creencia de un creyente así entendido raya en superstición.  Que un crítico de un religioso sea supersticioso no prueba nada, salvo que ambos son creyentes. ¿De qué sirve citar aquí a Balzac, Dumas o Zola?, ejemplifica Wagensberg inquisitorialmente, mirando –fijamente- a Miret.

   


CANTO TEOLÓGICO Y CREENCIA

Como buen creyente racional, Miret se tropieza pronto con preguntas incómodas: ¿qué razón podemos tener para ser creyentes? ¿Qué es la fe? su primer amago de respuesta –nos cuenta Wagensberg- estriba nada menos que en la probabilidad de la física cuántica (!), pero tan prestigioso concepto no da ni para reorientar las preguntas, concluye sarcástico la primera voz.

Miret vierte “una nube de citas” (del matemático-filósofo Édouard Le Roy, del tomista Garrigou-Lagrange, del neomarxista Garaudy, del biblista Bultmann, del teólogo Rahner...) y en ese contexto el museógrafo (primera voz) entona su discurso, en una andanada de movimientos que connotan cierta dirección sinfónico-acosadora.

La primera voz (Wagensberg) encara al teólogo (digámosle segunda voz), según les digo yo (tercera voz) aquí y ahora:  

a)    Resulta que el término creyente no significa, en general, lo que los creyentes creen que es ser creyente, “no es una simple adhesión intelectual a una lista de teoremas” (segunda voz) (esto suena bien: primera voz)..., pero el discernimiento de una exigencia de vida del espíritu (sic) (esto no se entiende demasiado: tercereo) y de una experiencia moral básica, ¿será esto -interviene la segunda voz- “escoger el bien por el bien” (bravo, aquí la primera voz armoniza en alegro perpetuo con la segunda voz)...pero la segunda voz se alza en más alegro diletante, “un absoluto en el fondo de esa exigencia moral que es ya afirmar a Dios, sea como sea como se le nombre”, ¡vaya!, dice la primera voz, “tan bien que íbamos”... y se suelta en un tono tristísimo y depresivo.

b)    Cantemos ahora como por telégrafo:  dice –primera voz- que, al llegar a este punto, la segunda voz lo que hace es tranquilizar al creyente porque, después de todo, lo deja con la golosina de que ser creyente sí -¡oh alivio!- vuelve a ser lo que él toda la vida ha creído que es ser creyente. Y así la segunda voz –dice primera voz- retorna a la cantata de siempre: pero las preguntas fundamentales siguen pendientes, sin la partitura fiel al sonido autóctono:  ¿Por qué somos creyentes? ¿Qué es la fe? (confieso que quería que sonara a telegrama y más bien me quedó con tono de borracho).

CREEDOR (A): A TRES VOCES.

¿Se puede intentar otra aproximación a estas preguntas que no sea la del creyente racional?

1.    Para mostrar que sí se puede salir del encierro dualista en materia de fe (y sólo para eso, dice la primera voz), “os propongo un sencillo juego mental”.

Juguemos a imaginar, por un instante, al primer humano que accedió al conocimiento abstracto:  Seguramente abrió los ojos –como platos de aluminio marca Rena-ware, y miró el mundo y se asustó. Se asustó mucho.

¿Cómo mantener la propia identidad en medio de los caprichos de un mundo tan incierto e independientemente de ellos?

2.     La tercera voz – tímidamente quebradiza- levanta la mano –temblorosa- con pretensiones de igualar...!eh…hhhh…! profe… (se dirige a la primera voz) y balbucea:

-“…¿Para mantener la propia identidad…? pues…¿con el conocimiento?, ¿no?” (por fracciones de segundo, más o menos, me autoestimo algo…).

Pero la primera voz resuena –como lo que es- desde el fondo, como escapada en vuelo raudo dentro de la caverna socrática:

-¿Agarrarse al conocimiento sin tener aún conocimiento al que agarrarse (´¿cuál conocimiento previo?´) debía ser aterrador?, o por lo menos podría dar algún vértigo.

-Muchos debieron morir de pánico o de autocompasión, pero unos cuantos, pocos, que habían nacido con una fe indestructible en algo, lograron dominar su miedo y seguir vivos.

-De esos pocos descendemos todos, continua, (como quien no dice nada).

-De ahí la universalidad espacio-temporal del concepto creyente, del creyente con fe inquebrantable en algo, ya sea en una intuición, en un dios, un ídolo o en una buena identificación colectiva (familiar, tribal, deportiva, nacional...)”.
La primera voz sentencia:

“Simplificando mucho, la creencia se enunciaría así: la selección natural favoreció el gen de la fe. Es una idea fastidiosa quizá para algunos, pero es una idea razonable: se le puede aplicar la razón. No es una idea de creyente. Es una idea de creedor; esto es, una idea que la realidad puede rechazar, sin que por ello haya que pagar con la sangre del clásico conflicto irresoluble”.

A estas alturas del concierto la segunda voz apenas se oye respirar -no adivino que tipo de muerte me desea- …Yo afirmo mi fe antropológica y sueño que mi tercera voz podría concursar si afinara mejor y la primera voz descansa y sonríe indulgente, disfrutando el milagro de la multiplicación del aire que es –ni más ni menos- como el conocimiento:  cuanto más se reparte, menos posibilidades tiene de acabarse.

ESTA FE ANTROPOLÓGICA: CUESTIÓN DE HUMANIDADES.

La atenta lectura de este ensayo, alentado de  polifónicas voces, hará notar cómo cierta fe en el dialogo confiado despierta sentidos que arañan, a través de las palabras, algo de la fluida realidad. Un clásico diría que se trata de la gris teoría ante el árbol verde de la vida. O, un lunático, que no hay que confundir el reflejo de la luna que se contonea en el estanque, con la propia luna.

Llegamos al réquiem del asunto, entonces, :

1.    Lo mejor que la humanidad ha hecho en favor de sí misma ha sido por la gracia de algunos creedores que empujan y para la desgracia de algunos creyentes que se resisten. La esclavitud humana fue compatible con millones de creyentes de cientos de miles de religiones desde el amanecer de la humanidad hasta ayer mismo.  La abolición de la esclavitud no estaba impresa en ninguna creencia de creyente, fue un boceto de creedor. Algo parecido ocurre con la liberación de una de las dos mitades de la humanidad: las mujeres. La democracia hunde sus raíces en una creencia de creedor; cualquier otro sistema político lo hace en una creencia de creyente.

2.    Lo que más se acerca a un absoluto en materia de exigencia moral quizá sea la llamada Declaración de los Derechos Humanos. Pero, ¡oh tragedia para creyentes! No conviene ser creyente ni siquiera en honor de tan hermosa idea de los derechos humanos, porque cualquier día caemos en la cuenta de que falta un nuevo derecho o un nuevo matiz.

3.    Yo apuesto por los creedores. Y si a la hora de organizar la convivencia humana (algo mejor que creerse el derecho al voto) hay que elegir entre un creyente o un crédulo, por favor, que sea un crédulo. Wagensberg opina que él cree que la idea fundamental del artículo de Miret es promocionar un fondo de exigencia moral como salida para seguir siendo creyente. “Yo sólo cambiaría creyente por creedor”, concluye Wagensberg. El matiz es esencial.