Ciencia y fe: un ausnto que se las trae...aunque también es divertido...(I Parte)

Dago Núñez Picado, investigador UNED.

 

Marzo-Abril 2010. Edición 31.

  

“Los creyentes que creen en la razón viven una contradicción crónica”. Así habló el maestro Wagensberg y la mera verdad que para explicar por qué me parece interesante el asunto, y no es que corro a persignarme vanamente, voy a tratar de explicarme con cierta calma:

1.  Por un lado, este creyente –a quien el museógrafo Wagensberg alude- tiende a asumir verdades que la realidad puede confirmar, pero nunca desmentir; esto es, la fe del creyente racionalista parece compatible con los sucesos y objetos de este mundo, pero de un modo particular. Este tipo de creyente es un creyente en la razón, al creer en cosas de este mundo  posee un fe ataviada por una lectura que confiesa que la realidad es directamente inteligible; es decir, la percepción de la realidad (sin más mediaciones) sirve para buscar –en ella- esencias y deducir  verdades.   Valga decir que aunque una sola excepción pulverizara la axiomática de tal realidad así construida, gracias a esta fe en la razón, se operaría siempre una fórmula creyente:

   


“creo firmemente que como tengo esta razón, con esta razón puedo comprender, conversar y con apoyo en la fiel transparencia de la realidad que me viene de esta razón, puedo conocer la verdad y la puedo decir y la digo. AMÉN”.

2.   Pero, ¡primera tragedia!, con la razón se puede cambiar una creencia; he aquí la contradicción, porque esto quiere decir que las creencias en la razón no son tan estables como para sentirse tan seguro (en la verdad) como plantea, por definición, este postulado. No obstante, los creyentes de la razón lo hacen todo transparente. Y, mientras pasea por el mundo de las ideas no tiene por qué ocurrir nada especial. La crisis aparece cuando se descuelga a analizar las cuestiones de este mundo, cuando pretende comprender su propia vida y la de sus vecinos. La razón, la buena razón, siempre se ofende cuando una creencia, le cierra el paso. Esta clase de contradicción asoma en muchas disciplinas, quizá en todas, pero en ninguna como en teología. Veremos por donde va eso de tratar la fe sin renunciar a usar la razón. Porque, en principio, ¿por qué no? Las contradicciones, bien llevadas, proveen suculentos avances en la construcción de conocimiento. ¿Será ese el caso de Miret?

TEOLOGIA Y CREENCIA

1.    Un teólogo (Enrique Miret Magdalena) es presentado por el museógrafo como un interesante caso de creyente racional.  Confiesa sentir simpatía por “el espíritu que palpita en el fondo de un artículo suyo” , pero advierte que, “en aquellas páginas, los argumentos y referencias que median entre el título (Contra la credulidad) y su última frase ('Si somos creyentes o no creyentes, no seamos crédulos, ¡por favor!') no son,  buena letra para tan buen espíritu.

2.    ¿Por qué sentencia así Wagensberg ?  Porque el artículo de Miret aunque empieza bien cuando afirma que “el presunto animal racional es un engreído de sus creencias  y, muy a menudo, las antepone a la razón, a continuación afirma Miret: “grandes matemáticos que se rigen sólo por la lógica de la evidencia (sic) han cometido errores garrafales que a veces se han perpetuado durante siglos”.

Conclusión de Miret: somos demasiado crédulos.

Pero Wagensberg replica el asunto: “Estamos en desacuerdo”.  Y ahí es donde el catalán se lanza con lo más vertebrado de su argumentación. Como dijo el psicópata: “vayamos por partes”.

a)    ¿Qué es un crédulo? Un crédulo es alguien que asume una verdad fácilmente, sin exigir demasiadas garantías a la realidad que debe soportarla. Y, manifiesta “no veo de qué manera un matemático, como matemático, puede ser un crédulo. La matemática es una construcción mental que no tiene por qué hacer concesiones a la realidad física”. Ejemplifica con las ciencias experimentales: “En ciencia sí se matizan verdades, todos los días. Y se corrigen. Y se sustituyen. Pero una verdad cuya vigencia ha resistido siglos es la prueba misma de que las garantías que la sustentaban eran robustas en su momento. ¿De qué sirve citar aquí a ilustres personalidades como Abel, Bernouilli, Cauchy, Euler, Fermat, Gauss, Lagrange o Poincaré?”

b)    ¿Qué verdades para crédulos sobreviven en las ciencias? Y nos contesta así: “Las verdades para crédulos, justamente, aguantan muy poco en ciencia (fusión fría, esporas resucitadas del ámbar, fósiles terrestres de bacterias marcianas...)”. Wagensberg es concluyente: “A un científico en horas de servicio no se le puede llamar crédulo. Llamémosle de otra manera; por ejemplo, creedor. Creedor: el que cree con garantías razonables y está dispuesto a cambiar la verdad vigente por otra más coherente (con menos contradicciones) y/o más completa (con menos lagunas). Un científico, como científico, es siempre un creedor de la creencia en la que trabaja, nunca un creyente o un crédulo”.

c)    Preguntemos ahora, ¿En qué cree un científico?  Wagensberg expone que el método científico más convencionalmente formalizado (basado en la objetividad, la inteligibilidad y la dialéctica con la realidad) sirve para tratar ideas, no tanto para captar ideas. Por eso, el científico necesita creer, partir de una creencia. Cree en una idea, pero luego la pasa por el método. Si después de la colisión creencia-realidad la creencia queda libre de paradojas de contradicción (la realidad dice A y la creencia dice no A) y de paradojas de incompletitud (la realidad dice A y la creencia no dice A ni no A), entonces el científico continúa creyendo. En caso contrario abandona la idea y busca otra.

PRIMERA Y-POR AHORA-ÚNICA CONCLUSIÓN:  

En conclusión un creedor sería el que exige todas las garantías que la realidad pueda ofrecer en un momento y lugar; un crédulo, el que exige muy pocas, y creyente, el que no exige ninguna.   

Si nos atenemos a estas definiciones (de las que Miret es no culpable, aclara Wagensberg), entonces la conclusión que atribuye credulidad tanto a creyentes como a no creyentes se vacía de contenido.

(NB. No se pierdan la PARTE II. Esto continuará)