Después de la tempestad… no debe volver la calma

Por. Ramiro Porras Quesada
Miembro del Consejo Universitario

 

Setiembre-Octubre 2010. Edición 33.

  

Concluyó una nueva negociación por el financiamiento de la educación superior.  Aunque todas las anteriores fueron difíciles, la última fue especialmente dura, penosa y hasta humillante por la actitud de ciertas autoridades de gobierno. 

   

Sin embargo, el balance es muy positivo sobre todo por lo siguiente:

 

•    Se logró un acuerdo muy favorable, si se toma en cuenta las necesidades de la Institución y las posibilidades económicas del país.
•    La UNED tuvo una participación ejemplar porque logró unificar esfuerzos de autoridades, académicos, funcionarios y estudiantes, en un ambiente de lucha responsable, en tanto fomenta la reflexión y la discusión franca y abierta.
•    El señor rector asumió la posición de un líder nato con actitudes conciliadoras, respetuosas, lo que permitió la participación de toda la comunidad universitaria y por lo que ha merecido una aceptación unánime de su papel en este delicado asunto.
•    La constante, fluida y transparente comunicación que mantuvo el señor rector con toda la comunidad universitaria.
•    La reflexión universitaria ha dejado planteados temas de fondo que tenemos la obligación de abordar con seriedad y prontitud.

  

Dice el refrán: “después de la tempestad vuelve la calma”, pero en nuestro caso no debemos sucumbir ante la tentación de reposar pensando que ya se cerró el capítulo y que todo está resuelto.  Al contrario, la verdadera vigilia apenas comienza y la tarea que se avecina es más grande y más ardua; porque en la discusión del FEES quedó en evidencia, nuevamente, una evolución peligrosa del modelo del Estado, en general, y de la universidad pública, en particular, cuyo abordaje en el ambiente universitario no debe esperar a que surja otra crisis.

  

Como miembro del Consejo Universitario, he solicitado incorporar en agenda la discusión del tema del modelo de universidad que debe prevalecer en el país. Lo hice por mi preocupación y la de muchas otras personas, por el creciente apoyo político directo o indirecto a una educación superior privada basada exclusivamente en la docencia, establecida a propósito o por error, una peligrosa especie de “maquiladoras” de la educación que está desvirtuando los mismos cimientos del quehacer universitario como generador de conocimiento.  

 


Consciente de que una discusión limitada al seno de un órgano deliberativo como el Consejo es totalmente insuficiente, de manera simultánea solicité el fortalecimiento de la Cátedra “El país que necesitamos” -instancia que precisamente surgió en la UNED durante la reflexión nacional en torno al TLC- con el fin de abrir un espacio de discusión más amplio que cobije a toda la comunidad universitaria (académicos, funcionarios y estudiantes), que permita hacer un análisis exhaustivo de estos temas de manera sistemática y ordenada. El propósito es proponer soluciones tanto para nuestro ámbito particular como para el país en general.

 


Hay muchos temas que buscan espacio en estas reflexiones; pero me atrevo a sugerir la prioridad máxima para la identidad universitaria: ¿qué es una universidad y cuáles son sus características? Las interrogantes surgen ante la evidencia de que, actualmente, se le llama universidad a cualquier cosa; además, que la falta de precisión conceptual ha tenido como aliados la complacencia del Estado, su incompetencia para cumplir con su deber de supervisión adecuada de las entidades de educación superior privadas, las necesidades de las grandes empresas por contar con “especialistas” en el menor tiempo posible y el desenfreno por la “titulitis” que conduce a obtener grados académicos per sé, sin importar la calidad de las ofertas.  

 


En la reciente negociación por el FEES, fue evidente la representación del gobierno intentó ponernos a competir en términos de una eficiencia inaceptable, comparable a la esperada para las maquiladoras.  Quisieron que nos reflejáramos en el espejo de “universidades solo docencia”, que pueden ser muy rentables y eficientes en los términos apuntados, pero que se tambalean en sus propios cimientos porque el trípode que las debe sostener solo tiene un soporte pues le faltan la investigación y la acción social.

 


En el contexto “universidad=cualquier ocurrencia” ha habido intentos de carácter político para crear nuevas universidades públicas que, incluso, incumplen otros aspectos de la esencia universitaria.  Así, por ejemplo, están archivados pero no muertos los proyectos para la “Universidad del Trabajo” y para la “Universidad del Agua”, entre otros, y ya se creó la Universidad Técnica Nacional, producto de la simple fusión de colegios universitarios -que para nosotros está claro que no son universidades- con un presupuesto propio, a todas luces provisional y posiblemente insuficiente. Su próximo paso podría ser su incorporación al CONARE y, con ello, un nuevo capítulo para la lucha presupuestaria.

 


Entonces, queda claro que es válida la pregunta: ¿qué características esenciales debe tener una universidad? También queda claro que en nuestro caso, después de la tempestad no debe volver la calma. Se impone la necesidad de una reflexión seria y profunda. Se impone, además, el reto de la acción de un liderazgo responsable para hacer que este país vuelva a ser lo que hemos querido.  ¡Manos a la obra!{jcomments on}