Elecciones en la rectoría: continuidad y cambio

Por Xinia Zúñiga Muñoz
Opinión Universitaria

 

Febrero-Abril 2009. Edición 23.

  

Compuestas por  seres vivos, las organizaciones e instituciones sociales desarrollan procesos vitales que suponen cambios permanentes ya sean graduales o drásticos, los cuales pueden resultar en relativos “avances” o  “retrocesos”, según los criterios e intereses con los que éstos sean juzgados. El cambio es una ley constante en las sociedades y organizaciones humanas, aún en momentos en los que percibimos estabilidad y calma.

   


Cada cinco años, cuándo “rompen los vientos electorales”, especialmente cuando de la rectoría se trata, la primera inquietud generalizada y lógica, por supuesto,  dentro de la comunidad universitaria, es la de establecer una comparación entre los candidatos y las candidatas, para ver, a grosso modo, cuál representa el cambio y cuál la continuidad, como si ambas condiciones fueran excluyentes y  existiera la posibilidad de optar por uno u otro.

Luego caemos, en muchos casos,  en dos versiones de una misma actitud: por un lado, en expresiones de apatía, como si la responsabilidad del destino institucional fuera delegable a otras personas, y a pocas.
Por otro lado, también nos vemos envueltos con facilidad en discusiones estériles, atrapados por el espejismo de  preguntas equivocadas, aliñadas con frecuencia, con las pasiones de quienes  atacan y de quienes defienden –explícita o solapadamente-  la gestión en curso,  recreando, no pocas veces, esa versión popularizada  de la vida “en blanco y negro”
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Hablo de la visión “del vaso medio lleno o el vaso medio vacío”, según sea la manera de valorar lo que tenemos y lo que nos falta para alcanzar nuestras metas y “llenar el vaso”; sin considerar que ambas opciones no son más que verdades a medias y que nuestra vida –sea personal o institucional-  es un transitar por un “más menos” continuo, con valores relativos, dinámicos, cuyo comportamiento en nuestro contexto,  no depende de una sola persona -por muy centralista, inteligente, trabajadora y eficiente que ésta sea-  sino de toda la comunidad universitaria,  que conforma ese sujeto institucional capaz de construir a partir de su trabajo, los cambios y la diferencia, en relación con su propio desarrollo y con el desarrollo del país.

Por eso, creo yo, la continuidad o el cambio en abstracto o de una persona en particular, aunque se trate de un rector o rectora, no es,  ni debe de ser, la  primera disyuntiva  que nos debemos plantear frente a las elecciones de la rectoría.

Es necesario reconocer y desarrollar muchos de los logros alcanzados por las diferentes administraciones anteriores y la actual en particular, sabiendo que,  a la vez, el proceso de cambio y mejoramiento continuo no se detiene en su ascenso hacia la excelencia. ¿Qué debemos mantener y qué debemos cambiar en la gestión de la administración superior y cómo, además, hacia qué dirección? Esto podría provocar discusiones más académicas, más universitarias.

Asumirnos como personas universitarias activas, capaces de dar y exigir ideas, esfuerzos, compromisos reales, tanto de parte de las candidatas y de los candidatos como de nosotros mismos, lo cual puede redundar en mejores frutos para la UNED y para nuestro país.

Es decir, este proceso de elección de la rectoría nos ofrece el motivo y el espacio para preguntarnos profundamente, qué estamos haciendo bien para mantenerlo y qué no estamos haciendo bien para mejorarlo, conscientes de que somos partícipes y corresponsables en ambos casos.

Surgen también otras preguntas a las que les dedicamos, a menudo, más tiempo del que merecen. ¿Cuánto nos desgastamos en calcular, “hacer números, encuestar” en pasillos, en oficinas, en el parqueo, en los CU, para medir quién lleva ventaja? Tal parece que la pregunta generalizada es cuántos y quiénes; cuántos  y quiénes votarán por éste o aquella, dejando  de lado aquellas otras interrogantes que deberían tener mayor  centralidad y ocupar más de nuestro tiempo, en relación con las diversas propuestas de las personas candidatas: Por ejemplo, ¿cuáles son esas propuestas? ¿qué, porqué, pará qué, cómo, cuándo y con quiénes, del quehacer unediano, contienen esas propuestas? ¿qué novedades plantean?¿a qué visión institucional responden? ¿cuáles son las prioridades concretas?

Con 32 años de existencia, la UNED tiene muchos logros en su haber, pero son también amplias, altas, exigentes, nuestras aspiraciones y metas como universidad pública.  Por eso, cualquier postulante que obtenga el apoyo de la mayoría de la comunidad universitaria, será siempre un relevo, obligado u obligada a impulsar y acompañar cambios según sean las prioridades definidas no solo por los Congresos Universitarios o el Consejo Universitario, sino también por las condiciones del entorno –interno y externo-  y obligado a mantener los logros alcanzados por sus predecesores.

Obligado además, a trabajar en equipo a consultar amplia y oportunamente a la comunidad universitaria; a procurar una perspectiva clara, de largo alcance en cuanto a las metas por cumplir, a una visión integral, completa, acerca de los ideales y requerimientos de los diferentes sectores que conforman la comunidad universitaria; a una valoración justa, objetiva y autocrítica de la gestión administrativa, a defender en forma inteligente, efectiva, eficaz y de manera creativa, los intereses y las oportunidades instituciones en todos los espacios en donde nos encontremos y en los que creamos importante participar.

Por eso afirmo que continuidad y cambio son dos procesos inherentes a nuestra realidad.  Sea quien sea la persona elegida para la rectoría, tendrá que  dar continuidad en algunos aspectos y tendrá que facilitar cambios en otros. Puede haber uno o muchos dilemas para la próxima elección de la rectoría de nuestra universidad, pero “la continuidad o  el cambio” no es uno de ellos.{jcomments on}