Juventud, responsabilidad y naturaleza de la política

Ottón Solís

 

Candidato Presidencial del PAC

 

Febrero-Abril 2009. Edición 23.

 

Ceremonia de graduación de la UNED, Teatro Melico Salazar, 25 de Noviembre. 2008

Graduandas, Graduandos, Autoridades Universitarias, Profesores, Profesoras, Parientes, Acompañantes:

En esta tarde nos toca presenciar la ceremonia donde se evidencia que la vida transita por uno de sus tramos.

 


Ya llegarán los nuevos años y sabremos si el paso de hoy abre el sendero del bien. Ya llegarán sus nuevos encuentros con tareas nuevas y sabremos si la herramienta que hoy reciben se usará para construir. Solo entonces la importancia de este día y los previos necesarios para llegar aquí, podrá ser apropiadamente dimensionada. Solo entonces el martillar tendrá sentido. Solo entonces sabremos si las palabras derivadas de arduos esfuerzos de profesores y maestros traspasaron el muro de la ignorancia. Solo entonces sabremos si el fértil campo dio su fruto o si es igual de improductivo que aquel de rocas y desierto.

   


Hoy el corazón palpita porque existe algo detrás. Pero seamos comedidos: ciertamente no están en el inicio del camino, pero la cúspide está aún lejos.

Claro, aquellos que han sufrido, ante el llanto de un hijo desatendido porque el examen está cerca; o aquel que sintiendo el frío de la noche prefirió el libro al lecho, hoy tiene razones para estar alegre y  disfrutar el día. Ya probó algo. Esa es la buena señal, la que nos garantiza que hoy la humanidad ha ganado.

Desde la política les puedo asegurar que ustedes son urgentes para el país. Confiamos en que les acompaña la ética obligada de la juventud formada, la que mejor puede comprender la importancia de respetar la ley y respetar las normas de convivencia social.

Pero a la política le corresponde hacer el cambio para que su compromiso con esos valores no se desperdicie y peor aun, se debilite.  Por ello, correctamente, el tema de la ética y la política está en el corazón de las preocupaciones de la sociedad a la que ustedes se incorporarán de lleno y ante la cual deben asumir responsabilidades como intelectuales privilegiados. Entonces permítanme hacer algunas reflexiones sobre este tema.

La naturaleza inherentemente ética de la política

Desde la filosofía, la historia y desde el estudio del Estado y las ciencias políticas, diversos pensadores han  tratado de establecer la relación entre ética y política. Aristóteles consideraba que la ética coherente con la política era  el altruismo, en el sentido de dar a otros sin esperar nada a cambio. San Agustino definió la política como el arte de hacer el bien a los otros. Nietzsche, en cambio, consideró que actuar con el fin de ayudar otros era auto destructivo, degradante del yo y propio de personas débiles las cuales se sentían atraídas por personas débiles. Para la ciencia  política moderna la política es la actividad tendiente a dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad.    

No existe una definición ex ante absoluta de comportamiento ético. Sin embargo, una vez que un individuo o una organización ha declarado (de manera implícita o explícita) sus objetivos, la definición de comportamiento ético es absoluta. Un acto no es débil moralmente en sí mismo, todo depende de los objetivos proclamados  por el que lo ejecuta. Para insertarse en la sociedad de una manera ética es necesario que el individuo o la organización (partido, corporación, ONG, etc.) se comporte de acuerdo con sus objetivos proclamados.

Por ejemplo, dado que el empresario proclama (de manera explícita o implícita) que su objetivo es maximizar ganancias e incrementar su riqueza en el marco de la ley, rectitud moral en ese caso en su función de empresario es comportarse de acuerdo con esos objetivos y esas reglas, pues el  objetivo del trabajador es ganarse el salario de acuerdo con su contrato y la rectitud moral en su papel de trabajador demanda que se gane su salario de acuerdo con el contrato. Si los objetivos del entrenador de atletas es llevar a sus discípulos a los niveles más elevados de logro atlético, entonces su calidad moral como entrenador está determinada por la forma en que trabaje para materializar esos logros.

Del mismo modo, dado que los partidos políticos y las personas dedicadas a la política, de manera explícita e implícita, y de forma constante proclaman que el objetivo de sus acciones es mejorar el país o la comunidad, entonces lo único moralmente correcto es que dediquen todo sus actos políticos a ayudar a su país o a su comunidad.

El objetivo de aquellos que practican una actividad es idéntico a la definición de la actividad. Por ejemplo, el objetivo de las personas que se dedican a pescar es extraer peces del agua y pescar se define como el acto de extraer peces del agua. De igual manera, el objetivo del maratonista es competir en una carrera de aproximadamente 42 kilómetros y maratón se define como carrera de aproximadamente 42 kilómetros. Por lo tanto, si el objetivo de los que se dedican a la actividad política es utilizar el poder para mejorar el bienestar de su país o de su comunidad entonces política se debe definir como la utilización del poder para mejorar el bienestar de un país o de una comunidad. Puede ser que existan otras definiciones de política, pero esa es la que es compatible con la propia definición de los que se dedican a la política.

Cómo trabajar para mejorar un país o una comunidad es inherentemente ético, y política -de acuerdo con los políticos- es utilizar el poder para mejorar el país o una comunidad entonces la política es inherentemente ética. Cuando un empresario, un empleado, un pescador o un atleta, además de trabajar para incrementar su riqueza, su salario, su captura o su desempeño en la pista, respectivamente, da parte de lo que tiene (dinero, trabajo o ideas) a su país o a su comunidad, entonces debe ser catalogado como altruista. Esto porque dar a su país o a su comunidad no es un componente inherente a la actividad empresarial, a la del empleado, a la del pescador o a la del atleta. En cambio un político no puede ser catalogado como altruista o ético por ayudar a su país a su comunidad, pues ayudar a su país o a su comunidad es inherente a la política tal y como el político la define. Cuando un empresario, un empleado, un pescador o un atleta no dan parte de lo que tienen a su país o a su comunidad no pueden ser catalogados como éticamente débiles o como moralmente deficientes. Por el contrario, cuando un político no utiliza el poder para ayudar a su país o a su comunidad no es un político, pues su comportamiento no corresponde a la definición de la política. Se debe simplemente catalogar como una persona corrupta y moralmente deficiente.

El primer requisito para ayudar al país o a la comunidad, es no apropiarse de lo que pertenece al país o a la comunidad. Por ello, el que toma lo que le pertenece al país o a la comunidad, o el que usa el poder para su propio beneficio o para el de sus parientes y amigos no es un político. No existe ni siquiera la posibilidad de catalogarlo como un político corrupto a malo porque simplemente no es un político sino un ladrón. En ese caso su primer acto corrupto fue fingir ante los ciudadanos ser un político, es decir, fingir que su objetivo era ayudar a su país o a su comunidad.

De lo anterior se deduce, en primer lugar, que es inherentemente ético cuando el empresario incrementa su riqueza por medio de su actividad empresarial o cuando el trabajador incrementa su salario por medio de su trabajo, pero que es totalmente anti ético que el político incremente su situación material por medio de la actividad política. Su salario debe ser suficiente para que se sostenga y sostenga a su familia y para que pueda disponer de tiempo para estudiar y actualizar sus conocimientos, pero no para enriquecerse.

En segundo lugar, dado que el poder político hace muy fácil tomar o utilizar para beneficio personal, partidario o familiar aquello que es propiedad del país, entonces la política, tal y como se ha definido aquí, es una actividad reservada para personas moralmente especiales y  la política constituye la más honorable de las actividades. Tal y como lo expresara  Jeremy Bentham: "Entre más sea el poder de que se disponga más la facilidad y la provocación para abusar de él ". Por su parte, Platón afirma que: "Vivir una vida completamente honesta cuando se tiene poder ilimitado para hacer el mal es tan difícil que las personas que lo logran merecen los más elevados reconocimientos. Pero tales personas casi no existen." .

La naturaleza del poder en la política

Esto nos lleva a hacer unas cuantas reflexiones sobre la naturaleza del poder en la política.

El poder es una herramienta que en la democracia es propiedad del pueblo, el cual lo pone en manos de las personas y los partidos electos para que lo utilicen en lo que al pueblo le interesa. Esto queda definido en las propuestas de campaña del ganador de las elecciones. Entonces, el político electo no puede utilizar para cualquier cosa la herramienta –el poder- que el pueblo le presta.

La naturaleza de la relación del político electo con el pueblo y con el poder debe ser idéntica a la que tiene, por ejemplo, el operador de un tractor (o chapulín) con su patrón. Este pone a disposición del operador el chapulín -la herramienta- y le indica el trabajo que debe hacer. El chapulinero debe hacer exactamente lo que el dueño le indique que haga. El chapulinero no puede escoger por ejemplo arar para sembrar caña si lo que el patrón desea es que are para sembrar frijoles; el chapulinero no puede utilizar el chapulín para hacer trabajos en su propia finca o en la de algún pariente o amigo, pues el chapulín es propiedad de su patrón y sólo lo puede usar para beneficio de la finca del patrón.

En esa relación el chapulinero es empleado del patrón y debe hacer lo que éste le indique con la herramienta que le brindó.  Del mismo modo, el político es empleado del pueblo y debe hacer lo que el pueblo desee con el poder que le brinda, lo cual está determinado por las propuestas de campaña.

En ese sentido, la persona menos poderosa de una sociedad es el político electo, pues no tiene libertad de pensamiento ni de acción. Cualquier otra persona puede cambiar de opinión aun en asuntos trascendentales, pero no el político electo el cual debe ser fiel a lo prometido en campaña. En la política tradicional se cree que el poder es propiedad del electo y que por ello lo puede utilizar a su antojo y por su bien o el de sus parientes y amigos. Dentro de esa visión el político electo tiene más poder que los ciudadanos. En nuestra concepción  esa es la esencia de la monarquía y la dictadura. En la monarquía el emperador, rey o príncipe  proclama que Dios le ha otorgado el poder para que lo utilice de acuerdo con sus designios. El dictador, por su parte, considera que él es fiel intérprete de la voluntad del pueblo y que por ello procede apropiarse del poder. Ambas actitudes son tan antidemocráticas como las del político electo que utiliza el poder para pagar favores personales o partidarios, o que ignora sus compromisos de campaña.

La naturaleza de la autoridad en la política

Esto nos obliga a reflexionar sobre el concepto de autoridad como diferente al de poder en la política.

Las decisiones importantes de gobierno deben ser el resultado de consultar, escuchar y dialogar, pero una vez tomadas es necesario que se ejecuten. Para ello se requiere un elevado nivel de autoridad,  o sea, de capacidad para conducir, dar órdenes y mandar con efectividad.

En la monarquía la fuente de autoridad es la fe religiosa de los pueblos pues los monarcas aducen que su poder tiene origen divino. En la dictadura la fuente de autoridad es el temor, pues los tiranos castigan a los que difieren de sus decisiones. En la empresa privada la fuente de autoridad es el salario y el empleo, pues a cambio de ellos el trabajador debe obedecer al patrono.

En la democracia, la fuente de autoridad es el ejemplo, la coherencia, el nivel de sacrificio,  del gobernante o la gobernante. Ya el escritor inglés, Dr. Johnson, decía  en Rasselas que el ejemplo era más eficaz que el mandato.

Un ministro no puede despedir a un empleado que todos los días utiliza un vehículo del ministerio para asuntos personales si la esposa del ministro en ocasiones utiliza vehículos del ministerio. Si un presidente utiliza fondos o puestos públicos para su beneficio o el de sus amigos o parientes no puede despedir a un subalterno que incurra en las mismas prácticas. Un presidente que repartió partidas específicas, bonos de vivienda, placas de taxi o que nombró educadores o policías cuando fue diputado, no puede prohibir esos vicios a los diputados de su administración. Un presidente que recibió en campaña una contribución o un regalo de una empresa hotelera o de una empresa que contrata la construcción de carreteras con el Estado y no lo reportó al Tribunal Supremo de Elecciones, no puede exigirles normas ambientales ni buena calidad en los trabajos, respectivamente. Un gobierno que despilfarra dinero en campañas millonarias de autopromoción e imagen no puede impedir que algunos empleados públicos también abusen de los fondos públicos por medio de sus convenciones colectivas.

En todos esos casos el gobernante carece de autoridad moral para  conducir, castigar o dar órdenes. Si lo intenta se encontraría con el poder de chantaje que sus propias fechorías otorgan a quienes debe poner en su lugar o a quienes debe pedir mesura. En ese clima reina la ingobernabilidad y un equilibrio frágil sentado en el lodazal de chantajes grandes y pequeños, y no en la autoridad o el liderazgo. En esas circunstancias es la prensa o la oposición la que hace inevitable la caída de subalternos corruptos o la denuncia de empresas transgresoras y no el propio presidente, lo que le resta credibilidad y gobernabilidad a su gestión.

Entonces, en la democracia la posibilidad de guiar y ordenar no se origina en el puesto per se sino en el liderazgo y éste se deriva de la autoridad moral, y ésta del ejemplo y la coherencia. La verdad es que en democracia el gobernante no puede pedir más honestidad o sacrificio a los otros de lo que el mismo está dispuesto a incurrir.

Muchos políticos creen que son dueños del poder y que independientemente de su comportamiento pueden dar órdenes o corregir problemas. Por ejemplo, es frecuente que algunos de ellos repudien permanentemente lo que perciben como abusos de los sindicatos. Pero esos políticos jamás podrán eliminar los abusos que efectivamente existan, por más excesivos que puedan ser, si ellos también abusan con los recursos públicos. Lo que hacen al intentar aplicar reglas a otros que no se aplican a sí mismos, es ayudar a la militancia sindical que está dispuesta a utilizar su músculo para obtener esos excesos en el proceso de reclutamiento. ¿Cómo puede un gobierno y sus diputados, luego de contratar como asesores y consultores a cuanto partidario ayudó en campaña, eliminar, por ejemplo, el sobre empleo que pueda existir en los puertos de Limón?
En fin, un político (presidente, diputado, ministro, candidato) en la democracia nunca posee poder, pues éste es siempre propiedad de los ciudadanos. Lo que el político puede tener, es autoridad y liderazgo y siempre estarán determinados por el ejemplo, la coherencia y el sacrificio del político.

Democracia y responsabilidad ciudadana

En la construcción de una política ética donde se comprenda adecuadamente el concepto de poder y de autoridad, los ciudadanos y ciudadanas tienen una responsabilidad ineludible. Contraria a la tendencia generalizada de centrarse en los derechos ciudadanos como objetivo de las tareas por mejorar la democracia, debemos fomentar la conciencia sobre las responsabilidades, las obligaciones y los deberes ciudadanos. Esto porque la democracia es, sobre todo, un sistema de responsabilidades y obligaciones ciudadanas. El protagonismo ciudadano es un deber y un requisito para que haya democracia.

Cuando la humanidad evolucionó de la monarquía y la dictadura a la democracia, avanzó de sistemas en los cuales el ciudadano tenía que luchar por sus derechos políticos a uno superior en el que debe cumplir con sus obligaciones. Esto porque en la democracia el ciudadano es el propietario del poder y como tal, lejos de luchar por sus derechos políticos lo que tiene son obligaciones con la prosperidad de su país por medio del buen gobierno. Ocurre igual en cuanto a la relación con el trabajo de un empleado y un propietario. Es correcto que, por ejemplo, un peón de finca luche por sus derechos laborales, pero sería absurdo que lo siguiera haciendo si la finca es repartida entre los trabajadores y por lo tanto pasa a ser propietario. En este caso lo que tiene son obligaciones activas con la prosperidad de la finca.

La modernización de la democracia consiste fundamentalmente en promover y facilitar el cumplimiento de las responsabilidades por parte de la ciudadanía. Son necesarias, entre otras acciones, descentralizar decisiones, fortalecer las municipalidades, dialogar con la sociedad civil, formar consejos consultivos con representación de diversos sectores, la participación ciudadana en el financiamiento de los partidos, esto como forma de crear todos los espacios posibles para que la ciudadanía actúe y asuma sus responsabilidades.

La mística y el voluntariado en el trabajo político son imperativos de la democracia. La contratación de dirigentes locales pagados, el transporte de votantes al recinto electoral y otras concesiones y regalías que normalmente se hacen a los electores para persuadirlos a votar en una dirección determinada, atentan contra el cumplimiento de las responsabilidades ciudadanas. La participación del ciudadano debe verse como su primera obligación con la democracia y no como un favor que le hace al partido o a sus candidatos. Por ello, en la política democrática a que debemos aspirar deben eliminarse los agradecimientos de los políticos a los ciudadanos por su trabajo, pues si éstos se encuentran convencidos de que un partido o un candidato son lo mejor para el país, tienen la obligación ineludible de trabajar para que sean electos.  El ciudadano que, por ejemplo, pudiendo ir a votar espera a que lo transporten, está asumiendo que otros tienen la responsabilidad de costear su transporte y por lo tanto está autodegradándose a ser un ciudadano de tercera o cuarta categoría.

En nuestros países se ha fomentado el paternalismo y el desmerecimiento de los ciudadanos, en una interesada prédica sobre sus derechos, dirigida a utilizar en el proceso electoral a ese ciudadano para después abandonarlo e irrespetarlo. Una vez en el poder muchos políticos se sienten dotados de un cheque en blanco para hacer lo que quieren y más comúnmente lo que quieren aquellos que les han ayudado económicamente a ascender al poder. El ciudadano al que se le regaló el transporte al centro de votación, o la bandera, la gorra o la calcomanía es olvidado. Se gobierna para el que puso el dinero para financiar esos regalos. Por ello esa “generosidad” de campaña le sale caro el ciudadano que la recibe y que, paradójicamente, muchas veces la exige.

Juventud: la generación con más responsabilidad

La actual gente joven constituye la mejor generación con que cuenta el país, por ejemplo, porque en términos porcentuales es la más educada y capacitada; la más tolerante de la diversidad étnica, cultural, sexual, etc.; la más conciente de la equidad de género, la más ética y honesta -como toda generación joven- la más convencida de la necesidad de proteger el ambiente y la más enterada de los valores y actitudes prevalecientes en los países que disfrutan de altos niveles de desarrollo.

Estos factores son fundamentales para el desarrollo y es necesario incorporarlos en nuestra cultura. Nada hacemos con el modelo económico correcto y con políticos y gobiernos perfectos, sino cambian algunos aspectos de nuestra cultura. Por ello estamos en manos de la juventud y su disposición a asumir un liderazgo en el cambio. Aunque existan personas jóvenes que no practican esos valores y no disponen de esa información, su comportamiento no está aun cementado por la edad y la costumbre, por lo que les es más fácil que a nosotros los más viejos adoptar las actitudes correctas. Por otra parte, esa generación joven es la más numerosa, lo que facilita la multiplicación de su impacto, siempre y cuando se den los espacios adecuados.

Abrir espacios significa crear las condiciones para que los valores y actitudes positivas de la juventud maticen, influyan, transformen la cultura nacional, empezando por la cultura política. No se trata de ofrecerle premios “clientelistas” a la juventud, La pregunta correcta para la juventud no es ¿qué quiere?,  sino ¿está dispuesta a asumir su responsabilidad con el país haciendo lo posible por influir con sus virtudes en la cultura nacional?

¿Cómo contestarán ustedes, Graduandas y Graduandos, esa pregunta?

En la encrucijada

Terminan ustedes sus estudios al tiempo que el país se encuentra en una encrucijada. Debemos escoger si seguimos la ruta de otros pueblos latinoamericanos que no supieron rectificar a tiempo o si damos el salto cualitativo que se requiere para el desarrollo.

Ya no tenemos mucho tiempo. Hace casi cinco lustros, cuando se hacían evidentes las limitantes a nuestro progreso buena parte de la dirigencia nacional escogió la ruta de la ideologización de las decisiones. Casi como excusa para no estudiar se optó por recetas fáciles elaboradas para otras latitudes. Más que conclusiones a partir del análisis de nuestra realidad, se acogió un discurso dogmático e ideológico, el cual fue propuesto como única alternativa.

Además, en lugar de pedirle a los costarricenses un cambio hacia la cultura de la responsabilidad, de pedirles mayor ahorro y más trabajo, de forma populista se les ha hecho creer que el gobierno y los políticos tienen el poder para casi con arte de magia dotarles de todo.

Su rebeldía, su responsabilidad

Las fórmulas para romper con las opciones seleccionadas y salir bien de la encrucijada son conocidas. Muchos nos hemos dedicado por años a escucharlas, a estudiarlas y a proponerlas

Debemos partir de lo abundante positivo que tenemos en Costa Rica y escuchar a San Pablo cuando nos dice “Examinadlo todo, retened lo bueno”. Pero los resultados de los últimos años y la crisis mundial actual nos advierten seriamente sobre la necesidad de reorientar el rumbo en varios campos.

Como en tiempos de Juan Santamaría, hoy es el momento del desprendimiento y el sacrificio por la Patria. Esta generación -su generación- podrá convertirse en el tiempo de los sueños y las esperanzas, si con la llama de la tea que nos legó Juan Santamaría en su heroico patriotismo,, no solo incineramos los vicios que han carcomido los cimientos de nuestro desarrollo, sino que también iluminamos el sendero hacia el futuro que anhelamos.

Ustedes tienen la herramienta del conocimiento. Esa es su tea. Para el que tiene esa herramienta el deber con la Patria es superior pues es líder, ejemplo y guía. Debe ser líder en su capacidad para transformar el mundo y debe ser ejemplo en su integridad.

Para inducir ese cambio es necesaria una dosis de rebeldía, una  dosis, si se quiere, de informado cuestionamiento a la forma en que nos hemos y nos han conducido. Jefferson nos decía “Una pequeña rebelión de vez en cuando es buena”. Cuando esa rebelión se practica y se promueve por gente educada, informada y decente, debemos ser optimistas sobre sus resultados.

Alejandro Magno, el macedonio de mil victorias, encabezó la rebelión contra el persa opresor y engrandeció a su pueblo sólo después de pasar tres años siendo educado por Aristóteles.

Estimados graduandos: probablemente hoy sus maestros y profesores saben mucho más que Aristóteles; ¿serán ustedes para Costa Rica mejores que lo que fue Alejandro para la nación Helénica? ¿están dispuestos a ser parte de la pequeña rebelión para reorientar el rumbo?

Graduandas, Graduandos, Autoridades Universitarias, Profesores, Profesoras, Parientes, Acompañantes: espero que hoy el país reciba en su regazo profesionales con esa positiva rebeldía jeffersoniana.

Mis mejores deseos para que así sea: por ustedes y por la Patria.
¡Muchas Gracias!{jcomments on}