Sobre los juegos de azar, los agüizotes y demás

Por. Daniel Garro Sánchez

 

 Enero-Febrero 2010. Edición 29.

  

El primer impulso de muchos de los que lean esto será pensar que yo soy otro sujeto frustrado y molesto por no ganar la lotería. Puede ser, pero el hecho es que muy pocas veces en la vida he jugado lotería y casi nunca he apostado, excepto con montos inocuos y en apuestas ya ganadas (por ejemplo, con la Selección Nacional de Fútbol; ¡era tan fácil saber que iba a perder!).

    

Por lo tanto, no tengo en la mente ese tópico engañoso de que “perdí” alguna fortuna millonaria, como si alguna vez hubiera estado reservada para mí. Soy tan alérgico a las apuestas como lo soy al matrimonio; hay mucho que ganar, cierto, pero también demasiado que perder, y muy pocas posibilidades de salir victorioso (lástima que no hay matrimonios de montos inocuos y ganancia asegurada).

  

Igualmente, así como me jacto de ser prudente con las apuestas y resistente a su tentación, soy escéptico también –entre muchas otras cosas- con el tema de los agüizotes.

  

Voy a contar a los estimados lectores lo que me sucedió el pasado diciembre:

  

Me encontraba con dos compañeros de la UNED a una gira de trabajo en Guápiles; pasamos a almorzar en un restaurante situado en la orilla de la autopista, y nuestro chofer -uno de esos individuos que frecuentemente hace cosas que uno no puede creer- pidió un refresco de chan. A mitad de la conversación, al hacer un gesto con la mano, el chofer volteó accidentalmente el vaso y de inmediato lo levantó; pero parte del contenido quedó en la mesa. Horas antes, él había comentado que deseaba comprar lotería; así que en el momento del reguero le sugerí, en broma, que contara las semillas del refresco y comprara el número correspondiente.

  

Lo dije en broma.

  

Ante las miradas atónitas del tercer compañero y yo, nuestro chofer terminó de derramar sobre la mesa lo que quedaba de refresco en el vaso, tomó una pajilla y contó las semillas. La camarera se acercaba en ese instante y al ver a nuestro amigo derramando intencionalmente el refresco se devolvió con una mueca de sorpresa, incredulidad y hasta un matiz de ¿con qué clase de extraño mentecato voy a lidiar hoy?.

  

El conteo arrojó cuarenta y dos semillas.

  

Durante el resto de la tarde, nuestro chofer detuvo el vehículo en cada punto de venta de lotería de la provincia de Limón, y entre sus numerosas compras figuraban, por supuesto, varias fracciones del número cuarenta y dos.

  

En contra de lo que tenía planeado cuando desperté en la mañana, compré también varios pedazos del susodicho. La razón principal por la que hice semejante cosa fue para no tener que aguantar el disgusto de ver a ese sujeto convertirse en millonario con el agüizote que yo le di, si es que salía favorecido; mi hígado no lo soportaría; para expresarlo en términos de la jerga tica, estaba “picado”.

  

Claro, es demasiado tentador preguntarse si muy en el fondo -en alguna región mental subyacente dominada por instintos primitivos, irracionales y fuertemente programados en las funciones cerebrales, como un virus informático difícil de eliminar- yo veía todo esa situación burlesca del refresco de chan como el envoltorio de un episodio memorable; no como un episodio previamente acordado por un supuesto agente del destino, sino más bien como una anécdota del futuro. ¿Ya te conté cómo me hice millonario? ¿No? ¡Con un agüizote de semillas de chan!. Sonaba demasiado perfecto.

 

¿Y qué sucedió?

  

¡Pues lo más obvio que podía suceder conforme a las posibilidades! ¡No ganamos nada!

  

¿En qué forma se supone que pueden incidir las semillas de chan sobre las bolitas en la Junta de Protección Social? ¿O cuál fenómeno se supone que podía incidir en ambas situaciones? ¡Pues ninguno! Sólo el azar, pero el azar no existe; azar es la palabra que designa precisamente la ausencia del fenómeno, y no el fenómeno, tal como la palabra frío designa la falta de calor. El azar, entidad completamente ficticia y prosopopéyica, , y por lo tanto incapaz de razonar y elegir, es una piedra lanzada al aire a gran altura y que debe caerle a alguien entre una multitud. Nada ni nadie selecciona inteligentemente al galardonado con recibir esa pedrada, a veces dichosa, a veces no.

  

De la enorme cantidad de personas, digamos cientos de miles o hasta millones, que juegan lotería y otros juegos de azar, valiéndose de agüizotes, amuletos, oraciones, hechizos y tantas cosas a las que no me atrevo a dar calificativo para no ofender, la pedrada debe caerle a alguien. Y ese alguien afortunado no resistirá la tentación de atribuir su éxito al agüizote, amuleto, etc., etc. que haya utilizado: ¡¿Viste?! ¡Compré la edad de mi abuela y gané! ¡¿Viste?! ¡Compré lotería con mi calzón de la suerte puesto y gané! ¡¿Viste?! Fui a Cartago de rodillas y le pedí a la Negrita ganar y gané! ¡¿Viste?! ¡Compré el número que me dijo el brujo...

  

Los agüizoteros que escuchen la anécdota no resistirán la tentación de aceptar la efectividad del agüizote o lo que sea que hayan usado. Insisto, ese es el problema de las anécdotas que involucran agüizotes; suenan demasiado perfectas. Mientras tanto, los que no hayan ganado, en lugar de cuestionarse por qué su propio “método” particular no funcionó, quizás cambien de método, o quizás lean Cuando lo que Dios hace no tiene sentido, y cosas por el estilo. Todo sea por alimentar el mecanismo de defensa en contra de la aceptación de las escasas posibilidades de ganar; por la tozuda esperanza de obtener una fortuna casi gratuita; a por ganar de manera fácil, honesta e impune, sin tener que enfrentarse a ciertos códigos de ética irreconciliables con la búsqueda de lo material, y evitar así el indispensable sacrificio de algunos rígidos valores que conlleva la búsqueda del dinero y la engorrosa y compleja situación de armonizar la satanización del dinero con esos valores sacrificados.

  

Ahora les diré cuál es la única forma real –pero ni aún así segura- de ganar en una apuesta sin depender de suertes y agüizotes (y sin hacer trampa, claro).

 

Conocí la historia (o casi leyenda urbana) de un hombre que asistía todas las semanas a un casino; llegaba con un atuendo pulcro, zapatos brillantes, un arsenal de cigarrillos y demasiado, demasiado, demasiado dinero. Se situaba en la ruleta o en alguna mesa y comenzaba a apostar al número veintiocho. ¡28! Y perdía... ¡28! Y perdía... ¡28! Y perdía... Los testigos miraban casi horrorizados cuando el hombre volvía a apostar cifras cada vez mayores después de cada pérdida; lo perdido más otra microfortuna. Las cantidades subían exponencialmente; pero él no abandonaba su heroico afán: ¡28! ¡28! ¡28! Hasta que en algún momento de la noche, de la madrugada o hasta del día siguiente, el número mágico por fin salía. Entonces, el persistente jugador, sudoroso y exhausto, pero haciendo gala de una disciplina admirable, tomaba sus cuantiosas ganancias y se marchaba, y no volvía a jugar hasta varios días después. Él entendía que nada, absolutamente nada, le aseguraba que el número mágico no volviera a salir; pero por otro lado, nada, absolutamente nada, le garantizaba que volviera a salir.

  

¿Cuántos de nosotros tendríamos la serenidad y el valor –en su sentido más estricto de falta de miedo- para ejecutar semejante hazaña? Pero más allá de todo, ¿quién nos asegura que el místico veintiocho saldrá cuando estemos jugando? Si le da la gana, puede pasar días sin salir... o hasta semanas... o hasta meses... Nada le impide salir, pero tampoco nada le obliga; y no podemos pasar días, semanas y hasta meses frente a la ruleta, sin movernos de allí. ¿Y si al bendito numerillo se le ocurre salir cuando no estemos frente a la ruleta? ¿Tendrá la consideración de salir otra vez cuando regresemos? El hecho es que todas las prosopopeyas que he utilizado no son más que eso: prosopopeyas. Y según me contaron, cada noche el cabello del jugador lucía más canoso y su rostro más envejecido.

  

Este es el statu quo. ¿Soy demasiado escéptico? Sí, ya lo ven. ¿Aguafiestas? Bueno, digamos que nunca he sido el que ameniza la fiesta. ¿Caigo mal? Seguramente. Pero nadie puede dudar de que mi consejo es bueno: ¡no apuesten!{jcomments on}