Repensando el cometido universitario

Carlos Madrigal Tellini

 

Investigador

  

¿Habrá que repensar el cometido de la universidad? Tanto ha cambiado el mundo que tal vez sea de considerar. De ser así, su ubicación en el contexto actual y su aporte en la conformación de una sociedad democrática con vistas al futuro deben ser puntos de partida.

  

Hay el extendido y generalmente aceptado discurso de que la universidad debe contribuir al desarrollo del país. Pero pese a los "consensos", parece necesario estar siempre vigilantes de los conceptos y los contenidos discursivos y, por supuesto, de las prácticas. Nos movemos, las más de las veces, en una trama –a veces trampa- de conceptos sin la debida crítica .

  

Desarrollo ha sido asimilado a crecimiento. Esto más regularmente de lo que la democracia debería soportar. Democracia, acá entendida como participación informada en diferentes procesos -no solo electorales- de discusión, reflexión y decisión en la sociedad, pero también y esto es igualmente fundamental como participación en el disfrute de los bienes materiales y espirituales producidos en dicha sociedad, más aún, disfrute de bienes producidos por la humanidad. Estas nociones, pese a discursos y prácticas en contrario, son elementos que oficialmente aparecen como guías del cometido institucional.

  

Pero hay cambios evidentes en las últimas décadas. La emergencia de posturas y prácticas desde un pensamiento que se torna dominante y que rige casi de manera omnímoda las relaciones tanto internas de los países, como las internacionales, es un hecho innegable. El neoliberalismo campea en las más diversas tiendas y recintos, también en universidades.

  

El discurso sobre la eficacia y la eficiencia, que en principio todos podemos ver como loable, no puede separarse del discurso sobre la necesidad de privatizar en virtud de la mayor capacidad del mercado de resolver la asignación de recursos y promover, vía competencia, la calidad y la productividad necesaria para tener la riqueza que beneficie a todos.

  

Esta reiterada falacia, claramente así expuesta por la terca realidad, sigue repitiéndose, justamente ignorando la realidad, propio de quienes resuelven la vida al margen de ésta. La elucubración teórica en torno a los mercados eficientes y sin necesidad de regulación, la elucubración y, más que eso, la práctica en que todo es mercancía; por tanto, todo entra en el juego de ese mercado eficiente, avanzan arrolladoras. Cuando no por una vía, por otra. Sin descontar, y por el contrario apelando cada vez más a la fuerza, que casi siempre es bruta. Nada más brutal que la guerra impuesta, la guerra para trastocar la elucubración teórica en realidad. La guerra como el último argumento de la sinrazón.

  

Estos discursos y prácticas también avanzan en nuestro país, sin guerra tal vez, pero con otras violencias sin duda. Parte de esas violencias corresponden al discurso discurso único, la satanización de la discrepancia, la búsqueda obligada de "consensos", el uso del miedo , la extorsión y un cada vez mayor etc. Todo esto debería ser parte del estudio y la investigación universitaria.

  

Es, por lo tanto, necesario reflexionar en cuanto al cometido institucional en el específico contexto, no se trata de uniformar posturas en la universidad. A diferencia del llamado "Consenso de Washington", la universidad debe ser el terreno amplio y propicio para el disenso y el debate, la reflexión y la discusión, sin más reglas que las del respeto y la tolerancia y, por supuesto, otras que demande el tratamiento intelectual de cualquier materia, esto exige la participación; sin ella, no hay debate, sin ella, no hay disenso, ni consenso.

  

Pero parece, al menos, que el carácter público de la institución, su financiamiento público y su historia conforman una ética que nos lleva necesariamente a reafirmar desde una perspectiva democrática, que si bien debe revisarse, supone al menos la noción de desarrollo como mejoramiento de la sociedad, como aspiración a una mayor justicia e inclusión, como incremento en la participación de las personas en todos los órdenes de la vida. Parece que estas generalidades encuentran roces, por decir lo menos, con la lógica, el discurso y la práctica que remiten al mercado como ordenador general de la vida. Lógica, discurso y práctica que todo lo consideran mercancía.

  

Hay, entonces, necesarias consideraciones de lo que parece perfilarse como dos formas generales de entender el mundo, como dos Weltanschauung, a decir de Dilthey. Pero que justamente con él, son representaciones que no resultan necesariamente de un quehacer científico. La diferencia puede estar, en que independientemente de cuál adscribamos, el carácter público de la institución supone elementos éticos ineludibles.

  

Queda por perfilar más puntualmente lo relativo a desarrollo y democracia, para orientar la actividad general de la institución, sin detrimento, claro, del debate y el libre juego de ideas.

  

En cualquier caso, los cambios señalados, con las consecuencias más o menos directas, más o menos inmediatas en las personas, en el territorio y en la producción, deben ser parte del estudio, la propuesta y la acción de la universidad. Pero no solo en el terreno de la docencia, sino de todo quehacer sustantivo; es decir, también de la investigación y la extensión. Sin que esto signifique que la universidad sacrifique el trabajo de generación de conocimiento por la inmediatez y la ausencia de reflexión de más largo plazo o por un activismo igualmente inmediato. Y menos por los designios de quienes controlan el mercado, que lo de "mercado libre" únicamente existe en los malos libros de Economía (la mayoría por desgracia).

  

De ser lo anterior, solo relativamente cierto, parece que la exclusión se agravará; ya hay evidencia empírica. No solo la pobreza crece, sino (y lo peor) la diferenciación social se agrava, constituye contingentes crecientes y grandes áreas geográficas de exclusión, con el correlato de grados de concentración de riqueza nunca antes vistos.

  

Es decir, la participación y el acceso a bienes materiales y espirituales es menor para cada vez más personas. Esto no lo revierte el crecimiento y la ampliación de acceso a la red, por ejemplo, que en todo caso sigue siendo muy limitado. Tampoco resuelve siquiera los problemas fundamentales de educación, ya que tiene bien afincada su lógica más en la idea de publicidad que en la de formación.

  

Por otro lado, la uniformización –más que globalización- de pautas culturales, "occidentales", generalmente, es una realidad innegable. Hace que se pierda parte de la diversidad y, con ella, que se pierde cultura. Esto no refiere únicamente a bienes "intangibles": refiere a prácticas, producción, formas de consumo, relaciones humanas, en fin, formas de vida en toda su dimensión material y espiritual; en su lugar aparece la imposición de patrones que ya han demostrado ser, fundamentalmente, depredadores e insostenibles.

  

La pobreza material y espiritual, la diferenciación y exclusión, la depredación y la insostenibilidad, la afirmación propia y los nacionalismos-regionalismos , con sus correlatos: la concentración de la riqueza y acceso a bienes producidos socialmente, la destrucción a escala planetaria del hábitat, la intolerancia, negación o incluso el aniquilamiento de la otredad; conforman una dialéctica que podríamos, sin el menor reparo, denominar perversa.

  

Junto a lo anterior, balbuceos de mayor información (muchas veces simples mentiras, deformaciones, ideología pura y dura), plataformas que podrían contribuir a una mejor comunicación. Pero esto no es tan definitivo; a propósito, nos señala Matellart:

  

"La tecnología con doble faceta. La tecnología de las redes sociales, por ejemplo, es una tecnología que permite la definición de los individuos en una sociedad marcada por la individualización; pero por otro, la lógica con que trabaja estas redes son lógicas publicitarias; es decir, la acumulación de la información sobre los individuos."

  

No podríamos ser tan ingenuos de pensar que las plataformas sean asépticas, como no lo es el lenguaje en general ni las ideas ni las herramientas. Todo se genera en un determinado contexto histórico.

  

Hay también niveles de producción suficientes (exagerados incluso) para abastecer el planeta entero. Todo en una situación de inequidad que no permite garantizar una vida adecuada, no solo a la humanidad, sino para todas las especies en las condiciones ecológicas en que compartimos la existencia.

  

En este marco apenas delineado ¿cómo valida la universidad el cometido de aportar al desarrollo, a la equidad y la justicia? No es una pregunta menor.

  

Entender adecuadamente cómo funciona nuestra sociedad en el contexto mundial, qué dinámicas hay en los comportamientos sociales, cuáles relaciones se generan y qué requerimientos hay para satisfacer mínimos básicos de convivencia decente, es parte esencial de nuestra obligación de contribuir desde una perspectiva democrática. En las nuevas condiciones, puede ser que lo que hasta ahora hemos hecho, y lo que hasta ahora hemos construido, no sea suficiente para cumplir dicha obligación.

  

1. Madrigal Tellini, Carlos. (2009). "Temas y retos de cara a los próximos años. Apuntes para una discusión". Revista Espiga, VII, (18 y 19), pp. 49-60.

 

2. No olvidar nunca el memorándum vergonzoso de Kevin Casas, exvicepresidente, y de Fernando Sánchez , exdiputado. Punto "6. 2) Estimular el miedo. Ese miedo es de cuatro tipos".

 

3. Sobre esto, ver Hobsbawm, Eric. (1998). Historia del siglo XX. Buenos Aires: Editorial Crítica, pp. 426 y ss.

 

4. Diálogo con A. Matellart, (2011, marzo). El mundo de la ciberseguridad. Revista América Latina en Movimiento, 463, p. 19. Recuperado el 24 de marzo del 2011, de:http://alainet.org/publica/alai463.pdf{jcomments on}