La Revolución de los Jazmines (I parte)

Gustavo Naranjo Chacón

 

Editor académico PROMADE

  

Más allá del mar Caribe, al otro lado del Océano Atlántico, en un continente llamado África, existe un grupo de países que forman parte del llamado “Mundo Árabe” pues, desde hace muchos siglos, comparten cultura, lengua y religión muy similares.

  

Mas la historia de dichas naciones es mucho más antigua. En los tiempos bíblicos, buena parte de los países que hoy conocemos como el “Mundo Árabe”, formó parte de varios imperios: el egipcio, que levantó maravillosos monumentos en el desierto; el macedonio, liderado por el joven conquistador Alejandro Magno; o el romano, que lo unió para siempre al “Mundo Europeo”.

   

Ahora bien: en el siglo VI de nuestra Era, nació más hacia el Este, en un lugar llamado Arabia, un muchacho llamado Mahoma. Él formaba parte de una gran familia de comerciantes, y creció viendo como las tribus de su pueblo luchaban entre sí a causa de rivalidades vanas y el culto a muchos dioses.

  

Los seguidores de Mahoma, llamados mahometanos o musulmanes, creen que a él se le apareció el arcángel Gabriel y le hizo una serie de revelaciones, que él transcribió en un libro llamado El Corán. Para los musulmanes, este libro es como nuestra Biblia, y en él se habla de la existencia de un único Dios (que en su lengua, el árabe, llaman Alá) y cómo este es el mismo Dios de judíos y cristianos.

 

A lo largo de su vida Mahoma y seguidores se encargaron de unir a todas las tribus árabes bajo esta religión, a la cual llamaron “Islam”, término que significa “someterse a Dios”.

  

Tras su muerte, los líderes de las tribus árabes eligieron a un “Califa”, palabra que significa “sucesor”, para que los guiara. Pero, para entonces, el Islam había dejado de ser solamente una religión y se había comenzado a convertir en una especie de Imperio por derecho propio.

  

Bajo los califas, el Islam conquistó al antiguo imperio de los persas, en el Este, y las tierras de Egipto y el norte de África, en el Oeste. Asimismo, le quitaron al imperio romano la provincia de Palestina, que es donde está “Tierra Santa” porque, para los musulmanes, estas tierras también son sagradas.

  

Aquella época, que se extendió desde el siglo VIII hasta el siglo XIII de nuestra Era, es lo que se conoce como “Era Dorada del Islam”. En ese tiempo, los musulmanes levantaron universidades, templos (que ellos llaman mezquitas) e hicieron florecer el desierto con sus técnicas agrícolas.

  

Y, mientras Europa se hundía en el Oscurantismo, los sabios islámicos -como Avicena- no solo guardaban la ciencia clásica de Aristóteles y Platón, sino que también creaban su propia ciencia. Mucha de nuestra matemática, medicina y química modernas se la debemos al Islam y su califato.

  

Bagdad, hoy capital de Irak, antiguo hogar de los califas, y retratada en los cuentos de Las mil y una noches, se convirtió así en la ciudad más grande e importante del mundo.

  

Mas la perfección no es de este mundo. Y, como todo aquello que involucre personas, el califato también comenzó a decaer. Llegó un momento en que se hizo tan extenso que varios líderes poderosos, aprovechando que Mahoma no había dejado establecida de forma clara su sucesión, se autoproclamaron como califas. Más aún, el Islam, como religión, se dividió varias sectas; chiítas y sunitas son las dos principales.

  

Aprovechando tales conflictos internos, otros imperios y estados comenzaron a atacar a los ahora varios califatos. Fue el caso de los reyes cristianos en la península ibérica o los mongoles en el centro de Asia. Tal vez el peor de los conflictos fueron las Cruzadas, una serie de campañas de carácter militar-religioso que fueron impulsadas por el Papado y varios reyes europeos. Estas se extendieron desde el siglo XI hasta el siglo XIII de nuestra Era, con la excusa de recuperar Jerusalén y Tierra Santa. Empero, lo que estuvo detrás de ellas (como lo está detrás de la mayoría de las guerras) fueron más bien ambiciones comerciales y políticas.

  

Debilitados por problemas internos y externos, finalmente, en el siglo XIV, las tierras del antiguo califato comenzaron a ser conquistadas por un ambicioso príncipe que conquistó no uno, sino dos imperios: Osmán I.

  

De fe islámica y ascendencia turca, Osmán I aprovechó el repliegue del califato y la debilidad del imperio bizantino (el antiguo imperio romano de Oriente) para independizar su principado y fundar su propio imperio. En 1453, fecha que marca el inicio de la Era Moderna, Osmán I tomó la ciudad de Constantinopla (hoy llamada Estambul y ubicada en la actual Turquía) y la convirtió en su capital.

  

Bajo su dinastía, el Impero Otomano -como se llamaría su reino- conquistó y dio forma a buena parte de lo que es hoy conocemos como el “Mundo Árabe”.

  

No obstante, los derroteros de la Era Moderna vendrían a dar pie a un ciclo de revoluciones y búsqueda de libertad por parte de estos pueblos orgullosos y tantas veces conquistados. Y esta lucha continúa hasta hoy.{jcomments on}