En la goleta Izalco

Rafael A. Méndez Alfaro
Coordinador del Programa de Estudios Generales

Álbum de FigueroaEn abril de 1840 y al mando de la goleta Izalco, el general unionista centroamericano Francisco Morazán y un grupo cercano a las cuarenta personas atracaban en las apacibles aguas del Pacífico costarricense, en el precario puerto que en aquel entonces denominaban Punta Arenas, procedentes de tierras salvadoreñas.

Días atrás, el grupo había zarpado del puerto de La Libertad, después de vivir aciagos momentos. El infortunio había alejado a ese grupo del poder de El Salvador y el destierro los llevó a buscar refugio en otros lugares.

En Costa Rica, la noticia del arribo de Morazán y sus hombres fue recibida con cierta cautela en el gobierno, encabezado por Braulio Carrillo Colina. Ambos personajes eran enemigos pues representaban posiciones políticas antagónicas. Tal animadversión, más el hecho que su esposa habitaba en Panamá, quizá explique por qué el general unionista no se atrevió a pedir asilo.

Lo que sí hizo Morazán fue enviar una nota a Carrillo, en la que solicitaba el beneplácito del gobierno para recibir a la mayor parte de la tripulación que lo acompañaba. Para unos casos, se presentaba la petición de que pudieran habitar de forma permanente en Costa Rica; en otros, se solicitaba la permanencia temporal en el puerto de Puntarenas para que los beneficiados luego tomaran algún vapor que llegase a los rústicos embarcaderos; desde aquí partirían a otras latitudes.

Para unas pocas personas se pedía permiso a fin de que pudiesen atravesar Costa Rica hacia el sector de Matina y en dirección al mar Caribe.

En nota remitida al secretario general del Gobierno del Estado de Costa Rica, Modesto Guevara, Morazán hacía ver que, por mucho tiempo, El Salvador había sido asilo generoso de no pocos costarricenses obligados a partir al exilio. Para entonces, la tremenda inestabilidad política costarricense hacía, de la nación cuzcatleca, un refugio natural. Morazán, hábil estratega, hizo ver a las autoridades costarricenses que ese era un momento oportuno para retribuir el mismo trato, ahora en las personas de salvadoreños que huían de su patria por razones políticas. A juzgar por los antecedentes, el argumento de Morazán tenía fundamento.

La respuesta enviada a Morazán incluyó consideraciones sobre las características deseables de las personas que recibirían asilo temporal en Costa Rica. Al fin, el gobierno permitió el desembarco de 23 de las 30 personas comprendidas en la lista elaborada por el caudillo unionista. Entre ellas se encontraban el futuro presidente de El Salvador, Gerardo Barrios, y quien llegaría a ser ministro de su gobierno, Manuel Irungaray.

Sin embargo, el gobierno se negó a que bajasen algunos de los inesperados visitantes. Destacó el rechazo mostrado contra Diego Vigil, quien había sido vicepresidente de la República Centroamericana. Igual trato recibieron José María Silva (vicejefe del Estado de El Salvador), Miguel Álvarez (secretario del gobierno federal), el general Trinidad Cabañas y los coroneles Miguel A. Lazo y José M. Cacho.

Todos ellos pretendían obtener el beneplácito para residir de forma permanente en Costa Rica; sin embargo, obtuvieron la advertencia explícita de que, si bajasen a tierra, se les aprehendería y por, camino seguro, serían entregados a las autoridades de El Salvador.

Del total de morazanistas que desembarcaron en Puntarenas, solo tres se establecieron en Costa Rica. Uno de ellos fue Carlos Salazar, quien había sido jefe del Estado de El Salvador. Dedicó su vida a las actividades comerciales y murió en 1867 y en el mayor de los anonimatos. Posteriormente, como señala Ricardo Fernández Guardia, sus cenizas fueron trasladadas a El Salvador.

El segundo de los personajes que se afincó en suelo costarricense fue Felipe Molina, de origen guatemalteco. Esta figura destellaría años más tarde en la diplomacia. Él representaría a Costa Rica ante diversos gobiernos de la región prestando valiosos servicios. Murió a causa de una pulmonía, en Washington, tiempo después de dar aviso oportuno y de denunciar públicamente el peligro que representaban los filibusteros para las naciones centroamericanas.

El gobierno de Juan Rafael Mora rindió honras fúnebres a Felipe Molina, propias de un hombre de Estado, en la catedral de San José. Los actos protocolarios fueron encabezados por el máximo dirigente eclesiástico, monseñor Anselmo Llorente y la Fuente, primer obispo del país nombrado por las autoridades romanas.

El más célebre de quienes hicieron de Costa Rica su nuevo hogar y que llegó a bordo de la goleta Izalco, fue el capitán José María Cañas Escamilla. Oriundo de Suchitoto y fiel al general Morazán, Cañas prestó notables servicios en diversos cargos públicos que le fueron encomendados por distintos gobernantes de Costa Rica.

Es memorable el liderazgo que ejerció durante la guerra que enfrentó a los centroamericanos con las tropas encabezadas por William Walker. Cañas destacó en las célebres batallas de Santa Rosa y Rivas.

De igual forma, es notable la amistad que lo unió con el presidente Juan Rafael Mora Porras (presidente entre 1849 y 1859). No menos conocido es su fusilamiento junto a Mora Porras en Puntarenas, resultado de una frustrada invasión llevada a cabo por ambos en 1860.

En definitiva, el arribo de la goleta Izalco a Puntarenas en 1840, trajo, sin proponérselo, profundas huellas en la historia costarricense de mediados del siglo XIX. Los recuerdos de Salazar, Molina y Cañas, constituyen sólo un reflejo parcial de aquellos agitados momentos. A la larga, la influencia de dicho acontecimiento presentó matices de distinto orden en el istmo centroamericano de mediados del siglo XIX.