Semana Santa de antaño

Rafael Ángel Méndez Alfaro
Coordinador del Programa de Estudios Generales

Hacia fines del siglo XIX, Costa Rica vivía la Semana Mayor entre la tradición y la modernidad, como puede apreciarse a continuación:

El Comercio 03 04 1888. Artículo Semana Santa de Antaño foto llego 13 de marzo 2018“Los días jueves y viernes santo pasaron con la solemnización de costumbre. La procesión del jueves, estuvo menos concurrida que la del viernes. En este día, la asistencia pública fue numerosa. En la noche del jueves se veían las calles llenas de gente que pululaban rezando las estaciones. Los templos estaban muy bien arreglados, especialmente el del Carmen. De parte del pueblo se notó mucho orden y bastante moralidad”. Con estas palabras, el editor del periódico El Comercio (12/04/1887) informaba de la forma como se habían celebrado, en la capital costarricense, los días más consagrados de la Semana Mayor.

Acentúa la crónica la afluencia masiva de fieles parroquianos a las actividades religiosas convocadas por las autoridades eclesiásticas, la suntuosidad de la ornamentación en los templos josefinos, así como la moralidad; esto es, el decoro y la austeridad mostrados por los piadosos católicos en procesiones y actividades litúrgicas.

Para fines del siglo XIX, la Semana Santa se vivía en un ambiente que combinaba la organización de peregrinaciones sacras, la preparación de alimentos para la temporada y la participación en actos religiosos, con la venta y la difusión de prendas de vestir y de accesorios personales importados y de última moda, que ofrecían realce y prestigio a sus portadores.

Diarios como La Unión Católica (29/03/1893) se prodigaban en ofrecer un detallado itinerario de los ritos que se efectuarían en cada una de las cuatro iglesias del corazón capitalino: la Catedral, el Carmen, la Merced y la Soledad. Se destacan las actividades previstas en la Catedral, como las procesiones de Jesús con la cruz a cuestas, el sermón de las siete palabras, el santo entierro y la vela del resucitado en domingo de Pascua.

Dada la presencia multitudinaria de feligreses a esos actos y las precarias condiciones de las avenidas josefinas, los editores del diario católico no dudaban en llevar a cabo la siguiente solicitud a las autoridades civiles: “Se recomienda el conveniente aseo de las calles y que el riego se haga en la mañana para que á la tarde no haya humedad”.

Aquileo J. Echeverría, director del periódico La Patria (11/04/1896), incluía un relato de uno de sus corresponsales. En esa nota puede apreciarse la activa participación de mujeres en los días santos: “La del once, el viernes, fue, indudablemente, la mejor. Tomaron parte en ellas, las señoritas Dulcemia Castro, Jobita y Amelia Villalobos, representando, respectivamente, á la Samaritana, Magdalena y Verónica. No se puede exigir mayor acierto y elegancia en el desempeño de sus difíciles papeles”.

La Unión Católica (22/03/1891) mostraba la importancia estratégica que desempeñaban las féminas en los rituales: “Se suplica al público en general y á las señoras en particular se dignen acompañar á su templo á la Virgen de Soledad”. Este particular llamado de la Iglesia resulta sintomático de una institución de naturaleza patriarcal, que debe mucho de su razón de ser al apostolado femenino.

Junto a la narración de procesiones donde prevalecían los rostros compungidos y las actitudes sombrías por la muerte de Jesús, los diarios capitalinos elogiaban el cierre de negocios y la suspensión del servicio del ferrocarril.

En La Patria (11/04/1896), Saturnino Morales manifestaba con orgullo su sentir al respecto: “No concluiré sin hacer presente que los dueños de establecimientos de licores no los abrieron durante los ‘días grandes’, dando con esto prueba de sus altos sentimientos religiosos y de que posponen á su particular interés, el respeto á las creencias que nos legaron nuestros mayores y que todos consideramos como grandiosa y sagrada herencia”.

Se desprende de lo antes dicho que la decisión de no abrir negocios expendedores de licor los jueves y viernes santos obedece más al peso de la tradición que a la emisión de decreto alguno dedicado a regular tal actividad en esas fechas.

La prensa ofrece muestras de cómo las fechas sagradas también constituían una oportunidad de impulsar ventas de temporada. Escalante & Hermano, negocio de abarrotes y licores situado en la capital, anunciaba en La República (27/03/1889): “¡OJO! Ostiones secos, Salmones, Bacalao, Ostiones en latas y gran variedad de artículos propios para la cuaresma tenemos de venta al por mayor y menor”.

Sin duda, el arribo del fin de siglo traía consigo la imbricación de costumbres y nuevos tipos de consumo en un escenario crecientemente urbano como era San José.

Otros negocios, como Herrero Hermanos, ofrecían mercadería de moda para la época. Un aviso en La Patria (31/03/1896) indicaba: “SEMANA SANTA. Acabamos de recibir un gran surtido de Géneros de lana y seda con sus correspondientes adornos. Ropa hecha para hombres y niños; magníficas telas, corte elegante, última moda”.

El comercio josefino anunciaba la venta de pañolones de seda bordados de colores y de burato, así como mantillas de punto de seda negra, perfumería importada de Londres y París, todo con el fin de lucir con estilo y solemnidad.

La aparición del ferrocarril en la década de 1890 derivó en una novedad: las excursiones de Semana Santa “a precios reducidísimos” con destinos como Cartago, Tres Ríos, San José, Heredia y Alajuela.