Números equivocados

Rafael A. Méndez Alfaro / Coordinador del Programa de Estudios Generales

Mentor Costarricense 07 02 1846 6 06 2018La revisión de diversas publicaciones de mediados del siglo XIX costarricense, permite constatar la presencia de errores al describir rasgos de nuestra geografía. El 17 de enero de 1846, el diario Mentor Costarricense publicó una sección titulada Breve geografía de Costa Rica. En esta parte, compuesta por un conjunto de preguntas y respuestas sobre el territorio nacional, se afirmó que nuestro país “tiene por límites al N. el Oceano Atlántico i al S. el Pacífico”. Hoy no los definiríamos como “del norte” ni “del sur”.

En la edición del 7 de febrero del mismo año, dicho periódico señaló que los ríos más caudalosos del “Mar del Sud” (el océano Pacífico) eran el Tempisque, el Barranca y el Grande. En términos precisos, los más caudalosos son Tempisque, Grande de Tárcoles y Grande de Térraba. Este último es el más grande y caudaloso de los ríos de Costa Rica. Imprecisiones de tal naturaleza se encuentran con frecuencia en la comunicación gubernamental de aquella época y constituyeron una herencia colonial.

Un antecedente de aquellos errores fue el cruce del estrecho Panamá por Vasco Núñez de Balboa, en 1513. Vasco, el primer europeo que arribó al Pacífico desde el oriente, lo bautizó como “Mar del Sur” (o Sud).

Datos impropios figuran en libros esenciales para la historiografía costarricense, como el Bosquejo de la República de Costa Rica, de Felipe Molina (Nueva York, 1851). Este autor, de origen guatemalteco, mencionó conjuntos de islas costarricenses situadas tanto en el “mar del Norte” (Atlántico) como “mar del Sur”. De igual forma, a mediados del siglo XIX se hablaba del “camino al Norte” como sinónimo de la ruta que llevaba a Sarapiquí, y de la “aduana del Sur” en referencia al aforo situado en la región de Puntarenas.

Por otra parte, el Mentor Costarricense y el libro de Molina coinciden en situar a Costa Rica entre los 8 y los 11 grados la latitud norte, mas presentan diferencias en cuanto a la ubicación longitudinal.

Mientras el periódico oficial sostuvo que nuestro país se sitúa “entre los 85 i 83 grados longitud Occidental del Meridiano de París”, Molina escribió que el territorio se ubica “del 81º 40 minutos al 85º 40 minutos longitud oeste de Greenwich”. Esa aparente contradicción entre el editor del Mentor y el autor del Bosquejo de la República de Costa Rica se debió a que apelaron a meridianos diferentes: el de París y el de Greenwich. En aquellos años, había una disputa entre los gobiernos y los geógrafos de Inglaterra y Francia por definir la línea de referencia mundial en cuanto a los husos horarios.

A la larga “ganó” el meridiano de Greenwich, nombre de un barrio londinense donde hay un observatorio. Se convirtió así en el meridiano 0º; esto es, la referencia inicial para el conteo de las líneas horarias. Esta decisión ocurrió en 1884 en una conferencia internacional efectuada en Washington.

De paso, en su descripción del territorio nacional, Molina se tomó la atribución de afirmar que “los confines de Costa Rica, al norte y al oeste, son el río San Juan y los márgenes del lago de Nicaragua”. Cuando tal indicación se publicó, el tratado limítrofe con el vecino del norte aún no se había firmado, pero el ya suscrito acuerdo Cañas-Jerez descalificaba las pretensiones del autor de que Costa Rica accediera al lago nicaragüense.

El libro y el periódico citados ofrecen dos elementos en común: la designación del cerro Chirripó como uno de los volcanes más importantes del país, y la antigua afirmación de que, en días claros, el océano Pacífico y el mar Caribe pueden verse desde el volcán Irazú, entonces también llamado “volcán de Cartago”. Esto no es posible.

En el caso del Chirripó consta una evidente imprecisión, pero Molina se condujo mejor cuando afirmó que algunos de los volcanes más altos del país –como el Turriaba, el Orosi y el Irazú– tenían una elevación cercana a los 12 000 pies (unos 3657 metros). En forma curiosa, Molina atribuye a los volcanes la causa de los movimientos telúricos que afectan a nuestro país. Así, afirma: “Se les considera como el origen probable de los frecuentes terremotos que se experimentan, pero que rara vez ocasionan desastres”.

El avance de la ciencia no permitía entonces llegar a conclusiones diferentes. Hoy se sabe que el origen de los terremotos es el choque de placas tectónicas. Esta explicación surgió en la primera década del siglo XX, cuando el científico alemán Alfred Wegener propuso la teoría de la deriva de los continentes como explicación general de los terremotos. En 1910, el país experimentó un grave terremoto, localizado en Cartago, debido a una falla geológica, causa muy distinta de la formulada por Molina en 1851.

Otras afirmaciones, un tanto pintorescas, se ofrecen en el Mentor Costarricense sobre las bondades del territorio costarricense. El número 26 de ese diario oficial, del 7 de febrero de 1846, señaló que las principales montañas del país son las “del Aguacate i la de Dota: la primera es notable por sus minerales de oro i plata que han producido inmensas riquezas, i contribuido asi a la prosperidad del Estado”.

Ciertamente, la nación obtuvo algunas ganancias surgidas de la extracción de oro en el monte del Aguacate; sin embargo, distan mucho de haber sido cuantiosas y su dimensión no alcanza para darle el status de ser la zona montañosa económicamente más productiva de la Costa Rica de entonces.

En enero de 1846, en el Mentor se afirmó que la notable fecundidad del suelo costarricense se explicaba “por que produce abundantemente los frutos de mas valor, las maderas mas finas, los minerales mas preciosos, i los animales mas útiles conocidos en el Universo”. En los dos últimos ejemplos, el periódico oficial reveló más que una inexactitud, pero mostró el interés de las autoridades en promover a Costa Rica de la mejor forma ante el mundo.

Felipe Molina, quien ofreció notables servicios al país, incurrió también en exageraciones, quizá debidas a su afán de resaltar al país que lo había acogido y cuyas bondades no eran entonces bien conocidas fuera de sus fronteras.