De locos y hospicios

Rafael Ángel Méndez Alfaro
Coordinador Programa de Humanidades

Asilo de locos 1858Un decreto de abril de 1885, siendo gobernante de Costa Rica Bernardo Soto y Secretario de Estado en el Despacho de Fomento, Carlos Durán, instauró la creación del Hospicio Nacional de Locos, primer establecimiento diseñado para la atención de personas con diagnóstico de perturbaciones mentales.

Tres pilares dieron soporte a la ley fundadora de la institución: la urgencia que el grado de cultura experimentado por el país demandaba de un asilo nacional que proporcionara albergue y asistencia a los dementes pobres, que solían vagar sin protección alguna y en detrimento de la tranquilidad de los habitantes; la importancia que la construcción y sostenimiento del asilo no se llevara a cabo con recursos del tesoro público, que en todo caso eran insuficientes, ni tampoco se tuviese que gravar a la población con nuevos impuestos para su financiamiento y finalmente, la necesidad de crear loterías con el firme propósito de que, al igual que había ocurrido con otras naciones civilizadas en casos similares, se procurara una forma eficaz y constante de inyectar capital al proyecto en cuestión.

La Gaceta (29-04-1885) destacaba la regencia del hospicio en la Junta de Caridad de San José, que debía crear el reglamento y administrar los sorteos regulares de lo que a partir de ese momento se denominaría “Lotería Nacional”, así como la forma de invertir los recursos en el edificio que se proyectaba construir. Se fijó que solo los dementes pobres serían admitidos sin cobro alguno, en tanto, aquellos cuyas familias tuviesen demostrados recursos, estaban obligados a pagar por su estadía en el hospicio.

Tan solo cuatro días después de publicado el decreto del Reglamento de la Lotería del Hospicio Nacional de Locos, la Junta de Caridad, encabezada por el Doctor Carlos Durán, anunciaba en La Gaceta el primer sorteo ordinario de lotería (16-05-1885).. Para este caso, el cuadro de ingresos y gastos se publicó de forma íntegra en la prensa. En la liquidación destaca la venta de 100% de los billetes emitidos. De ese total, 70% tenía como destino pagar los premios a los jugadores de lotería. Los gastos que debió cubrir la Junta con las ganancias obtenidas del primer sorteo incluían la compra de sellos, 5000 fichas de madera, contratación para la numeración de las fichas, adquisición de libros para llevar la contabilidad, sacos de manta, pago de honorarios del Inspector, Tesorero y Alcalde, así como la cancelación de honorarios por la venta de billetes a los agentes autorizados. Este último rubro representaba, según el informe, 61.08 pesos, es decir, cerca de 4.5% del total obtenido por dichas ventas. El producto líquido en caja fue de 127.17 pesos, representando 9.6% del dinero recibido por las ventas totales de billetes de lotería.

A pesar del éxito de la lotería, así como de la regularidad con que los sorteos comenzaron a llevarse a cabo, para 1887, estaba claro que los fondos procedentes de la lotería no alcanzaban para financiar la construcción del inmueble, por lo que resultó indispensable solicitar un préstamo al Banco de la Unión por un monto de 60.000 pesos. Para darle soporte a esta deuda, la Junta se comprometía a pagar, de forma periódica, intereses y amortizaciones al principal, derivado de los ingresos mensuales que deparaban lo sorteos de lotería (ANCR, Congreso). Esta estrategia que comprometía los ingresos venideros de la Junta, aseguró el capital necesario para continuar con el desarrollo de las obras. De hecho, la edificación y equipamiento del Hospicio Nacional de Locos tuvo una duración de 5 años, período durante el cual la fuente primordial de financiamiento fueron los sorteos regulares y extraordinarios de lotería. Esto parece ser un asunto loable para los miembros de la Junta de Caridad, que desempeñaban, la mayor parte de ellos, cargos donde no se reconocían honorarios.

En mayo de 1890, la prensa del país anunciaba con entusiasmo la inauguración del edificio en el corazón de la capital. La crónica local señalaba lo siguiente: “El Hospicio Nacional de Locos no sólo corresponde a los sentimientos filantrópicos de este pueblo ávido siempre de proteger al desvalido, como lo demuestran sus constantes y voluntarias contribuciones a favor de otros establecimientos de beneficencia, sino también y muy particularmente, a una necesidad sobremanera sensible. Antes de ahora no teníamos para los dementes asilo ninguno donde pudieran recibir con eficacia los beneficios de la caridad y de la medicina; y cuando por caso invadían furiosos, era menester encerrarlos en la cárcel como si fueran reos, u obligar a los suyos, tal vez menesterosos, a que cuidasen de ellos. Tampoco había en los hospitales celdas aparentes ni modo de atenderlos con el esmero debido a su desgracia” (Diario La Gaceta, 06-05-1890).

El desamparo en que se encontraba la población insana y la incursión que en ese campo llevan a cabo los gobernantes liberales que asumen la dirección de la nación a partir de la década de 1880, como Bernardo Soto y Próspero Fernández, es un claro indicio de una participación precursora del Estado en cuestiones asociadas con la legislación social y el levantamiento de infraestructura de bien social.

El edificio, según la descripción que hace el periodista que cubrió la inauguración, era una obra del todo meritoria. Según señalaba: “La ciencia y el arte lo han modelado, y no se echan de menos en él ni las condiciones higiénicas ni aquellas que se relacionan con la belleza y la solidez, la amplitud y la distribución adecuada del objeto. En la América Latina ha venido a ser el tercero entre los de su género, y tal vez el segundo a juicio de personas entendidas en la materia. El hermoso Hospicio tiene ya todo el mobiliario que se necesita; mobiliario excelente traído de Inglaterra con estudiada elección, de modo que corresponda a su fin. También cuenta con dos loqueros ingleses, marido y mujer; personas muy recomendables por la pericia que tienen, como muy avezados en el oficio” (La Gaceta, 06-05-1890).

El retrato que dibuja la prensa escrita de las condiciones del inmueble inaugurado, dista mucho de la lastimera imagen que retrataron los viajeros europeos de paso por Costa Rica en la década de 1850, cuando se referían al ambiente imperante en el pabellón de orates del recién fundado Hospital San Juan de Dios.

Una vez que los actos oficiales de inauguración del nuevo edificio pasaron, la recepción de pacientes se hizo una realidad. La Prensa Libre (06-05-1890) anunciaba el alojamiento de 12 pacientes en sus respectivas celdas, de la misma manera que hacía saber de la solicitud para tres nuevos ingresos.

En abril de 1897, el Hospicio Nacional de Locos, que en múltiples ocasiones era llamado como Hospicio Nacional de Insanos, sin aparente justificación, cambió de nombre por acuerdo de la Junta de Caridad. Esta, tomando en cuenta la importancia histórica y el aporte que en el pasado costarricense había dado el sacerdote Manuel Antonio Chapuí y Torres, acordó en su honor denominar a la institución de saneamiento mental como “Asilo Chapuí”. (ANCR, Fondo de Beneficencia).

Con la llegada del fin de siglo, el Asilo Chapuí, tanto en el plano de la infraestructura como en la esfera del tratamiento médico de pacientes con desequilibrios mentales, representaba un logro de una sociedad y un modelo de Estado, que por vez primera llevaba a cabo esfuerzos constantes por crear las condiciones que permitieran dar cuidados clínicos y protección a un sector social que hasta entonces se encontraba distante de los círculos oficiales de poder.