El nacimiento del último símbolo nacional

Rafael A. Méndez Alfaro / Coordinador Programa de Humanidades

La Prensa Libre 01 06 1890jpgEn el transcurso de la última década del siglo XIX se erigió el Teatro Nacional, obra arquitectónica esencial de la historia costarricense. Su construcción representó uno de los eventos noticiosos más significativos de la época.

En abril de 2018, el Teatro Nacional de Costa Rica fue declarado Símbolo Nacional del Patrimonio Histórico Arquitectónico y de Libertad Cultural. La ley, decretada el 5 de febrero, en el seno de la Asamblea Legislativa, la firmó el entonces Presidente de la República, Luis Guillermo Solís Rivera, el 5 de abril. Esta iniciativa constituyó el tercer símbolo nacional aprobado bajo esa administración, después de las declaraciones del Manatí del Caribe, Símbolo Nacional de la Fauna Marina Costarricense, y de las Esferas de Piedra, Símbolo de la Cultura Precolombina, establecidos en 2014.

La prensa escrita de fines del siglo XIX brindó una destacada cobertura a las informaciones que tenían como tema central el levantamiento de la edificación que transformaría el paisaje urbano de la capital costarricense. Si bien es cierto, otros episodios locales también llamaron la atención de los cronistas de los medios, como la finalización del ferrocarril al Atlántico, con la conexión definitiva entre San José y Limón (1890); la inauguración de la estatua a Juan Santamaría (1891) o la erección del Monumento Nacional (1895), fueron los trabajos cotidianos desarrollados en torno al nuevo teatro, los que representaron un interés inusitado y febril para los periódicos de entonces.

Los cimientos de la obra. El diseño de un teatro que estuviera a la altura de los intereses de la burguesía agroexportadora costarricense, fue un asunto de primer orden en la vida política del país durante el siglo liberal. Para 1890 el editor de La Prensa Libre, bajo el título “Teatro Nacional”, comentaba haber visto en dos modelos, los planos que para la edificación había elaborado el arquitecto Guillermo Reitz. Durante los dos años siguientes, la prensa escrita brindó noticias frecuentes sobre la primera etapa de preparación de cimientos de la anhelada joya arquitectónica.

En marzo de 1891, El Heraldo informaba, en la sección de Gacetillas, lo siguiente: “Los trabajos de demolición de edificios para la preparación del terreno donde habrá de levantarse gallardo nuestro futuro teatro, avanza con rapidez. La manzana está convertida en escombros”. La misma nota lamentaba el estado en que quedaban las familias que debieron abandonar los terrenos para dar paso al proyecto urbano.

Tiempo después, la prensa anunciaba, en distintos momentos, la apertura de licitaciones para suministrar 600 carretadas de piedra dura, 200 fanegas de cal viva y 1500 ladrillos de piedra de granito de 48 centímetros el cuadro. Para mediados de 1891, las bases del edificio estaban listas y algunos cimientos tenían, de acuerdo con las crónicas periodísticas, hasta tres metros de profundidad.

Al año siguiente, La Prensa Libre (29-07-1892) informaba, a propósito de los trabajos del teatro, “de una nueva clase de piedra que se está empleando, procedente de Desamparados, veteada y con la apariencia del mármol”. Para entonces, el tiempo estimado de finalización de la obra, dado por los editores de la prensa, era de dos años. Esas proyecciones eran muy optimistas como puede apreciarse a continuación.

El levantamiento del edificio. En el lapso 1893-1896 se va a llevar a cabo el grueso del trabajo de construcción del teatro. A pesar de que para inicios de este período corría el rumor que el teatro estaría listo en un año y medio (El Heraldo, 27-04-1893) -lo anterior con base en el ingreso de más de 300 bultos al puerto de Limón, con materiales y objetos destinados al Teatro Nacional-, lo cierto del caso es que los trabajos tardaron mucho más de lo previsto.

En el transcurso del bienio 1893-1894, la prensa informó sobre el ingreso y montaje de las planchas de hierro para el techo y la cúpula del teatro: “Don Nicolás Chavarría, Director General de Obras Públicas, encargado de la dirección de esos trabajos, se esfuerza por dejar concluidos antes de seis meses la techadumbre, palcos y piso del coliseo” (El Heraldo, 09-11-1893).

Posteriormente se divulgó el ingreso de las estatuas alegóricas, esculpidas en mármol blanco, de unos dos metros de altura, que decorarían el teatro, por encargo a los hermanos Durini, italianos, radicados de forma temporal en Costa Rica, que se anunciaban en el ámbito local como “arquitectos, constructores y negociantes en mármoles”.

A partir de 1896, los periódicos anunciaban la apertura de “propuestas para la ejecución de los trabajos de decorado del Teatro Nacional”, mientras se llevaban a cabo, de forma paralela, labores en los cielos rasos del café y el foyer. Una amplia nota de abril de 1897, inserta en La Prensa Libre, daba cuenta de un comunicado suscrito por el Cónsul de Costa Rica en Génova, Adolfo Erba, sobre el estado en que se encontraban trabajos por contrato en la ciudad de Milán. La nota destacaba, además, el embarque de las calderas para el motor de luz eléctrica que dispondría el teatro y de otros ornamentos.

En julio de 1897, Diario de Costa Rica informaba de la llegada de un tapicero y un marmolista italianos, para ejecutar encargos particulares en la edificación. En la prensa se discutía sobre la compañía de ópera francesa que tendría bajo su responsabilidad el estreno del Teatro Nacional, las obras que interpretarían y el prestigio de los integrantes que la componían.

A menos de dos meses de la inauguración del Teatro Nacional, las crónicas daban noticias de la instalación de las arañas, candelabros y butacas; ornamentación del techo del foyer, colocación de pórticos de hierro en las puertas y pintado de techo. Relatos de prensa, hablan, igualmente, del trabajo desplegado por el artista Tomas Povedano, quien “se ha hecho cargo de pintar el medallón del centro de la portada, que conduce del foyer a los palcos, en esa alegoría de las bellas artes” (Diario de Costa Rica, 23-09-1897).

Días previos a la inauguración, un anuncio de prensa mostraba el fervor por la proximidad del gran acontecimiento: “Para el Teatro Nuevo. Se vende un frac y chaleco casi nuevo por $30.00. Es para persona mediana” (Diario de Costa Rica, 14-10-1897).

Cuatro días después, con la interpretación de los himnos de Costa Rica y Francia como anticipo a la presentación de la ópera Fausto, con la que debutó la Compañía Francesa de Ópera y en un ambiente no ausente de especulación por el precio de los asientos, el Teatro Nacional inició funciones. Con su advenimiento, el panorama urbano josefino recibió un notable impulso en su anhelo de modernización, tan visible en otros logros alcanzados en material vial y de infraestructura, durante la década final del siglo XIX.