Billares y diversiones públicas

Rafael A. Méndez Alfaro
Coordinador Programa de Humanidades

Periódico El Heraldo de Costa Rica 03 07 1897Los juegos de billar formaban parte del esparcimiento josefino desde una época temprana de nuestra historia. Thomas Francis Meagher, viajero irlandés de paso por Costa Rica, describía ciertas actividades de esparcimiento en la capital del país en el año 1858: “Después de haber visto cuanto había que ver en San José, de vagabundear lo bastante por las cervecerías y billares –de los cuales hay media docena en la pequeña ciudad, a tiro de fusil el uno del otro- … nos trasladamos a Cartago, la antigua capital de Costa Rica”.

La expresión “a tiro de fusil” utilizada para revelar la escasa distancia existente entre un billar y otro, deja ver los estrechos límites de crecimiento urbano que tenía para entonces la principal urbe de la joven nación.

Las exploraciones de fuentes escritas de la época confirman los datos proporcionados por Meagher. El Boletín Oficial (01/12/1855), en su sección de “AVISOS”, mostraba el procedimiento de adjudicación de billares y la cantidad que existía en la capital: “La Gobernación ha señalado las doce del día catorce de Diciembre próximo para rematar, por un año, el derecho de cada uno de los seis billares que están permitidos en esta ciudad, haciéndose saber que no se admitirá ninguna propuesta que baje de la base de setenta y dos pesos al año por un billar, pagándose esta suma por duodécimas partes adelantadas mensualmente”.

El aviso en mención evidencia que el juego de los billares era un asunto regulado por ley, que requería una patente para su funcionamiento, desde una época tan prematura como la década de 1850.

Sin embargo, es preciso advertir que los billares no constituían la única diversión pública que gozaba la población josefina de entonces. El mismo Meagher dejó para la posteridad sus apreciaciones en materia teatral cuando afirma que: “La noche que fuimos al teatro, estaba de bote en bote. En los palcos llenos de susurros de seda, había perlas en profusión e hileras de dientes que rivalizaban con ellas en blancura”. La llegada de compañías extranjeras al país y la afición por el mundo actoral se habían incrementado en esta década desde que el presidente, Juan Rafael Mora (1849-1859), había impulsado la inversión en un entarimado que durante su gestión se pasó a llamar “Teatro Mora”.

Junto a este tipo de espectáculos, la música también se incorporó dentro del abanico de posibilidades de la población. Patricia Fumero, autora de Teatro, público y Estado en San José 1880-1914, afirma que “El interés por la educación musical y teatral se había manifestado constantemente en el país desde 1850. Los costarricenses de mediados del siglo XIX solventaban este problema asistiendo a clases particulares de apreciación musical. Se capacitaban para diferenciar los géneros musicales, tesituras y demás cualidades que una pieza e intérpretes deben conocer”.

Formas de mayor difusión popular en materia musical lo constituían las retretas y los bailes, las cuales solían crear ambientes de regocijo y recreación entre la población. Sumado a lo anterior, habría que señalar que otras diversiones como las peleas de gallos, el juego de cartas y el dominó, se encontraban a la orden del día como actividades de esparcimiento en las que participaban con regularidad diversos sectores de la sociedad capitalina.

De entre las variadas diversiones públicas, los billares tuvieron una importante difusión en la prensa escrita y se establecieron como espacios de convivencia urbana, como puede apreciarse a continuación.

Los juegos de mesas de billar aparecen inevitablemente asociados a negocios de reuniones sociales. El 29 de octubre de 1859, el “Club Nacional” anunciaba en el periódico La Gaceta la venta de un excelente billar, con todos sus utensilios y un rico mueble, el cual era de uso frecuente para los clientes que acostumbraban visitar el mencionado sitio de entretenimiento. A inicios del decenio de 1890, el “Club Internacional”, situado en la capital, ofrecía por medio del rotativo La República (04/11/1890), la venta de “un magnífico billar de bolsas, en muy buen estado, mesa grande de pizarra”. En ambos anuncios queda claro que este tipo de juegos eran propios de establecimientos públicos de diversión citadina.

Para fines de siglo, cuando el espacio urbano se ha ampliado de forma considerable al descrito por Meagher en la década de 1850, los hoteles solían anunciar la apertura de salones de entretenimiento, como parte de los servicios que ofrecían a su clientela. En La República (30/08/1890), podía apreciarse el siguiente aviso comercial: “Nuevo Billar en el Hotel de Roma. Ayer se abrió al entretenimiento público un hermoso salón para juego de billar, dominó y cartas. ¡Los aficionados a estas distracciones encontrarán en él un lugar decente donde pasar alegres horas de solaz- ¡A él, pues, Señoras!!!”. El anuncio revela el interés de mostrar un rostro familiar de sitios usualmente asociados con hombres. De alguna forma, la presencia femenina en estos lugares es una evidencia de la ampliación de espacios que estaban experimentando las mujeres en el mundo urbano finisecular.

Otros negocios de reunión social como las vinaterías y las pulperías, solían disponer de mesas de billar como parte de sus atractivos. Una información del Diario de Costa Rica (18/09/1897) señalaba: “De hoy en adelante. En los billares de la vinatería Hacienda de Pins se pagarán solo 60 centavos por hora, no exigiendo billarero”. Queda la impresión de que en esta materia la presencia de estímulos asociados con los costos de alquiler de las mesas y el uso de personas que daban el servicio, constituían formas de atraer público en una época donde estos juegos tienden a popularizarse. La presencia regular de anuncios en la prensa escrita, donde se compran y venden mesas de billar parece ser un indicio de que el negocio no siempre resultaba tan rentable como se deseaba.

En “El Heraldo de Costa Rica” (03/07/1897), un llamativo inserto mostraba otra faceta del negocio de los billares como era su construcción: “BILLARES. De las maderas más preciosas y más ricas que Costa Rica cría en sus selvas –que son tan codiciadas en el extranjero- se construyen toda clase de billares con exquisita perfección y puntualidad”. A pesar que la mayoría de los avisos que promueven la construcción de mesas de juego en el país no proporcionan los precios de estas, sí existe una constante referencia en señalar que sus precios compiten en calidad y costos con los billares provenientes del extranjero. Subraya, eso sí, la riqueza de las maderas a partir de las cuales se construyen las mesas, provenientes de los fértiles bosques de la nación.

Otro aspecto que suele destacarse en los avisos de estas mesas de juego fabricadas localmente, es su diseño en mármol y el reconocimiento con que cuentan en el ámbito internacional. Un anuncio del Diario de Costa Rica (19/12/1897) deja lo anteriormente dicho de manifiesto: “BILLARES con mesa de mármol premiados en la Exposición de Guatemala. El que quiera uno bueno y barato, lo encontrará en mi taller, frente al Registro Central del Estado Civil. Salvador González”.

A pesar de que se logran identificar algunas referencias como las señaladas, es necesario reconocer que estas constituyen una minoría en relación con la aparición de anuncios de prensa donde sobresale la venta de mesas de billar importadas, acentuando en algunos casos, el país de origen y el costo de estas, como puede observarse a continuación.

Los avisos en los periódicos capitalinos de los últimos tres lustros del siglo XIX, se distinguen, en materia de venta de billares, por su presencia regular. Predominan los anuncios que ponen de relieve la venta de “un magnífico billar americano”; o bien, aquellos donde se resalta la comercialización de “3 billares, de lo mejor que ha venido al país”. Parece ser que la procedencia de las mesas de estos juegos constituía una garantía para los empresarios que se dedicaban a la importación de diversos artículos destinados al consumo local.

En La Prensa Libre (14/09/1889) se señalaba lo siguiente: “Un billar magnífico, de lo mejor que ha venido al país, y que acaba de llegar de EEUU, venden en Heredia”. Resaltan junto a avisos de esta naturaleza, otras ventas de mesas de billar en zonas como Desamparados, Aserrí y Cartago, haciendo prevalecer la idea del bienestar y esparcimiento que proporcionaba al espíritu este tipo de diversión pública.

Algunos importadores de estas mesas de juegos mostraban, por medio de la prensa escrita, su disposición a vender billares a crédito y al contado. Evidentemente, los costos finales de las mesas variaban en función del plazo establecido para su respectivo pago.

A pesar que los avisos no suelen precisar los costos de estas mesas de juego, ocasionalmente algunos de ellos dan pistas de su precio. Un anuncio de la Prensa Libre (10/08/1892) parece ser un indicador de lo antes dicho: “¡¡¡ INCENDIO!!! VENDO UN MAGNÍFICO BILLAR, extranjero, completo y nuevo, Por valor de $600-00 (pesos). Para informes con Víctor Abarca en Desamparados, donde se encuentra el billar, ó con Clemente Guzmán en Aserrí”. Los datos suministrados sugieren que para entonces la inversión en asuntos como estos no era algo que pudiera tomarse a la ligera. Dado que los billares se asociaban con negocios como clubes, hoteles y vinaterías, era preciso disponer de cierto capital, que solo se recuperaba de forma progresiva, de acuerdo con lo asiduos que fueran los clientes y la competencia que existiera en ese renglón.

La revisión de las fuentes escritas de la época deja la impresión de que los juegos de billar fueron un elemento más en la diversificación de actividades recreativas y diversiones públicas, donde la convivencia urbana y la sociabilidad fueron aspectos importantes en los que se vio involucrada la población costarricense de la segunda mitad del siglo XIX.