El arribo del 'confort' a Costa Rica

Rafael A. Méndez Alfaro

Coordinador del Programa de Estudios Generales

La presencia y diseminación de hoteles que ofrecían diversas comodidades revelaron cambios en la San José de fines del siglo XIX. Un ejemplo de lo antes dicho se presenta en el siguiente caso: “No tenemos temor ninguno de asegurar que el Hotel de Europa es digno de su nombre, y que no hay en Centro América cual le lleve ventaja. El edificio es de construcción sólida y de bella presencia; y en cuanto al servicio, el empresario se propone no deje que desear. Los alojamientos ofrecen toda comodidad, y el mobiliario es de lo más escogido de Viena. Desde el día del solemne estreno la cocina quedó montada al estilo francés ó italiano, principalmente”.

Con ese anuncio, publicado en el diario La República el 7 de diciembre de 1892, se informaba al público costarricense de la apertura del Hotel de Europa, ubicado en la calle Central de San José. El dueño, G. Sacripanti, no dudaba en calificar al hotel de decentísimo, cómodo, amplio, provisto de una gran cantina, doble comedor y cuartos de segundo piso.

Este establecimiento –se decía– estaba diseñado al mejor estilo de patrones europeos, tan en boga en la Costa Rica finisecular. El Hotel Europa es un buen ejemplo de la proliferación de negocios de esta naturaleza que aparecieron a fines del siglo XIX.

Esos servicios revelan un nuevo nivel de consumo, más alto, asociado con el signo del café. No obstante, habría que indicar que la hostelería no siempre fue tan próspera como era en ese momento.

Muydiferente realidad habían visto los viajeros europeos que llegaron de paso por Costa Rica hacia mediados del siglo XIX.  Así, el escocés Robert Glasgow Dunlop señalaba en 1844: “Se calcula que San José tiene 20.000 almas, cifra a mi parecer un poco inferior a la verdadera. Tan solo hay en ella una iglesia y ningún edificio digno de notar”.

Diez años después, Wilhelm Marr, peregrino alemán, parecía ratificar la impresión anterior: “En el Hotel de Costa Rica, situado en la calle de Cartago (las calles tienen aquí nombres), edificio de un solo piso y sin apariencia, encontramos el remedio para los quebrantos que nos causaron el viaje y nuestras deplorables mulas, dignas de lástima”.

Finalmente, el irlandés Thomas Francis Meagher indicaba en 1857 que el sitio donde se había hospedado en Cartago “era un compendio de la ciudad: incómodo, ventoso, primitivo y arruinado”. Añadió que, en el caso josefino, ningún otro edificio como los de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced y el templo de Nuestra Señora del Carmen “podría tener un aspecto más modesto, más tristemente casto ni más humilde”.

Entonces, los migrantes europeos debían hospedarse en discretos y precarios establecimientos de un solo piso. Como se observa, no resultaba precisamente halagador el panorama que en materia de infraestructura urbana gozaban la capital y sus alrededores a mediados del siglo XIX.

Sin embargo, el fortalecimiento de una economía agroexportadora pronto introduciría nuevos hábitos de consumo en el país; además, ocasionaría cambios significativos en el panorama arquitectónico y en la hotelería de la capital.

Un aviso aparecido en el periódico El Heraldo (08/03/1891) daba a conocer al público la novedad de que había baños de tinas en El Gran Hotel, propiedad de Mangel, Volio y Cía.: “Los empresarios, deseosos de complacer en lo posible á su numerosa clientela, no omiten gasto alguno. Ahora tienen dispuestos en segundo piso, con toda la comodidad y pulcritud posibles, baños de tinas y aspersión calientes y fríos; baños ajustados á los últimos modelos de Europa y Estados Unidos de América”.

Negocios como el Hotel de Europa y El Gran Hotel ofrecían servicios modernos y novedosos, y ocupaban edificaciones de dos plantas. Estos lugares causaban reformas en el paisaje urbano del centro del país: algo que habría sorprendido a los viajeros europeos de mediados del siglo XIX.

Establecimientos como La Iberia Gran Hotel (El Heraldo, 19/06/1891), a cargo de Anita Parés de Rodó, y el Hotel Español (La República, 26/06/1892) comunicaban la preparación de comidas extraordinarias y “banquetes de todo lujo” de la cocina española, como el bacalao a la vizcaína.

Otros lugares, como El Hotel Valencia, promovían la venta de comidas bien condimentadas y, en días especiales, la elaboración de arroz a la valenciana, mondongo a la andaluza con bacalao, y bacalao con alioli (ajos machacados con aceite) (La Prensa Libre, 04/09/1892).

Dentro de la oferta culinaria, no faltaba la cocina francesa del Hotel Internacional, propiedad de C. Giuliani (La Prensa Libre, 20/10/1891); del Hotel Estrella del Norte y del Hotel Roma (El Heraldo, 28/02/1891).

Sin duda, el deseo de reproducir patrones de consumo europeo y de los Estados Unidos era un elemento predominante en la oferta hotelera que se instaló en la capital costarricense a fines del siglo XIX.

Los nuevos hoteles brindaban multiplicidad de opciones de comida, así como cuartos pulcros, habitaciones con balcones a las calles, agua caliente, hielo, ejemplares de la prensa local y extranjera, y otros beneficios que aseguraban una estadía placentera en la principal ciudad del país.

Rasgos de esta naturaleza fueron síntomas de importantes cambios que experimentaba la sociedad costarricense; en suma, anticipos del advenimiento del nuevo siglo.