Viajeros en Semana Mayor

Rafael A. Méndez Alfaro

Coordinador del Programa de Estudios Generales

Existen un conjunto de relatos, escritos por filántropos británicos, que dejan una clara impresión de la forma que se celebraba la Semana Mayor en el siglo XIX costarricense. La cita que se ofrece a continuación, es un buen ejemplo de lo antes dicho: “Dentro del sepulcro transparente había sábanas del lino más fino, blancas como la nieve y salpicadas de rosas, una cara que manaba sangre, una corona de espinas y la silueta de una imagen yacente. Esta imagen era la del Crucificado del Calvario. A su paso no hablaba nadie, no se oía murmullo, y lo único que turbaba la paz de San José en aquel momento solemne, era el balanceo y la música de la banda militar precediendo a las tropas que cerraban la procesión”.

Con estas palabras, Tomas Francis Meagher, viajero irlandés de paso por Costa Rica, plasmaba sus impresiones de algunos de los rituales más reverenciados por los ciudadanos citadinos del denominado Valle de San José, hacia 1858.

Los relatos de viajantes, sumado a la información que proporcionan los periódicos de la época, constituyen, hoy en día, fuentes esenciales para recuperar imágenes que recrean costumbres y tradiciones de naturaleza religiosa asociadas con las festividades de la Semana Mayor durante el siglo XIX.

Un rasgo por destacar guarda estrecha relación con la importancia que tenía la herencia familiar en estos asuntos.En cuanto al credo religioso, el peso del legado colonial parecía entronizarse en la sociedad de entonces. Así lo dejaba ver Anthony Trallope, viajero inglés, cuando en 1859 escribía lo siguiente sobre los pobladores del país: “Todos son católicos romanos y es lo más probable que lo sean sin excepción. Sus padres y madres lo fueron antes que ellos y esto es de cajón”.

Dentro de las festividades de la Semana Mayor, el Viernes Santo constituía el día de más solemnidad. Según Trallope “Ese día toda la ciudad estuvo siguiendo procesiones desde por la mañana –es decir, desde las cuatro de la madrugada- hasta por la noche –esto es, dos horas después de la puesta del sol-. Tenían tres imágenes, o mejor dicho, tres personajes –porque  dos de ellos aparecieron en mas de una guisa o forma- de tamaño mayor que el natural: Nuestro Redentor, la Virgen y San Juan”.

Las imágenes de madera coloreada eran cargadas en hombros en distintas direcciones de la ciudad capital. Después de salir de la Catedral por la mañana, “se les permitía descansar por la noche”, de acuerdo con el mordaz lenguaje del visitante inglés.

Las procesiones, que reunían a todos, sin distingo social, preservaban  un sello femenino. Una invitación firmada por El Mayordomo de la Iglesia Catedral y publicada en el Diario La República el 25 de marzo de 1891, hacía notar la importancia que las mujeres tenían en las concurridas caminatas. El anuncio del citado periódico indicaba: “El viernes Santo después del sermón de las 4 p.m. saldrá la procesión del Santo Entierro y Soledad de María. Se suplica al público en general y á las señoras en particular, se dignen acompañar á su templo á la Virgen de Soledad; á las 7 y media p.m., habrá rosario y sermón; el sábado estará la Virgen en adoración y rosario y sermón á las 5 de la tarde”.

El llamado oficial de la iglesia Católica deja ver cierta “feminización” de actividades vinculadas con los ritos de fe.

Por otra parte, llama la atención la forma en que se enfocaba y celebraba a la figura de Judas.Tomas Meagher llegó a describir con precisión la tradicional quema de quien ostentaba la cuestionable reputación de traidor de Jesús. “El gorro, las botas, la camiseta, todo estaba relleno de buscapiés, carretillas y triquitraques, y dentro de los calzones había una bomba del más duro cartón, repleta de combustibles. ¡Aquella era efigie de Judas Iscariote!”

La ceremonia donde se sacrificaba al traidor incluía la participación de un militar, el toque de una corneta y el uso de una larga caña en cuya punta había un poco de estopa  encendida con la que se tocaba una extremidad del Judas instalado en una elevada horca. El acto previo a la quema se encontraba revestido de un profundo carácter ceremonial.

A partir de ese momento, los cohetes, la bomba, el olor a azufre y las llamas humeantes salían disparadas en diferentes direcciones, desde el maltrecho Judas. Según Meagher todo eso ocurría en menos de tres minutos. En ese tiempo, se vivía todo un espectáculo que incluía “redoble de los tambores, de los alaridos agudísimos en los muchachos, del canto de los gallos, de los ladridos de los perros, de las risitas entre dientes de las modestas señoritas y señoras, de la cháchara de los loros, de una granizada de piedras y de las griterías, maldiciones y regocijo estrepitoso de militares y paisanos, clérigos, indigentes y patricios”.

La quema del Judas era para entonces una legítima expresión de folclore popular alrededor de una actividad de orden religioso.

Con el transcurrir del tiempo y a pesar que estas tradiciones conservaron intacto su espíritu, el advenimiento del fin de siglo trajo consigo algunas variantes relacionadas con el tema del consumo en materia religiosa, en particular de grupos sociales aglutinados alrededor de nuevas y lucrativas actividades comerciales que emergieron en el país.

Como evidencia de lo antes dicho, en el Diario La República del 20 de marzo de 1889 podía leerse lo siguiente: “PARA SEMANA SANTA. Un gran surtido de sombreros de pita muy finos, legítimos de Jipijapa, acaban de llegar á  la tienda de José Esquivel”. En este caso, la cercanía de las celebraciones de los días sagrados, constituía una oportunidad de lucir atuendos de moda y acordes con la solemnidad que ameritaba el caso.

El mismo periódico del 07 de febrero de 1891 anunciaba: “PARA SEMANA SANTA. Acabamos de recibir el mejor surtido en géneros de lana y seda negros, puntos y encajes de algodón y seda blancos, negros y de colores. . . . Además de la variedad de ropa interior para caballeros, que siempre hemos tenido, podemos ofrecer otras en algodón, hilo de Escocia, lana y seda y una gran cantidad de camisas, cuellos y puños de formas nuevas y elegantes”.

Avisos de este carácter permiten percibir cómo el arribo del capitalismo inevitablemente comenzaba a incidir en la proliferación de nuevos patrones de consumo de ciertos sectores de la sociedad costarricense.

Otros anuncios de periódicos parecen sugerir que la religiosidad popular se mantenía intacta hacia fines del siglo XIX, a pesar de los evidentes cambios que en materia secular se estaban experimentando. Un aviso firmado por Minor C. Keith evidencia el peso que la tradición mantenía en asuntos religiosos: “Ferrocarril de Costa Rica. División Central. Semana Santa. Como de costumbre el Jueves y el Viernes Santo NO CORRERÁN los trenes en esta División”.

Entre tradiciones heredadas de la Colonia y otras inventadas con el alba del capitalismo costarricense, las actividades desarrolladas durante la Semana Mayor revelaban  la naturaleza religiosa de parroquianos y citadinos insertos en el memorable siglo XIX.