Necrologías y subastas (Historiando Costa Rica)

Rafael A. Méndez Alfaro
Coordinador del Programa de Estudios Generales

Mentor CR 8 11 1845. NecrologíasHacia mediados del siglo XIX, el deceso de un clérigo se destacaba con notoriedad en la prensa escrita costarricense.
Para la década de 1840, era habitual que la muerte de un presbítero tuviera repercusiones en distintos ámbitos de la vida nacional. Uno de ellos era la prensa escrita. Desde los primeros periódicos fundados en Costa Rica es posible observar cómo el deceso de un miembro de la clerecía recibía una “amplia cobertura” en una sección de aparición irregular denominada “Necrología”.

En ella, el editor del periódico se prodigaba en ofrecer todo un conjunto de bondades que caracterizaron en vida al personaje que abandonaba el paraíso terrenal y que se disponía a ingresar en el incierto mundo del “más allá”.

Es relativamente natural que los sacerdotes de la época recibieran un trato privilegiado si se considera que, para entonces, constituían un selecto grupo de poder económico y político en el país.

No solo eran de los pocos individuos preparados en Universidades de la región centroamericana, o bien, en seminarios -elemento que los situaba sobre la mayoría de la población local, ajena a este tipo de oportunidades-, sino que resultaba usual que disfrutasen de un estilo de vida un tanto holgado.

Dado que es hasta mediados de la década de 1840 que el gobierno de Costa Rica toma la decisión de convertir la vieja Casa de Enseñanza de Santo Tomás, de orígenes coloniales, en la Universidad de Santo Tomás, no es de extrañar que algunos de los espíritus más cultos procedieran del mundo eclesial.

Tal es el caso, por ejemplo, del Dr. Isidro Menéndez, clérigo salvadoreño de amplia formación académica, quien fue recibido por Braulio Carrillo en 1840, cuando Francisco Morazán, el caudillo unionista hondureño, atracó temporalmente en el Pacífico costarricense. Menéndez se constituyó en una pieza clave en el famoso proceso compilador de leyes que dio como resultado el establecimiento del conocido “Código General de Carrillo”.

Mentor CR 21 09 1844. Necrologías 2Si bien es cierto los curas locales no obtuvieron la notoriedad de Menéndez, ampliamente reconocida en suelo salvadoreño, sí llegaron a ocupar puestos destacados en la función pública, en particular en el poder legislativo. Este protagonismo sumado al prestigio que la herencia colonial les otorgaba a los embajadores de Dios en la Tierra, explican en buena medida, el porqué la prensa escrita tendía a destacar la vida y obra de eclesiásticos en las necrologías, como hallazgos que el resto de la población debía conocer y compartir.

Una revisión minuciosa del periódico Mentor Costarricense para el lapso 1842-1846, ofrece información interesante sobre la muerte de algunos miembros de la clerecía católica de la época. El citado medio escrito del 21 de setiembre de 1844, en su número 67 mostraba una amplia columna titulada “Necrología”. En ella señalaba lo siguiente: “A las doce del 16 del corriente desapareció de entre nosotros el Sr. Presbítero José Francisco Peralta, á consecuencia de la estropeada que le diera un caballo el once del mismo. El Estado y mui particularmente Cartago, han perdido uno de sus primeros hijos: un sacerdote de capacidades i virtudes no comunes: un ciudadano consagrado al bien de sus semejantes, un patriota...”.

Otro número del Mentor Costarricense, esta vez del 8 de noviembre de 1845, lamentaba la defunción de otro sacerdote. “Á las cinco de la tarde del 28 de octubre último ha muerto de edad de cincuenta y cinco años tres meses el Presbítero Joaquín Garcia, natural i vecino de la Ciudad de Cartago, con cuyo infausto suceso deplora Costa-rica la pérdida de uno de sus mas ilustrados i virtuosos eclesiásticos”.

En este último caso, el periódico oficial dilapidó espacio y elogios para destacar la cultura que poseía el mencionado sacerdote. “Casi no hai un ramo de la literatura en que no tubiese nociones, pudiendo asegurarse que sus conocimientos en filosofía, teología i ambos derechos, lo nibelaban con los mas acreditados profesores de estas ciencias”.

Una noticia del mismo periódico del 14 de febrero de 1846 daba a conocer la muerte del Arzobispo de Guatemala el Dr. Ramón Casaus y Torres. Resultado de este fallecimiento en Costa Rica “el Venerable Cabildo eclesiástico lo hizo anunciar al público con un doble general de campanas, que se repetirá por nueve dias en todas las iglesias á las 12 i al caer el sol, conforme el ceremonial de tales casos”.

Cabe destacar que durante el período 1842-1846 solo aparece una necrología en el Mentor Costarricense correspondiente a un civil. Es el caso de un ciudadano llamado Manuel Fernandez, hijo político del Dr. José María Castro Madriz, a quien el periódico del 14 de junio de 1845 califica como “un buen esposo, un padre tierno, un ciudadano dignamente acreditado, un hombre respetuoso i amable a un mismo tiempo”. En este caso, la investidura de Castro Madriz explica el porqué la prensa escrita destacó la defunción de un ciudadano de escasa trascendencia.

La muerte de clérigos en el país traía consigo el remate de su patrimonio. De este tipo de acciones proporcionaba detalles la prensa de la época. En diciembre de 1845, los números 18 y 19 del tomo 2 del Mentor Costarricense anunciaban la subasta de bienes de un sacerdote fallecido.

El 16 de diciembre de ese año el citado medio escrito señalaba que “Dentro de nueve dias se rematará en el mejor postor, la casa que fue últimamente del finado Presbítero Vicente Castro. En los carteles que se fijarán en las esquinas se señalará el dia i la hora del remate”.

El 8 de agosto de 1846, en una columna llamada “AVISOS”, el periódico oficial promocionaba el remate de las posesiones de otro clérigo fallecido. El aviso rezaba lo siguiente: “El lunes 17 del corriente á las doce del dia, se subastarán por el que suscribe los bienes pertenecientes á la mortual del finado Presbítero José Antonio Castro”.
Dentro de los bienes sujetos a remate destacaban una casa valorada en la suma nada despreciable de 1374 pesos, un potrero de unos 812 pesos, así como piezas de ropa, trastes de casa, vestuarios de eclesiástico y libros, la mayor parte de ellos de religión.

Llama la atención que el anuncio suscrito por el conocido personaje Felipe Molina, lo hace en condición de “apoderado de sus herederos”. Es decir, las ganancias derivadas de las ventas del patrimonio de sacerdote fallecido no iban a parar de forma directa al tesoro particular de la Iglesia Católica, sino que eran distribuidos entre el intermediario y los beneficiarios del difunto. La publicación no aclara o especifica la naturaleza de dichos “herederos”.

Hay que dejar claro, eso sí, que respecto de los anuncios de subastas públicas, la participación de la población civil fue ostensiblemente mayor que con las necrologías.
Los casos citados donde se divulgan en la prensa escrita necrologías y remate de bienes de sacerdotes difuntos, son solo una pequeña evidencia del protagonismo que la clerecía preservaba en la sociedad costarricense de mediados del siglo XIX.