
Aunque muchos piensan que las ciudades están desconectadas de la naturaleza, un estudio realizado por Zaidett Barrientos Llosa y Julián Monge-Nájera, del Laboratorio de Ecología Urbana de la UNED, revela que esta idea es equivocada. Las ciudades, lejos de ser espacios artificiales y hostiles, son ecosistemas vivos, con sus propias dinámicas, especies y flujos de energía.
Los autores explican que las urbes tienen componentes abióticos (como el sol, la lluvia y el viento) y bióticos (plantas, animales y humanos), todos interconectados. Lo que las hace únicas es que el ser humano domina estos flujos, alterando los ciclos naturales. Por ejemplo, el uso de combustibles fósiles y la impermeabilización del suelo modifican la temperatura, el ciclo del agua y la calidad del aire.
Además, la estructura urbana —con sus calles, edificios y zonas verdes— crea un “mosaico ecológico” que favorece a algunas especies y excluye a otras. Mientras que perros y gatos son comunes, muchas especies nativas desaparecen por falta de hábitat o por ser consideradas “molestas”. Incluso nuestras decisiones culturales influyen: las arañas, por ejemplo, son rechazadas pese a que ayudan a controlar plagas.
Pero no todo es negativo. Estos investigadores destacan que las ciudades pueden ser refugios de biodiversidad, especialmente en sus bordes y zonas verdes. Proponen sustituir el concepto tradicional de “parques” por el de “bosques urbanos” conectados por corredores biológicos, lo que permitiría una convivencia más armónica entre humanos y naturaleza.
El estudio también aborda dos factores culturales que agravan los problemas ecológicos urbanos: el consumismo y el odio. El primero lleva a un uso excesivo de recursos y generación de residuos; el segundo, a la exclusión de grupos humanos y especies, lo que se traduce en desigualdad social y pérdida de biodiversidad. Ejemplos extremos incluyen la tala de árboles en Uzbekistán y Reino Unido por razones políticas y morales disfrazadas de salud vegetal.
Para enfrentar estos desafíos, los autores proponen cinco estrategias clave:
- Regulaciones impuestas: leyes y normas que protejan el ambiente.
- Regulaciones voluntarias: iniciativas como la Bandera Azul Ecológica o las ecoetiquetas.
- Educación ambiental y convencimiento: para cambiar hábitos y valores.
- Investigación interdisciplinaria: que integre saberes de múltiples áreas.
- Acción individual y colectiva: cada persona tiene un papel en la mejora del entorno.
Este estudio nos invita a repensar la ciudad como un ecosistema vivo, donde nuestras decisiones cotidianas pueden marcar la diferencia entre la destrucción y la regeneración. La clave está en reconocer nuestra responsabilidad como especie dominante y actuar con conciencia ecológica.
Referencia:
Barrientos, Z., & Monge-Nájera, J. (2011). Ecología de ciudad: lo que todos debemos saber sobre los ecosistemas urbanos. Biocenosis, 25(1-2), 20-26. https://tinyurl.com/224c568u

