
Un grupo de investigadores costarricenses descubrió que un sencillo taller de educación ambiental puede transformar la manera en que los niños de primaria cuidan el planeta… aunque no necesariamente cambie lo que dicen pensar sobre el ambiente.
En Costa Rica, como en muchos países, las escuelas rurales enfrentan desafíos para promover prácticas sostenibles. A pesar de que muchos estudiantes expresan actitudes positivas hacia el ambiente, esto no siempre se traduce en acciones reales. Los investigadores del Laboratorio de Ecología Urbana de la Universidad Estatal a Distancia de Costa Rica querían saber: ¿Puede un taller práctico mejorar tanto la actitud como el comportamiento ambiental de los niños? ¿Y coinciden ambas cosas?
¿Qué hicieron los científicos?
El estudio se realizó en dos escuelas rurales de Puriscal.
- 45 estudiantes participaron en un taller de educación ambiental durante tres meses.
- 25 estudiantes de otra escuela funcionaron como grupo control y no recibieron el taller.
- Se aplicó un cuestionario tipo Likert de 30 ítems para medir la actitud ambiental declarada.
- Para medir el comportamiento real, se instalaron estaciones de reciclaje y se contó cuántos residuos eran clasificados correctamente antes y después del taller. El taller combinó actividades prácticas, juegos, análisis de casos reales y ejercicios de “aprender haciendo”, todo centrado en la correcta gestión de residuos.
¿Qué encontraron?
1. La actitud ambiental declarada… bajó
Sorprendentemente, tras el taller, los estudiantes indicaron actitudes menos positivas en el cuestionario. Los investigadores sugieren que esto no significa que hayan empeorado, sino que, al aprender más, los niños se volvieron más críticos y honestos con respecto a sus propias prácticas.
2. El comportamiento ambiental… mejoró notablemente
En la práctica, la separación correcta de residuos aumentó significativamente, especialmente en categorías difíciles como plástico, tetrapack/aluminio y residuos no reciclables.
Los estudiantes no solo actuaron mejor, sino que comenzaron a buscar códigos de reciclaje (#1 PET o #2 HDPE) antes de desechar materiales.
3. Actitud y comportamiento no siempre coinciden
Aunque los niños actuaron de manera más responsable, su actitud declarada no mejoró al mismo ritmo. Esto confirma algo que otras investigaciones han mostrado:
lo que los niños dicen pensar sobre el ambiente no siempre predice cómo actúan en la vida real.
¿Por qué es importante este estudio?
Este trabajo demuestra que los talleres prácticos y vivenciales pueden ser herramientas poderosas para promover conductas responsables con el ambiente, incluso si no generan cambios inmediatos en la actitud declarada.
En un contexto como Costa Rica, donde la conservación y la gestión de residuos son prioridades nacionales, este tipo de estrategias puede fortalecer la educación ambiental desde sus cimientos: el día a día de los estudiantes y sus acciones concretas.
En síntesis: el taller logró lo más difícil: modificar comportamientos reales. Y aunque las actitudes no cambiaron como se esperaba, el aprendizaje crítico y la acción práctica abrieron una puerta esperanzadora hacia hábitos sostenibles duraderos.
Referencia:
Chinchilla, M., Barrientos, Z., & Calderón, K. (2016). El taller de educación ambiental como estrategia didáctica para promover la sostenibilidad de los recursos naturales en estudiantes de escuelas primarias rurales costarricenses. Cuadernos de Investigación UNED, 8(2), 157-161.

