Alquilando viviendas

Rafael A. Méndez Alfaro

Coordinador Programa de Humanidades

Boletín OficialEn la prensa escrita josefina de fines del siglo XIX, proliferan los anuncios de rentas de casas y de habitaciones individuales. El que a continuación se presenta es un buen ejemplo de lo antes dicho: “IMPORTANTE. Se alquila una casa de construcción moderna, situada en el Chile, a 300 varas de la Soledad. Tiene todas las comodidades apetecibles para una familia numerosa y un espacioso solar propio para huerta”.

La nota que precede estas líneas, publicada en el periódico capitalino El Heraldo de Costa Rica (22/09/1898), muestra ciertos rasgos de la sociedad josefina finisecular, esa que Rubén Darío calificó, en ese mismo tiempo, como “una de las más europeizadas y norteamericanizadas” de la región centroamericana.

El anuncio deja ver un rasgo sintomático del crecimiento urbano de la principal ciudad del país, como es la presencia significativa de oferta habitacional. Ligado a lo anterior, sugiere la coexistencia de elementos típicamente rurales como es la diseminación de núcleos familiares compuestos por muchos miembros: “familia numerosa” y la disponibilidad de espacios agrarios destinados al cultivo hortícola para el consumo doméstico.

En este contexto, el análisis del tema del alquiler de viviendas permite una aproximación a las formas de vida que desarrollaron muchos costarricenses de la época.

Los diversos anuncios de prensa donde se ofrecen viviendas en alquiler, destacan un conjunto de ventajas. La primera de ellas guarda relación con la ubicación del inmueble. En tanto sea céntrica, por ejemplo, en los alrededores de Iglesia La Merced, Escuela Normal o el Teatro Nacional, o bien, próxima a las residencias de individuos conocidos en el medio local como Tomás Soley, Andrés Venegas o Félix Arcadio Montero, como suele anunciarse, los alquileres tienden a ser mayores.

Si las viviendas se arrendaban “con agua adentro”; esto es, con el servicio de agua potable de cañería, eran espaciosas, con solar y eventualmente amuebladas, se encarecía su alquiler. Algunos avisos llaman la atención por las condiciones en las que se ofertaban: “Por $30-00 mensuales alquilo una bonita casa compuesta de sala, tres dormitorios, comedor, excusado y un corredor para leña, situada en la Avenida 11 Oeste, número 279, frente a don Hermenegildo Fuentes”. (El Heraldo, 26/05/1893) En este caso, el dueño de la vivienda dejaba de manifiesto y sin reserva de ninguna naturaleza, las características del inmueble objeto de alquiler.

La oferta creciente de viviendas para renta en la ciudad capital y sus alrededores, resulta un claro indicador de un doble fenómeno experimentado por el país en materia poblacional. En primer lugar, revela la significativa expansión demográfica sostenida por el país en el siglo XIX, que llegó a 250 mil personas en el Censo de 1892, con 80% morando en el denominado valle central. Habría que indicar que para inicios de 1800 el total de población rondaba las 52 mil personas. En segundo lugar, pone de manifiesto la gran densidad demográfica de la ciudad capital que concentraba cerca de 40% del total de habitantes del interior del país, de los cuales unos 12 mil eran de origen extranjero, primordialmente europeo. Evidentemente, esta importante concentración poblacional traía consigo la demanda de servicios de arrendamiento de espacios, ya sea de carácter residencial o para fines comerciales.

Los costos del alquiler de viviendas y habitaciones estaban sujetos al tamaño, la ubicación y las condiciones estructurales del inmueble. Casas grandes para “familias numerosas”, situadas en la ciudad capital, se ofrecían por 75 pesos; en tanto, residencias de similares condiciones, frente a la calle real en el centro de Cartago, se rentaban por 50 pesos. Esto constituye un indicio claro que la plusvalía de las propiedades era, desde entonces, mayor en la ciudad capital que en las cabeceras de provincia del valle central.

Otras viviendas se publicitaron para alquiler de “familias regulares”; esto es, núcleos con una cantidad menor de integrantes. Los precios oscilaban entre 40 y 60 pesos en San José y entre 30 y 50 pesos en las poblaciones de sus alrededores. Un ejemplo de lo expresado se anota a continuación: “Por $40 alquilo casa para una regular familia”. (La República, 07/07/1887)

Dentro del renglón de los precios también se destacaba el alquiler de “piezas”. En este particular el costo más frecuente de encontrar es de 6 pesos, en habitaciones individuales situadas en el corazón de San José. La condición habitual de estos alquileres era que tuvieran puertas de acceso directo a la calle y fuesen espaciosas.

Es común encontrar hogares capitalinos que alquilaban algún cuarto de sus residencias a extranjeros establecidos en el país, con el propósito de que estos se hospedaran y a la vez impartieran clases de inglés, contabilidad, piano y otras profesiones a hijos (as) de familias criollas con cierto poder adquisitivo. Con prácticas de esta naturaleza, se obtenían ingresos adicionales para hacer frente a las demandas cotidianas y los extranjeros hallaban una opción de hospedaje de menor costo que la contratación de una habitación de hotel.

Por otra parte, también es posible encontrar alquileres destinados al tema del comercio: “Se alquilan dos piezas de los bajos de mi casa; están contiguos y una de ellas es esquinera. Son propias para establecer negocios de pulpería, lavandería de sombreros o cualquier clase de taller de industria. Se hallan situadas a cien varas al sur del Teatro”. (La Gaceta. Diario Oficial, 24/01/1885)

El anuncio anterior muestra un uso adicional de ciertas viviendas y habitaciones localizadas en la capital. La proximidad de los domicilios a las iglesias, instituciones de gobierno y teatros del centro de San José, deja ver una ciudad de predominio residencial, dispuesta a la promoción de alquileres que privilegian el sector servicios.

Uno tras otro, los anuncios de prensa que buscan moradores para residir en casas y habitaciones, se combinan con avisos que rentan espacios destinados a casas de huéspedes, restaurantes y tiendas de abarrotes. San José, desde ese punto de vista, se convierte en una urbe en ascenso, llena del colorido rural evocado en los poemas costumbristas de Magón; plena de habitantes foráneos y criollos, que migran en busca de oportunidades y de “progreso” y coqueta ante el guiño del capitalismo que no tardó en asentarse en sus lares…