Peleas de gallos en la Costa Rica del siglo XIX

Rafael A. Méndez Alfaro
Coordinador Programa de Estudios Generales

La Gaceta 31 10 1863En la Costa Rica del siglo XIX, las galleras constituyeron un espacio público y legal de convivencia. A decir verdad, las peleas de gallos son un espectáculo público de orígenes muy antiguos. En China se tienen registros de estos juegos de hace más de 2500 años. Petronio, célebre escritor romano, mencionó torneos que se efectuaban en las diversas provincias del imperio hacia el siglo I de nuestra era.

A su vez, en su Historia general y natural de las Indias, el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo describe el ingreso de gallos de pelea, traídos por conquistadores ibéricos a tierras americanas a partir del siglo XVI.

Como resultado de la presencia española en nuestro continente, las peleas de gallos se constituyeron en una práctica cotidiana durante el largo período colonial, que en Centroamérica terminó oficialmente en 1821.

Así pues, los espectáculos desarrollados en las galleras durante el siglo XIX en Costa Rica fueron un legado colonial directo de las manifestaciones populares.

Las peleas entre plumíferos eran un asunto aceptado y normado en forma explícita en Costa Rica desde inicios de la Colonia. Esto se desprende de la revisión de la prensa. Tal es el caso del Boletín Oficial, periódico cuyo número 51, del 12 de diciembre de 1854, anunciaba: “No habiendo tenido efecto ayer, el remate de derecho de GALLERA, por ser día de fiesta, se señala de nuevo con aquel fin el sábado inmediato 16 del corriente, en cuyo día a las doce de la mañana se hará remate en la Sala Municipal y por la base de quinientos pesos”.

Aquel anuncio evidencia que existía una costumbre institucionalizada en torno a las peleas de gallos en la capital. Se ofrece la impresión de que, al ser esta una actividad regulada por el gobierno, la adjudicación del remate implicaba el privilegio de tener la exclusividad de la explotación del negocio, al menos en la ciudad capital.

La Gaceta 18 08 1883Un año después, el Boletín Oficial del 1º de diciembre de 1855 anunciaba un nuevo remate: “Estando al concluirse el término por que se remató de derecho de la Gallera de esta ciudad, se avisa de nuevo a las personas que quieran arrendar por un año aquel establecimiento: que el día 14 del próximo diciembre, tendrá lugar en la oficina de Gobernación, no admitiéndose propuesta que baje de seiscientos pesos fijados por la ley”.

Ese comunicado muestra detalles interesantes. En primer lugar, se adjudicaba durante un año el derecho de explotación de la gallera en la capital; además, se subía 20% en costo del remate, alza que sugiere una apreciable rentabilidad.

La prensa también mostraba otra faceta del negocio de las peleas de gallos: la venta de animales. El Boletín Oficial del 13 de octubre de 1855 destacaba: “40 GALLOS MUY FINOS, la mitad servible para pelear ya, la otra mitad entre dos meses –se venden en la hacienda Tacares cerca de Alajuela. El que quiera comprarlos sea en junta ó al menudeo véase con el dueño en la dicha hacienda”.

Un comunicado interesante en otro órgano escrito mostraba la venta de dichos animales y de accesorios necesarios para peleas. Al respecto, La Gaceta (nº. 258, del 10 de diciembre de 1885) subrayaba lo siguiente: “A LOS AFICIONADOS A LOS GALLOS. Gerardo Vargas tiene 16 gallos entre ellos 6 de picada, selectos. Tiene también navajas experimentadas, que puede vender, ambas cosas a módico precio”.

De lo expresado se deriva que la crianza y la venta de gallos para juegos de pelea constituían una actividad lucrativa nada despreciable.

En la mayoría de los enfrentamientos, el gallo derrotado perdía la vida, y, en otros tantos, el vencedor terminaba hiriéndose de forma accidental con las filosas navajas adheridas a sus patas. En consecuencia, resultaba indispensable tener animales de reserva para las justas que debían librarse.

Wilhem Marr, viajero germano que pasó por Costa Rica en 1853, dejó interesantes impresiones en un texto llamado Viaje a Centroamérica, publicado en Alemania en 1863.

Sobre los juegos de gallos, Marr afirmó que “los adversarios toman sus puestos de combate y saltan el uno sobre el otro, luchando con picos y espuelas. Como los dos pelean con una navaja atada en la pata, la victoria o la derrota dependen a menudo de la casualidad”.

El viajero europeo también dejó una descripción sobre el ambiente de las galleras: “El local estaba atestado de individuos de todas las clases sociales. Ahí se encontraba un señor de pequeña estatura y cara llena y astuta, vestido de frac negro y pantalones amarillos de casimir. Era el jefe de Estado, don Juan Rafael Mora”.

Marr además destacó la presencia de José María Castro Madriz, quien había precedido a Mora en el poder y con el que este conservaba relaciones poco amistosas. Asimismo, el visitante mencionó que asiduo a las galleras y a las apuestas era también José Joaquín Mora, hermano del gobernante y uno de sus hombres de confianza en materia de política.

Marr dejó una severa crítica sobre el vínculo del gobernante con el juego de gallos: “El presidente no tiene el menor escrúpulo en apostar sus pesos contra los del último peón. El juego de gallos lo absorbe todo”.

Con un tono sarcástico, Marr añadió: “Es una dicha que los hombres de Costa Rica no sean tan belicosos como sus gallos porque, si no, el equilibrio político del mundo podría verse gravemente comprometido”.

A juzgar por la información que brindaba la prensa, y considerando las opiniones de Marr, las galleras fueron, a mediados del siglo XIX, un escenario de pasiones compartidas por ricos y pobres en la sociedad costarricense… y perfectamente legal.

Terca herencia. Hoy, las peleas de gallos son una contravención. A pesar de ello y por el peso de la tradición, siguen realizándose. Por ejemplo, el 18 de mayo de 2009, la prensa informó del cierre de una gallera en Pedregoso (Pérez Zeledón), donde se incautaron 217 gallos, que fueron sacrificados y cremados.

Además, se decomisaron espuelas, candelas de esperma, peinetas y una romana. Al entrar la Fuerza Pública, en la gallera había más de 200 personas (incluidos unos 20 menores de edad) y se vendían comida y licor. Así pues, un ambiente nada distinto reinaba 150 años después de viejas reseñas de prensa.