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POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 3 DE ENERO DE 2016 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/opinion/foros/secreto-tigre-celtico_0_1534246578.html


Nosotros hacemos una gestión de nuestra paz social como diálogo interesado entre sordos

La paz es un concepto tan emblemáticamente enraizado en nuestra consciencia colectiva que adoramos referirnos a nosotros mismos como la Suiza Centroamericana.

Nada tengo en contra de esa contemplación nacional extática de vivir en un país pacífico y tranquilo. Eso está bien. No tenemos ejército. Vivimos en democracia y alternancia de cantos de sirena, en los que encallamos cada cuatro años.

El vernos como palomas suizas no está mal. Es una imagen positiva, que transmitimos generación tras generación. No es totalmente merecida, es cierto, pero es justa desde el punto de vista aspiracional.

Sin embargo, la paz social tiene en nosotros un deje de pasividad que no llena nuestras necesidades más profundas. Necesitamos algo más activo, como conducta social a la que deberíamos aspirar. Yo invito a adoptar otro paradigma, el del céltico tigre irlandés.

Método nacional. En 1991, Irlanda era uno de los países más pobres de la Unión Europea. Diez años bastaron para ser el segundo productor per cápita, con un crecimiento del 10% por más de 20 años. En el 2000, había reducido su desempleo al más bajo nivel funcional del 4%, casi menos del mínimo necesario para permitir la movilidad laboral y el crecimiento competitivo de las empresas.

Era ya un país más productivo que Alemania. Logró pasar de una lamentable deuda pública del 120% del PIB, en 1991, a un 25% de deuda externa total (pública y privada), en el 2007.

El gobierno central irlandés pasó, en sus 20 años de gloria, de presupuestos deficitarios a ligeramente superavitarios. Eso se conoce como “el milagro irlandés”.

¿A qué santo le pusieron velas los católicos irlandeses? El “santo” de ese milagro se llamó concertación. Y no me refiero a un acuerdo como fragmento aislado de procesos políticos coyunturales. En Irlanda, la concertación fue “método”, asumido nacionalmente como sistema de gobernanza y cotidianamente interiorizado por todos los actores, esencia misma de la “manera irlandesa”.

A ese país se emula cuando se quiere resolver problemas por la vía de la negociación, el diálogo y el compromiso asumido de sacrificios compartidos.

A eso me refiero cuando desearía para mi país el paradigma irlandés. Somos pacíficos, pero empedernidamente confrontativos. Nuestro santo es la desconfianza y nuestra seña el interés particular por encima del colectivo.

Vivimos como sumatoria de intereses particulares donde encalla todo buen propósito. El “¿qué hay para mí?” supera siempre al “¿qué hay para todos?”.

¡Imagínense cada vela buscando sus propios vientos! Así no hay capitán que valga, a no ser repartiendo prebendas.

El milagro irlandés comenzó en 1987 y lleva el emblemático nombre de Acuerdos de Alianza Social (Social Partnership Agreement ). Gobierno, sindicatos, cámaras gremiales, empleadores y, recientemente, hasta organizaciones comunales, territoriales y de voluntariado se comprometieron a ejecutar grandes acuerdos que implicaban también sacrificios, en un abanico que abarcó las grandes problemáticas de cada momento.

Así salió Irlanda de la crisis de los 80, generó empleo en los 90, aumentó la competitividad en el 2000, logró ganarle el pulso a la pobreza y pudo competir con los países nórdicos en términos de equidad y disminución de la desigualdad, en el 2005. Sus últimos Acuerdos de Alianza Social abordaron temas de desarrollo sostenible y equitativo.

Segundo milagro. Si en el 2010 cayó en la crisis económica del euro fue, en parte, probablemente porque su esquema de acuerdos sociales había caído en una monótona repetición de gestos y acumulación inevitable de retórica.

Aunque el Estado era responsable de menos del 5% de la deuda externa del país, su endeudamiento externo privado la hundió en la crisis del euro, como uno de los chanchitos de los renombrados PIGS.

La crisis del euro sacó a Irlanda de la zona de autocomplacencia en la que había caído. Salió de ese estupor haciendo uso de su mejor activo social adquirido: su sistema de diálogo social.

Tuvo que renovar sus mecanismos de concertación y ahora muestra, de nuevo, ese dinamismo pujante que caracterizó su primer milagro. Se habla ya de un segundo.

Por medio del diálogo social se llegó a la esencia misma que explicó su primer milagro: las cosas necesitan ponerse peor, antes de mejorar. Es decir, de una crisis no se sale sin sacrificios, pero estos no pueden ser resultados ciegos de mercado. Necesitan un sentido dirigido.

Irlanda lo hizo con una apuesta tecnológica fomentada por estímulos fiscales (y eso nada menos que durante las vacas flacas de su crisis fiscal).

Como no hay chocolate sin cacao, eso implicó recortes salariales, en primer lugar, en el sector público, altamente sindicalizado, pero también se aceptó un alto a los incrementos salariales en el sector privado.

Esto dio margen a que el Estado pudiera otorgar ahorros fiscales a las nuevas inversiones, con lo que logró remozar su industria, haciendo más competitivo el tejido tecnológico, que se ha convertido en el motor de la economía irlandesa.

Al mismo tiempo, impuso obligaciones nuevas a la inversión extranjera directa, presionando a las multinacionales a radicarse localmente.

Los resultados hablan por sí mismos: el crecimiento económico es, otra vez, el más alto de la Unión Europea. El PIB irlandés creció en el 2014 un 7,7%, igual que China. Sus exportaciones crecen al 8% trimestral. El 65% de las empresas grandes y el 70% de las pymes reportaron crecimiento, resultado de un sistema de gobernanza basado en buscar, alcanzar y ejecutar consensos. Ese es el secreto repetido del tigre céltico.

Nosotros, en cambio, hablamos mucho de consenso, lo buscamos poco, algunas veces lo alcanzamos, pero casi nunca lo implementamos. Nosotros hacemos una gestión de nuestra paz social como diálogo interesado entre sordos.

En la carta al Niñito Dios espero hayan pedido un duendecillo irlandés, de barba roja y delicado trébol sobre su sombrero verde, pero no para ponerlo al otro lado de la acera.

La autora es catedrática de la UNED.