
Brexit, el parto de los montes
Velia Govaere Vicarioli
Observatorio de Comercio Exterior (OCEX-UNED)
El referendo del 23 de junio de 2016 puso a los británicos a decidir algo hasta a ese momento impensable: salir de la Unión Europea, confraternidad de naciones en la que había participado desde 1973 y cuyo mercado único asegura el encadenamiento británico con la producción europea. Su pertenencia vinculaba al Reino Unido con la política comercial negociada en conjunto con sus socios. Los que abogaban por salir querían “independencia” comercial. Los que abogaban por quedarse entendían que solos no obtendrían mejores condiciones comerciales que como socios de Europa. Con una escasa mayoría prevaleció salir. Ese movimiento, conocido ahora como “brexit”, fue, sin duda, la decisión más trascendental de su historia contemporánea.
La consulta popular retrató un Reino Unido dividido en partes casi iguales. El 51,9 % de los británicos eligieron abandonar el proyecto de la Unión Europea (UE), pero un 48,1 % % votaron por quedarse. En esos votos se desdibujaron las líneas partidarias y se mostraron otras brechas: nacionales, territoriales, generacionales y educativas. Aparecieron las asimetrías regionales, las diferencias nacionales, el contraste entre áreas rurales y urbanas, el nivel educativo de los votantes y las brechas generacionales. Todas esas grietas dibujaron el mapa de las disconformidades con el estatus quo existente.
El brexit planteó un dilema democrático para los que querían quedarse. La sabiduría convencional plantea que la ruptura con la UE es una opción aciaga, pero esa votación, por desatinada que haya sido, fue una decisión democráticamente expresada, a pesar de su escaso margen de victoria. Desde entonces, el problema ha sido respetar el veredicto de las urnas, al tiempo que se buscaba una salida con el menor daño posible.
Frente a semejante decisión disruptiva, lo lógico habría sido buscar un rumbo de salida políticamente consensuado. Es lo que podía haberse esperado de la madre de la democracia parlamentaria. No se hizo. Omisión grave, máxime que el resultado de las urnas sorprendió a todos sin posiciones claras. Sin rumbo de negociación, el 29 de marzo del 2017, el gobierno británico solicitó la implementación del artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, que establece dos años para negociar la salida. El futuro revelaría que la discordancia entre opciones era más aguda que entre el simple “salir o quedarse”. Entre todos los nublados, terminó siendo claro que no existen, fuera de la UE, mejores condiciones económicas y comerciales.
El debate de hoy es entre una ruptura abrupta, que asusta porque se queda en el aire, y una ruptura negociada, que el brexit no termina de encontrar. Se tiene consciencia de lo que se juega: recesión, desempleo, devaluación, escape de inversiones, disrupción de cadenas de valor y restricciones a las exportaciones al continente europeo. En breve: el caos.
El resultado de las negociaciones es el Acuerdo de salida que Theresa May concertó con la UE y que viene, desde febrero, demandando ratificación del Parlamento británico. A nadie entusiasma ese Acuerdo y ha sido tres veces rechazado. Su fracaso revela lo que debió haber sido evidente, desde el comienzo: no hay forma de salir de la UE que sea mejor que estar dentro de ella.
El acuerdo May comienza con una Unión Aduanera provisional, compartiendo mercados, sin política comercial propia y sin tener voz ni voto en futuras negociaciones. Durante su vigencia se negociaría algo más definitivo, cuyos rasgos no se perfilan todavía, pero que se parece mucho a… una Unión Aduanera.
Y ese es el dilema: una Unión Aduanera es mucho menos de lo que se tiene ahora. Esa sería la “gloria” del brexit: perder lo que se tenía y no obtener lo que se quería. Por eso, se perfila un nuevo movimiento ciudadano que todos los partidos quieren ignorar: un nuevo referendo, para rectificar el falso curso al que empujaron los demagogos populistas.
Imposibilitados de encontrar, en la fecha prevista para la salida, una ratificación parlamentaria al Acuerdo May y asustados frente a la perspectiva de una salida brusca, ya van dos prórrogas solicitadas. El 31 de octubre del 2019 es la “última” fecha límite. Las elecciones al parlamento europeo sorprendieron a los británicos todavía dentro de la UE y sus partidos se están viendo obligados a presentar candidatos a un parlamento en el que no ejercerán sus curules porque estarán fuera. Esas son las grandes paradojas. A no ser que en la puerta del horno se queme el pan y, al final, decidan simplemente quedarse. El brexit se resume en el viejo dicho latino: Parturient montes, nascetur mus (Del parto de las montañas nació un ratón).
El TINTERO - Mayo 2019 - Pág. 28
Ricardo Monge y John Hewitt se dieron a la tarea de explorar la presencia de la automatización, en Costa Rica, así como a intentar dilucidar algunos de sus primeros impactos. Ambos socializaron sus hallazgos en un taller que tuvo lugar el 13 de febrero, en el Colegio de Ciencias Económicas, en San José.
Los procesos de automatización determinarán, en una gran medida, la competitividad de las empresas, por su impacto en la eficiencia de sus procesos, sus costos de producción y la característica disrupción de sus demandas laborales. No sólo tendrán un impacto en la competitividad de las empresas, sino también en el medio social en el que se inserten, por el impacto diferenciado que tendrá la automatización sobre la oferta y demanda laboral.
En el taller se expuso la importancia de analizar, en Costa Rica, los impactos y la incidencia que los procesos de automatización tendrán en el corto y largo plazo, en el empleo, la competitividad, la educación, en el entrenamiento técnico y, de forma más general, en la producción nacional.
La automatización, terror para algunos, oportunidad para otros, incidirá en todos los segmentos de la población, pero su impacto dependerá, fundamentalmente del grado de competencias, duras y blandas, que los sistemas educativos hayan implementado en los procesos formativos. La automatización aplicada en la producción tiene el potencial de convertirse en el factor más disruptivo de la vida empresarial. Ningún país podrá sustraerse de ella.
Dentro de la “aldea global” en la que están inmersas, las empresas costarricenses se ven sometidas a la necesidad de competir con la productividad y la competitividad de las naciones más desarrolladas. La automatización es precisamente el elemento más revolucionario de la competitividad internacional de las empresas. De ahí que Costa Rica necesita comprender la automatización como una de las grandes corrientes internacionales de la ciencia y la tecnología aplicada a los procesos productivos, que estarán marcando el futuro desarrollo de su entorno productivo y de negocios. De hecho, muchas de las tendencias dominantes de la automatización, en pleno desarrollo en la arena mundial, tienen ya una incipiente presencia local.
La automatización producirá cambios significativos en las habilidades y conocimientos que se demandan y ello influirá notablemente también sobre la oferta laboral, implicando, por una parte, retos a la masa laboral existente y, por otra, nuevas oportunidades para poblaciones con mayores capacidades de adaptación a los cambios tecnológicos.
Encuentre, en este link, la presentación brindada, por Ricardo Monge y John Hewitt. En este PPT compartieron sus hallazgos sobre la presencia e impactos iniciales de la automatización, en Costa Rica.
Para profundizar más sobre este tema, ponemos a su disposición la publicación conjunta, de John Hewitt y Ricardo Monge González, Titulada: “La automatización en el sector de los servicios offshore: Impactos sobre la competitividad y la generación de empleo”. En este link, puede accesar la publicación.
Este Taller culminó con las reflexiones finales, brindadas por Velia Govaere, Coordinadora de OCEX-UNED. Tenemos el gusto de poner a disposición, de los suscriptores de “OCEX informa”, las reflexiones de la Dra. Govaere. (Descargar en este link).

POR VELIA GOVAERE - 27 de Enero 2019
El ‘brexit’ podría significar una frontera entre las dos Irlandas, rompiendo, otra vez, los miles de lazos que entretejen su concordia y amenazando la paz
En aguas agitadas de un imperio en crisis de identidad, el brexit encabritó un potro sin riendas. Frente al precipicio, nadie puede ahora ponerle bridas. Lo sabía Theresa May desde antes de su derrota parlamentaria. Su acuerdo con la Unión Europea (UE) fue repudiado por humillante mayoría. Pero se sabía superviviente del voto de confianza que su rival laborista puso para derrocarla.
A nadie convenció su deplorable acuerdo con la UE, que no era otra cosa que quedar provisionalmente como unión aduanera, mientras se negociaba un acuerdo final. Eso era aceptable. Pero, si al final del período transitorio pactado se salía sin acuerdo, Irlanda del Norte quedaría, sine die, dentro de la égida de la UE.
El Reino Unido es mosaico de naciones que eventualmente se reconocieron en una cultura común
En cualquier otra circunstancia, el voto de censura de Jeremy Corbyn contra May habría triunfado. Si fracasó fue porque nadie quiere ocupar esa silla, en este invierno, la más caliente de Londres. En el caos, quedó el mismo jinete. A May se le exigió un plan B. Tres días después presentó lo mismo. Elocuente confesión de impotencia en el alma dividida de un oximorónico Reino Unido.
Grieta. Generaciones futuras debatirán sobre el instante que fragmentó el alma británica. Pero no fue la pertenencia a la UE. Ese fue solo chivo expiatorio de frustraciones melancólicas de un imperio venido a menos y repositorio de sinsabores por las asimetrías de un desarrollo desigual. Encontrado ese punto para desfogar demagogia, lo demás fue historia.
El simplismo del brexit lo rompió todo. Los partidos primero. Ninguna fuerza política es coherente frente a cada opción. Laboristas por y contra el brexit se enfrentan a conservadores igualmente divididos. Jóvenes cosmopolitas frente a canas agotadas. Periferias se rebelan a las urbes. Nacionalismos locales encuentran formas de identidad rupturista con la nostalgia imperial euroescéptica.
Pretexto o no, el daño está hecho y el alma británica, partida. Esa grieta, debate social, político y cultural en el reino, es mucho más en Irlanda. Ahí puede abrir heridas apenas cicatrizadas. La inquina viene desde lejos.
Dos Irlandas. El Reino Unido es mosaico de naciones que eventualmente se reconocieron en una cultura común. No en Irlanda. En 1534, Enrique VIII rompió con Roma. Los irlandeses siguieron católicos y, como tales, fueron considerados potenciales aliados del enemigo español. Por eso se trató de erradicar el catolicismo en Irlanda. Cromwell llegó a prohibir que los católicos irlandeses pudieran ser propietarios. A finales de 1700, los católicos apenas poseían el 5 % de las tierras de su isla.
Desde 1601, hasta su música tuvo que ser clandestina. También toda expresión cultural propia. Aunque la represión hizo mella, la aplastante mayoría siguió católica. La lucha por una patria propia se expresó en términos confesionales, entre nacionalistas católicos por la independencia y unionistas protestantes, fieles al Reino.
Después de sucesión de luchas y treguas, paulatinamente, la mayoría católica logró la total independencia. En 1948, se fundó la República de Irlanda. Pero antes, en 1921, el alma irlandesa se partió. Los 26 condados más católicos formaron el Estado Libre de Irlanda. En Ulster, los otros 6, de mayoría protestante unionista, preservaron su pertenencia a Gran Bretaña, como Irlanda del Norte.
Los protestantes irlandeses, atrincherados en el Norte, nunca rigieron un territorio confesionalmente homogéneo. Su minoría católica siguió luchando por separarse del Reino Unido. En 1968, comenzaron conflictos armados, de nuevo, en Irlanda del Norte, oponiendo nacionalistas católicos y protestantes. Ese derramamiento de sangre solo pudo terminar en 1998, con los acuerdos del Viernes Santo. Las heridas apenas están sanando.
La República de Irlanda fue siempre europeísta. Cuando el Reino Unido se adhirió al proyecto europeo y abrió sus fronteras, también las dos Irlandas pudieron volver a encontrarse. En ese contexto fue posible la paz. Un Premio Nobel de la Paz fue compartido entre un líder católico y uno protestante que se atrevieron a cruzar la línea de fuego. Desde entonces, un largo período de 20 años de distensión prevalece entre los irlandeses, que se mueven libremente entre las dos Irlandas, trabajan irrestrictamente en una u otra, desarrollan infraestructura, invierten en ambas, entretejidas por cadenas de valor.
Propuesta inaceptable. El brexit podría significar una frontera entre las dos Irlandas, rompiendo, otra vez, los miles de lazos que entretejen su concordia y amenazando la paz. Es un “muro de Berlín” inaceptable para la República de Irlanda y su voto es decisivo, porque la UE necesita unanimidad. Para dar su consentimiento al acuerdo con May, Irlanda puso una cláusula de salvaguardia. Su precondición fue que el Reino Unido se comprometiera a que Irlanda del Norte seguiría en unión aduanera con la UE, bajo su influencia, reglas y estándares, en caso de salida final sin acuerdo negociado.
La República de Irlanda evitaría así un retorno a la división nacional y al recrudecimiento de viejas querellas. Sin embargo, el Reino Unido y los protestantes de Irlanda del norte ven en eso un brutal debilitamiento de sus vínculos. Sería como “ceder” Irlanda del Norte a la “otra” Irlanda y a la UE. Para el Partido Democrático Unionista (DUP), que asegura a May mayoría en el parlamento, eso es inaceptable. También es inadmisible para la clase política inglesa.
Esa es la esencia del acuerdo que llevó May al Parlamento y razón de su descalabro. En su contra votaron 432 diputados, incluyendo 118 de sus propias filas. Solo 202 se plegaron de mala gana a lo que consideraban, a lo sumo, un mal menor. Eso explica por qué en vez de un plan B, Theresa May llegó con una pregunta: ¿Qué otro acuerdo aceptable para la UE (léase República de Irlanda) puede tener mayoría en este Parlamento? Probablemente ninguno. Otro referendo tampoco reconciliará el alma británica rota, pero, al menos, podría sacar al Reino Unido de este entuerto. Irlanda es el nudo gordiano del brexit.
La autora es catedrática de la UNED.

POR VELIA GOVAERE - 10 de Enero 2019
Estamos en vísperas de la presentación del ‘brexit’ al Parlamento y no existe aún una mayoría que lo respalde. ¿Cuál será el desenlace de la novela británica?
Los cielos se nublan. El año comienza con signos de tormenta. Todos los horizontes se ciernen de amenazas. Voces de alarma advierten los peligros de una nueva crisis financiera. Pero si lo financiero es un peligro, lo político lleva esta emergencia a un estado de alarma.
En un mar huracanado, un barco sin brújula enfrenta una tormenta perfecta. Pocas veces la historia ha visto esta confluencia nefasta de crisis económica y agotamiento político.
A diferencia del crac del 2008, el establishment democrático de Occidente sufre espasmos de liderazgos enclenques, remezones de resentimientos de poblaciones olvidadas y estructuras institucionales en desajuste con los avances tecnológicos.
La fantasía que vendieron era mantener la mayoría de los beneficios de la pertenencia, sin sus costos
Todo se conjuga para que las necesidades no tengan alternativas confiables. Amarillo es el color que asume esta dolencia hepática de indefiniciones. Francia puso el tono, pero el Reino Unido será el primer escenario donde los retos enfrentarán las impotencias. Su nombre es brexit.
Las premisas son conocidas. Por escaso margen, en el Reino Unido se impuso, en referendo, la opción de abandonar la Unión Europea. Así se expresó el desafecto de periferias dejadas en abandono por las élites políticas. El mismo escenario se repetiría, después, en otros países. En Estados Unidos, de forma fatal. En Costa Rica, dejando los pelos en la alambrada. Brasil no tuvo esa suerte o ese buen tino.
Cada caso tiene su propia narrativa ideológica, pero su trasfondo sociológico es semejante: votaciones marcadas por fronteras territoriales con desarrollos económicos heterogéneos, vinculados con una globalización políticamente a la deriva.
Resquemores. ¿Cuál fue la narrativa que se impuso entre los británicos para decidir salir de la Unión Europea (UE)? El británico desempleado, de periferias abandonadas o barriadas marginadas, sentía resentimiento por sostener sin beneficio evidente la enorme, costosa y reputadamente ineficiente burocracia de Bruselas.
Por otra parte, la pertenencia a la UE traía conexa una pérdida del control migratorio y nadie está culturalmente menos preparado para una tumultuosa inmigración que las regiones periféricas. Dominó, por tanto, el discurso de recuperar “la soberanía de fronteras y mercados laborales”.
En el imaginario colectivo separatista también se vincularon con la inmigración el agravamiento de debilidades preexistentes en los sistemas de educación, vivienda, seguridad social y salud. La inmigración, además, presiona a la baja los salarios. Ahí se impuso el mensaje separatista.
Pero la opción misma de un referendo fue una decisión intempestiva de un liderazgo desatinado, de imprevisión muy poco inglesa. Nadie creyó lo que hasta las urnas daban por impensable. El primer ministro David Cameron se jugó el destino de su nación en una apuesta improbable. Y perdió.
Había abogado por la permanencia. El brexit le costó el cargo. Pero ahí no terminaron los equívocos. A Theresa May, su sucesora, le tocaría lidiar con la negociación de la salida, habiendo, también ella, votado por la permanencia. ¿Cómo ser líder de algo en lo cual no se cree?
División. Dado el brexit, había que definir en qué condiciones quería quedar el Reino Unido frente a la UE. Pero la élite política británica de ambos partidos ni siquiera se había planteado esa disyuntiva, y quedó indecisa y dividida entre todas las alternativas de salida: ruptura total, unión aduanera, tratado de libre comercio, acuerdo especial de asociación.
Entonces, vino el segundo paso en falso. Para iniciar la negociación de una salida, la UE requiere notificación formal dos años antes. El brexit fue una sorpresa. Nadie en la élite política lo había previsto y no estaban preparados.
El referendo los obligaba a salir, pero no les decía hacia dónde. En ese trance impensado, la clase política pudo y debió haberse tomado un tiempo prudencial para buscar el más amplio consenso posible sobre el futuro estatus deseado frente a la UE antes de notificar la decisión de partida. No lo hizo.
Sin tener claro lo que quería, notificó su decisión de ruptura y comenzaron a correr los tiempos de salida, negociada o no. Pero no existía una propuesta británica de estatus futuro que negociar.
Para los brexistas, los términos del divorcio serían más que favorables. Los británicos tendrían todas las cartas del juego en las negociaciones. La fantasía que vendieron era mantener la mayoría de los beneficios de la pertenencia, sin sus costos. No contaban con un pequeño detalle: Bruselas. Desde Berlín, hasta París, pasando por Roma y Madrid, se abrió camino la consigna de dar un escarmiento para que nadie siguiera ese “mal ejemplo”.
Cuando la propuesta británica al fin llegó, comenzó el calvario. Nada sería como lo pintaron. Después de pocos meses de negociación, ni siquiera en su partido May alcanzó consenso por lo logrado. Inútil volver a Bruselas. Nadie está dispuesto a mejorar lo negociado.
En su versión final, el acuerdo es un período transitorio, como unión aduanera, mientras se negocia un TLC. Entretanto, se quedan, por tiempo indefinido, todos los sistemas, reglamentaciones y estándares de la UE, sin el beneficio de participar en las decisiones. Se asume el costoso pago del divorcio y los costos de la unión aduanera, que tampoco es gratuita. Es decir, si querían beneficios sin costos, ahora tienen costos sin beneficios. ¿Cómo alcanzar mayoría parlamentaria bajo esos términos? Aun así, la disyuntiva de salir sin acuerdo es peor. Y conste que ni siquiera hemos dicho “Irlanda”, de oscuras amenazas, que por su complejidad merecen capítulo aparte.
Estamos en vísperas de la presentación del acuerdo al Parlamento y no existe aún una mayoría que lo respalde. Si el Parlamento no lo ratifica, pasado el 29 de marzo, solo quedarán dos opciones: el desastre de una salida sin acuerdo o… un nuevo referendo.
Yo, personalmente, dudo que exista una mayoría que siga queriendo salir de la UE, sobre todo, después de haber vivido el desconcierto de los nubarrones del brexit.
La autora es catedrática de la UNED.

POR VELIA GOVAERE - 24 de Febrero 2019
El vendaval tecnológico es inevitable y complicará, aún más, el escenario altamente complejo de nuestro laberinto, tan contagiado de progreso como de atraso.
A la combinación viciosa de dualidades agobiantes, está a punto de sumarse el torbellino de la automatización. Esa vorágine nos precipita al futuro. Todos los sistemas laborales se verán afectados por procesos inevitables de mejora en la productividad y disminución de costos. En menos de una generación, el 14 % de los trabajadores del mundo serán desplazados. Países desarrollados, como Estados Unidos, ven en peligro el 47 % del empleo.
De ahí la pertinencia, prematura, pero oportuna, del estudio de John Hewitt y Ricardo Monge, consignado en La Nación del 12 de febrero. Ellos determinaron avances, impactos y desafíos de la automatización en Costa Rica en sectores productivos estratégicos. Campanazo de alerta para un sentido de urgencia ausente en el ADN nacional.
La tortuga nacional no puede quedar impasible frente a la liebre mundial
¿Automatización en Costa Rica? Pues sí. Todavía incipiente, pero real. En nuestros sectores productivos existe todo tipo de automatización, desde la tradicional, como la robótica de procesos, hasta la automatización inteligente. El vendaval tecnológico es inevitable y complicará, aún más, el escenario altamente complejo de nuestro laberinto, tan contagiado de progreso como de atraso.
No es fantasía ni terror de ciencia ficción. Somos una máquina del tiempo. De Puntarenas a Belén se salta del siglo XIX al siglo XXI. Ese es nuestro horizonte productivo, esa nuestra política, esa nuestra vida social: desigualdades y contrastes.
Progreso y miseria. Con un alentador sector productivo de alta tecnología, empresas de dispositivos médicos, circuitos integrados y servicios nos enlazan con cadenas mundiales de valor. ¿Esencial Costa Rica? ¡Ya quisiéramos!
Al otro lado de la acera imaginaria, la cual separa nuestra complacencia de las realidades, el 60 % de la fuerza laboral ni siquiera tiene secundaria completa. Empleos altamente remunerados y estables conviven con el 40 % de trabajadores en condiciones de informalidad. ¿Mipymes? ¡Descarado eufemismo para maquillar la lucha por la subsistencia!
En ese mapa de asimetrías productivas, territoriales y sociales, quedan al desnudo dramáticas desigualdades de ingresos, diferencias de acceso a oportunidades y profundas fisuras educativas. Eso completa nuestra marca país.
Esta sociedad de brutales contrastes no es sana. La coexistencia paralela de progreso y miseria produce complacencia, en unos; frustración, en otros. Ni cómo asombrarnos, en este universo nacional esquizofrénico, que se sufra de una crisis de representación.
Esa grave situación señala nuestra precariedad ante un progreso tecnológico disruptivo, que romperá paradigmas y demandará un esfuerzo inédito en un sistema educativo anquilosado.
En Costa Rica, los procesos de automatización son apenas incipientes. Sus impactos, ni siquiera estadísticamente mesurables. Eso no exime, más bien impone, anticipar los escenarios de arribo de esa revolución que puede anegarnos como sunami si no estamos preparados.
Reentrenamiento necesario. La tortuga nacional no puede quedar impasible frente a la liebre mundial. Nuestras empresas no pueden sustraerse de la arena internacional. Lo que ella dicte determinará nuestro rumbo. La velocidad de los cambios tecnológicos es exponencial y será determinante de nuestra competitividad. Por eso, ese barco no está lejos de nuestras costas.
Lo evidente salta a la vista y asusta. La automatización logra mayor producción utilizando menos empleo humano. Aumentará la competitividad de las empresas, pero amenazando al personal menos capacitado. Ofrecerá empleo a un personal cada vez más calificado y eso ahondará contrastes de oportunidades e ingresos.
Pondrá en condiciones difíciles a empresas menos competitivas que no se adapten, acentuando, todavía más, nuestras dualidades productivas.
Menos evidente, pero posible, un crecimiento económico acentuado por la automatización es susceptible de generar, de forma extraña y caótica, nuevas demandas laborales. Difícil consuelo.
Para enfrentar amenazas predecibles y aprovechar oportunidades menos obvias, la fuerza de trabajo necesitará estar mejor preparada, mientras nuestros sistemas formativos técnicos siguen en pañales.
La automatización viene a ser el caso más emblemático de la “destrucción creativa” de Sombart y Schumpeter. Llevará probablemente hasta el paroxismo la paradoja de un crecimiento económico hermanado con eliminación de empresas, concentración de la producción y aumento del desempleo en segmentos de menor formación educativa, que, en nuestro caso, es enorme.
Incluso demandas laborales exóticas, exigirán mayores y diferenciadas capacidades en nuestros sistemas educativos, lánguidos e inflexibles, rígidos como lo dicta la autoridad suprema de sus jurásicos sindicatos.
Adaptación. La automatización es un auténtico cambio climático en el ambiente de negocios. Necesita que nuestro entorno productivo genere procesos de resiliencia. Debemos aceptar el progreso atendiendo tareas pendientes que hagan menos traumática su introducción.
Lo recomendable, y así lo hacen ver Hewitt y Monge, es no solamente anticipar, sino también abrazar esa nueva realidad. Necesitamos adaptar a ese nuevo escenario nuestro entorno político, educativo, regional y productivo. ¿Tendremos capacidad de adecuar nuestra fuerza laboral a ese cambio con la parsimonia arcaica de nuestras decimonónicas instituciones?
¿Qué es más la automatización: promesa o amenaza? A corto plazo, amenaza; a largo, sin duda, promesa. Ese plazo depende de nuestra capacidad de reacción.
El progreso que se precipita convivirá con nuestro atraso. Estamos “ensandwichados” entre paradigmas. Atrapados entre contrastes. Pienso en los debates hiperuránicos de las pasadas elecciones, que casi nos precipitan en uno de los extremos menos gratos de nuestros contrastes.
Pienso en zonas que siguen abandonadas a su suerte y pueden sorprendernos, en cualquier momento, con un domingo siete confesional o populista. Entre promesas y amenazas, pienso y dudo y, como decía Descartes, primero dudo y luego pienso.
La autora es catedrática de la UNED.
Página 28 de 53