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Boletines-Artículos

VGV doña Katya Luigi copiaEl pasado 19 de abril, en el salón de conferencias de Luigi Sansonetti, presidente de la Cámara de Comercio Ítalo-Costarricense, se congregaron asociados de la comunidad italiana en Costa Rica en un coloquio sobre “Dos Costa Ricas buscando convergencia”. La presentación impartida por Velia Govaere Vicarioli destacó que los éxitos de la apertura comercial costarricense vienen también acompañados por órdenes resultantes de heterogeneidades, producto de nuestro modelo de desarrollo, que incluyen brechas productivas, educativas, laborales y territoriales.

Como bien señala el Sr. Sansonetti, en este acercamiento de la Cámara italiana a OCEX, “se trataron temas de impacto socio económico, muy preocupantes para todos nosotros y nuestras empresas, debido a la situación política y económica actual de nuestro país en el contexto mundial”.

En su conversatorio, Velia Govaere Vicarioli concluyó su presentación con la siguiente reflexión:  “La política de apertura comercial de Costa Rica ha sido considerada emblemáticamente exitosa. Sin embargo, el modelo presenta también resultados contrastantes de heterogeneidad productiva, social y territorial. Esa dualidad de éxitos y desafíos revela carencias funcionales en el propio diseño de un modelo contradictorio: al mismo tiempo exitoso e imperfecto.  Desde esas premisas, se aborda el modelo de desarrollo de Costa Rica como un proceso inacabado donde coexisten realidades contradictorias que plantean la necesidad de una nueva hegemonía de convergencia entre las contradicciones actuales.”

OCEX pone a disposición de los usuarios de OCEX informa la presentación utilizada en este intercambio de impresiones (Ver PPT).

 

 

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POR VELIA GOVAERE - 11 de marzo 2018

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/los-idus-de-marzo/VZ5UMGXFQVFJFNFP5PLMA5NOPY/story/?outputType=amp-type

Estamos en una encrucijada histórica: o retrocedemos vergonzosamente como nación civilizada o saltamos a la vanguardia de los pueblos donde los derechos humanos son componentes esenciales de su idiosincrasia.

La primera luna llena del equinoccio vernal viene cargada de pronósticos reservados. Ese Domingo de Resurrección Costa Rica enfrentará todos sus abandonos. No es su mejor hora. En un instante crítico como ese, temores o prejuicios son los peores consejeros. Pero ese día llevarán la batuta, no las esperanzas. Y si en tiempos normales a nuestra bucólica indolencia le cuesta afrontar decisiones urgentes, mal momento este para descubrirnos divididos por una discusión que no es atinente a nuestros dilemas más apremiantes. Así estamos.

La encuesta del CIEP, única en su género por ser de tipo panel (aplicada a las mismas personas desde hace meses), muestra no solo el retrato instantáneo de la actitud del votante, sino la tendencia de sus cambios.

El 6 de marzo indicaba que los indecisos crecían a niveles históricos. Los que habían apoyado a otros candidatos en la primera ronda tendían a apoyar más a Carlos que a Fabricio. Los indecisos del 4 de febrero se inclinaban más por Fabricio, que conserva un caudal duro, pero había perdido 7 puntos, en tres semanas. En resumen: empate técnico con ligera ventaja de Carlos Alvarado. Pero la posibilidad de victoria de Fabricio se ve reforzada por el carácter vacacional del día de las elecciones, con votantes alejados masivamente de sus lugares de votación.

Producto de la indiferencia. Nos amenaza una involución cultural cuyas raíces son políticas, económicas y sociológicas. Sobre esa base se alimentan los avances confesionales. Pero la polémica llegó a un estrato de carácter ideológico que está más allá de razonamientos científicos o técnicos. ¿Por qué tendrían las periferias de nuestro desarrollo que atender razones, cuando no supimos ofrecer oportunidades? Su “verdad” nació de nuestra indiferencia.

Aquellos a quienes ayer no quisimos escuchar penurias, ahora nos pasan su factura de sordera. El dolor social y la disparidad territorial escapan del mundo real y se refugian en una anacrónica batalla espiritual de moralidad excluyente.

Es la hora de la impotencia de la razón porque lo racional se estrella contra la carga emocional del desaliento. Lo que se juega es la hegemonía de la tolerancia y la inclusión frente a la discriminación. Esa lucha tiene tanta trascendencia como el ordenamiento socioeconómico.

¡Vaya tiempos que nos tocó vivir! La humanidad conquista nuevas fronteras de inclusión fraterna y solidaria. Nosotros, en cambio, excepcionales como somos, arriesgamos involucionar de la ciencia al dogma, del derecho al prejuicio, de la tolerancia a la discriminación, de lo laico a lo religioso. Carlos Gardel se quedó corto. Nosotros probamos que 100 años son nada.

Es el brexit criollo. En nuestra flota institucional no hay barco que no haga aguas. La Caja, campante con sus interminables filas; las pensiones, en peligro mortal son atendidas con curitas; las carreteras con financiamiento no dan paso; la educación, con bullying reinante, deserción escolar y baja calidad y pertinencia, no hace honor a la enorme inversión que recibe.

Desigualdad galopante contrasta con inversión social, seguridad ciudadana encalla frente a sicariato. ¡Cómo me aflige que hasta perritos asesinen! Y de lo fiscal, ni hablemos: dos pasitos pa’lante y tres pa’trás, y a eso le llamamos avance que “tranquiliza” a las calificadoras de riesgo.

La batalla. En medio de semejante “ruta de la alegría”, logra posicionarse la sandez de que el peor peligro que nos amenaza viene de la inocente, sufrida y discriminada comunidad de nuestros hermanos y hermanas LGBTI. ¡Eso no tiene nombre! Como si el matrimonio igualitario amenazara más a la familia que el abandono imperante de la madre adolescente o la jefa de hogar sola. Pero allí estamos y esa es la batalla. No es la que escogimos, pero es la que nos toca.

Frente a semejante trance, unos tocan a rebato, advirtiendo que una victoria confesional podría convertirse en punto de inflexión de nuestro progreso. No solo como socollón profundo en nuestras tradiciones civiles, sino como escenario de más divisiones y enfrentamiento social.

Ni pensemos que la victoria presidencial se quedaría allí. Siguen después las municipales. Ya se anuncia un cambio en la legislación para permitir a las Iglesias mayor injerencia política, donde ya está organizado el “partido” religioso, convertido en medusa de miles de templos con fieles entusiastas.

Otros, en cambio, nos invitan a la serenidad, dando generoso crédito a la resiliencia de nuestra agotada disfuncionalidad institucional. Acuerpado hasta la saturación por personajes económicos del bipartidismo habitual, el posible presidente-pastor, reforzado ya en esa debilidad técnica, tendría políticas no muy diferentes a nuestro nadadito de perro habitual. Yo no dormiría confiada de ese lado. Ese tranquilismo extremo adormece nuestras capacidades de reacción.

La historia abunda en ejemplos de subestimación de peligros desencadenados por un voto. Cae por su peso el caso clásico de la República de Weimar, cuando la izquierda socialdemócrata menospreció el peligro de la victoria del nacionalsocialismo. No es el caso, pero conviene recordarlo. La victoria de Trump es más atinente.

Quienes hoy nos llaman a la tranquilidad creían que la solidez de la institucionalidad norteamericana sabría defenderse sola. Eso no es tan claro. En la novela de ese lobo que aún no termina, son incontables sus males y daños.

Después de ahora, las cosas no serán como antes. Una victoria confesional no será, tal vez, un cataclismo, pero tampoco es algo trivial que podemos dejar pasar. Estamos en una encrucijada histórica: o retrocedemos vergonzosamente como nación civilizada o saltamos a la vanguardia de los pueblos donde los derechos humanos son componentes esenciales de su idiosincrasia. ¡Y yo que siempre pensé que éramos uno de esos pueblos! Pues resulta que no. Nunca se puede dar nada por sentado. Esos son los enjeux: la apuesta de nuestra historia y de nuestra cultura que se juega en los idus de marzo.

La autora es catedrática de la UNED.

  

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POR VELIA GOVAERE - 2 de abril 2018

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/la-dificil-administracion-de-la-victoria/GOFMOFKUOZB3VFSQGRCLUVNZUM/story/

Carlos Alvarado tiene cien días para mostrar resultados y el camino es más empinado y empedrado que nunca.

 

¡Qué pueblo, por Dios, qué pueblo! Ese resorte interior de resiliencia defensiva ya lo desearan naciones más poderosas. Costa Rica se puso en pie y el rotundo gesto de su voto frenó, en seco, la arremetida de la intolerancia.

¡Qué alivio!, es cierto, pero también ¡qué orgullo! Por una vez, regalémonos el simple placer de ser ticos. Hoy, parafraseando a Alfonso, el trozo azul de esta pequeña tierra tiene mayor intensidad que todo el cielo.

¿Quién habría soñado con una respuesta tan masiva de multitudes veraneantes? Por momentos, temimos lo peor. Estuvimos a punto de desconfiar de la profundidad de nuestra propia cultura respetuosa y tolerante. Confieso ese pecado. Lo inimaginable nos había saltado al rostro. Vimos tan de cerca y tan desnudos nuestros prejuicios, que tuvimos que dominar nuestros temores y despertar del letargo de nuestra complacencia habitual. Lo hicimos.

No podemos caer en borracheras de antaño. Este fue un voto defensivo, no un cheque en blanco

Empujados a decidir lo esencial, lo hicimos. A regañadientes, pero lo hicimos. Superamos la reticencia que teníamos por un partido que nos sigue debiendo y nos concentramos en la defensa primordial de los fundamentos de nuestra convivencia. Así fue. Que no quepa la menor duda.

Decisión difícil. Este pueblo sabio tomó una decisión difícil, pero profunda: votar por una decepcionante opción partidaria como única salida de la crónica anunciada de una teocracia. Y hubo entusiasmo en la defensa de nuestros valores esenciales, alegría en la victoria y gratitud con el candidato que nos dio esa trinchera porque supo defenderla con hidalguía. Honor a quien honor merece.

En el carruaje del candidato perdedor, brillaron por su ausencia personajes de otras tiendas que se habían sumado al sonar de las encuestas. También sonó el silencio de los que callaron, faltando a su deber cívico de orientación política. Dolió ese mutismo timorato de líderes de antaño. Esas voces quedaron en deuda con el mundo, acostumbradas las naciones, como estaban, a recibir nobles lecciones desde aquí.

Brillaron, en cambio, los que, movidos por principios y fuera de todo cálculo, se unieron desde aceras contrarias. Leonardo Garnier y María Luisa Ávila, sin miramientos y a su propio riesgo, dieron el paso al frente por sus convicciones. En el peor momento de los pronósticos, se tragaron las afrentas injustas de la arrogancia de aquella fácil victoria sin contrincante.

Ellos representan a muchísimos liberacionistas sin cuyo soporte la victoria no era concebible. Según mi criterio, estas elecciones son un parteaguas para la socialdemocracia costarricense. Ahora tiene la oportunidad de refundarse desde sus raíces solidarias, equitativas e incluyentes, liberándose de viejas rémoras estatistas y de cálculos oportunistas. Ese es su reto.

Piezas clave. Rodolfo Piza fue la luz de la jornada. Con principios por encima de cálculos, hizo valer su apoyo, poniendo una línea programática de peso. Su agenda da sentido y coherencia a un gobierno de unidad nacional con mapa y brújula. Piza, con Edna Camacho, al frente, son el fiel de la balanza. Hacen contrapeso a la extorsión sindicalista con su veto inaceptable a la educación dual y su insufrible defensa de los disparadores estructurales del gasto público.

Sin ese equilibrio, el gobierno de unidad nacional estaría, de nuevo, a la deriva y sin rumbo cierto. Pero la política productiva sigue huérfana. Que no se diga más que nos casamos con la inversión extranjera de las zonas francas. Lo malo es que después de atraerla seguimos divorciados de ella. Dos Costa Ricas buscan convergencia.

En medio de nuestra justificada algarabía, se impone una nota de sobriedad. No podemos caer en borracheras de antaño. Este fue un voto defensivo, no un cheque en blanco. Vienen cien días para mostrar resultados y el camino es más empinado y empedrado que nunca.

Alarma la facilidad con que se anuncia la mejor educación del continente, cuando de cada 10 niños que entran a primaria, poco más de dos logran bachillerarse y cerca de siete quedan excluidos en el camino, con las puertas cerradas a la educación técnica del INA.

Quitar peso administrativo a los docentes es una gota en un mar de tragedias educativas, cuando el 95 % de las escuelas ni siquiera ofrecen el programa completo (Eli Feinzaig, La Nación, 2/4/2018). Es apenas un aspecto del discurso del futuro nuevo presidente, pero, desde ya, asusta el simplismo de promesas con que aborda los temas.

¿Y la formación docente, disparatada, desigual, sin certificación obligatoria de calidad y sin concurso estatal de idoneidad? Con llevar computadoras a los salones de clases no se resuelven 20 años de baja calidad educativa.

Don Leonardo puede contar de sus frustraciones con el veto sindical al paso de cualquier iniciativa para mejorar la calidad docente. La educación dual, ausente de las iniciativas prioritarias, tiene en Edna, abanderada, esperanza y desafío.

Sabe a lo que va. Don Carlos ya estuvo en el monstruo y conoce sus entrañas. No dirá que no sabe bailar con ella. En la primera ronda, la ciudadanía había ofrecido al partido evangélico la segunda representación legislativa. En ese mismo acto, se castigó la infidelidad del PAC con la transparencia, la honestidad y el cambio prometido, y lo dejó sumergido en la impotencia de una débil fracción.

Lo que Costa Rica, para salvarse a sí misma, le ofreció a Carlos Alvarado, con una mano, se lo había quitado antes con la otra. Por eso, si la alianza con Piza fue eje de la victoria, la unidad con Liberación es clave para una gestión exitosa. Amén de la soberbia lección que nos queda: la fragilidad de gobernanza del régimen presidencialista y la urgencia de refundación de una Tercera República, con remozado contrato social, más parlamentario.

Pero eso es sal para otro jocote. Al mismo tiempo aplastante y pírrica, empoderante y frágil, llega la administración Alvarado cargada de promesas y cuajada de peligros. Carlos nos necesita a todos, incluso más que el domingo. Hoy es la zozobra de la difícil administración de la victoria, cruzado el Rubicón.

 

La autora es catedrática de la UNED.

 

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POR VELIA GOVAERE - 18 de marzo 2018

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/a-la-deriva/CTBYXTRK2JCCDKZIS5TGF6PO64/story/?outputType=amp-type

Lo único seguro es la incertidumbre y con ella asombra la relativa tranquilidad de los mercados financieros. ¿Hasta cuándo?

 

¿Hacia dónde va Estados Unidos y hacia dónde nos arrastra? ¡Ni Trump lo sabe! La cosmovisión (Weltanschauung) de ese timonel retrocede nadie sabe hasta cuándo. Erran, pienso yo, quienes dicen que representa un retorno a la Guerra Fría. Olvidan que fue entonces cuando se crearon las bases de un mundo articulado: el Sistema de las Naciones Unidas, un comercio multilateral regido por reglas y la hegemonía cultural de los derechos humanos. Nada de ese imago mundi nos hace pensar en Trump. Él tiene una mentalidad anterior a la del “riflero terrible y fuerte cazador”, aquel Theodore Roosevelt de quien Darío advertía que pensaba que donde ponía la bala el porvenir ponía.

Saber que así piensa tampoco lo hace predecible. Todo lo contrario. Su anacronismo cognitivo no tiene diseño coherente de propósitos y medios para alcanzarlos. Su lenguaje corto, expresado en Twitter, da la dimensión exacta de la profundidad total de su pensamiento. Comprobación de la hipótesis Sapir-Whorf que establece que la forma como la gente habla determina su conducta.

Sus arrebatos lingüísticos se corresponden con la extensión simplista de su estrategia, con aún menos conocimiento de causa de lo sospechado, como un barco de vela sin timón, empujado por el viento de sus peores instintos.

Los acontecimientos recientes muestran que su visión de la vida no tiene complejas líneas de orientación política, sino reacciones impulsivas, sujetas a intempestivos cambios, de acuerdo con el humor del instante y al calor reactivo de la última noticia. Sus erráticos tuits pueden responder a una súbita impaciencia por políticas no atendidas por subalternos o ser solo cortinas de humo para desviar el interés de la prensa del entuerto del momento. Nadie sabe cuándo sus escándalos distractores van en serio y cuándo son jugadas de póker con el mundo.

Fuerza y razón. Es impredecible y caprichoso, pero tiene un sentido general de intención. Detrás de vaivenes y frases de choque, se puede descifrar el impulso fundacional agresivo que lo anima: la fuerza puede más que la razón; la confrontación genera réditos, no la diplomacia, y la ganancia se logra solo con pérdida ajena.

Su élan vital es la ley de la selva traducida en políticas públicas, como reducir impuestos a los ricos, desregular la economía, buscar ganancias comerciales a toda costa y ofrecer una diplomacia de garrote en los puntos más inestables del planeta.

Esa forma de ser lo llevó a la presidencia, conectando sus bravatas con las frustraciones de un segmento estratégico de electores. Inseguro en su debut, se rodeó inteligentemente de personalidades que apaciguaran el nerviosismo provocado por su falta de experiencia de gestión.

Se desligó, así, cuando fue necesario, de sus más controversiales consejeros, como Bannon, de la ultraderecha racista, y construyó un entorno de empresarios exitosos y prestigiosos militares que hacían contrapeso a sus peligrosas improvisaciones. El mundo respiró apenas más tranquilo.

Tillerman, como secretario de Estado; Cohn, como consejero económico; el general McMaster, como consejero de seguridad nacional; y el general Kelly, como jefe de gabinete formaron un equipo de cortafuegos, frente a sus iniciativas más peligrosas, en economía, comercio, Oriente Medio, China y Corea del Norte. Entre los cuatro parecían poner rienda a un presidente susceptible de desbocarse. ¡Vana fantasía! Solo queda Kelly y nadie sabe hasta cuándo.

Desde cero. Después de 14 meses de gobierno, comienza de cero, rodeándose de aduladores y separando a todos los que refrenaban sus impulsos. Cada pieza estratégica caída en desgracia es una razón más para temblar. Un Trump a rienda suelta merece una nueva mirada al ajedrez del mundo.

Es un escenario que se complica en todas sus aristas, con un Putín desencadenado, sin temor a represalias, y una China emergente como potencia mundial de primer orden, con liderazgo cada vez más indisputado en Asia.

El vulgar despido intempestivo de Tillerman y la destitución de McMaster, que tranquilizaba con tener bajo las riendas el botón nuclear, se complementó con el nombramiento de un belicoso Pompeo en el Departamento de Estado, el mismo que quiere romper el acuerdo nuclear con Irán y ha abogado por un cambio de régimen en Corea del Norte. Ese claro reforzamiento de los ultrahalcones es mal augurio para las negociaciones con Kim Jong-un, que tampoco es inocente paloma.

Desde su America First, la visión confrontativa de Trump ha tenido al mundo en vilo de guerras comerciales. El anuncio de un aumento de aranceles al acero y al aluminio pareció confirmar todos los temores. Frente a esa locura, renunció Cohn, perito atemperado y aperturista, sustituido por Kudlow, comentarista de erráticos diagnósticos. En los albores de la crisis del 2008, había pronosticado que “los pesimistas estaban equivocados”.

Antes de ser nombrado, dijo que los impuestos anunciados por Trump eran un autocastigo que pondría en la picota 5 millones de empleos de industrias que usan acero, para proteger 140.000 que lo producen. Pero no tuvo empacho en aceptar el nombramiento, diciendo que puede vivir con la visión del presidente.

Así es de “firme”. Sus criterios lo oponen a Mnuchin, secretario del Tesoro, en el tema de la valoración del dólar, y están contrapuestos con la visión comercial de Ross, secretario de Comercio.

Entra como una incómoda cuña y su nombramiento debilita, aún más, un equipo económico heterogéneo e incoherente, generando más preguntas que respuestas. Todo en Trump es así. La guerra comercial va y viene. Lo único seguro es la incertidumbre y con ella asombra la relativa tranquilidad de los mercados financieros. ¿Hasta cuándo?

Después de 14 meses de gobierno, Trump se siente con confianza suficiente como para dirigir el barco él mismo, sin ruta, sin mapa, sin brújula, a puro instinto. El problema es que en ese barco vamos todos y la pregunta es hasta dónde nos llevará. Mal momento para quedar, también nosotros, a la deriva, con un piloto aficionado.

 

La autora es catedrática de la UNED.

 

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POR VELIA GOVAERE - 6 de febrero 2018

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/la-invisibilidad-de-lo-pertinente/TGZATBKH75CCTLOSTZSVFI5FXI/story/

Sobre equipos y propuestas es que debe poder pronunciarse el país en la segunda vuelta, no sobre retórica.

 

El relato electoral nunca logró revestirse de sustancia. Amenazas inminentes se acumulan en el horizonte, pero a pocos interesan esos dramas. La ceguera colectiva ya forma parte del infortunio que nos acecha. El mercadeo político, siempre en busca de sensaciones inmediatas, escarbó votos de pasiones distractoras. Lo esencial quedó invisible ante un votante distraído por efervescencias y fanatismos.

Necesitamos un retorno a la cordura y no hay forma de hacerlo sin entender cómo llegamos a este trance. El caso del cemento chino alimentó un primer amenazante populismo, como si la corrupción encerrara todas las disyuntivas del presente. Grave e indignante, la corrupción, sin embargo, es solo una parte de la legión de nuestras disfuncionalidades. Pero ese flagelo, entre nuestros entuertos, logró monopolizar el discurso, escondiendo el camino estructural que nos acerca al abismo.

Y como todo lo que divide, la decisión de la Corte-IDH nos polarizó en las antípodas.

Escaso consuelo podría ser saber que la corrupción es elemento común que atañe a todos. El PAC nació de su denuncia, aunque, una vez en el gobierno, descubriera en su cabeza un enjambre de medusas. Por eso no podía beneficiarse de esa primera polarización nacional y no se atrevió a enarbolar, otra vez, esa bandera.

Opinión consultiva. Cayó, entonces, la bomba de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte-IDH). El 9 de enero, Costa Rica fue notificada de su opinión consultiva sobre identidad de género e igualdad y no discriminación a parejas del mismo sexo, por solicitud del gobierno de Luis Guillermo Solís, que intentó soslayar así un apropiado debate nacional sobre ese tema.

Desatinada cortina de humo en tiempos de crisis, que nos volvió a polarizar en una materia, si bien importante, secundaria frente a los grandes desafíos nacionales.

Y como todo lo que divide, la decisión de la Corte-IDH nos polarizó en las antípodas, que estaban, hasta ese momento, en niveles marginales de intención de voto. Fabricio Alvarado, que la condena, y Carlos Alvarado, que la defiende. Cuando las encuestas sorprendieron con el ascenso de estos contrarios, Álvarez Desanti quiso subirse al vagón. Quedó, más bien, bajo los rieles. Ese París no le valió la misa.

La crisis. Tras la primera ronda, Costa Rica presenta una verdadera crisis. El sobrecogedor dilema electoral, con el que amanecimos, es elemento perturbador de evaluación negativa de Costa Rica como riesgo de inversión internacional.

No es poca cosa: un país endeudado hasta la coronilla, con menores pronósticos de crecimiento y mayores aún de agravamiento crediticio, tiene que enfrentar sin fuerzas sus desafíos más perentorios. De no hacerlo, los intereses subirán, la moneda perderá valor, la inversión social padecerá y los mercados internacionales terminarán de imponernos por las malas lo que no fuimos capaces de hacer por las buenas.

Si llegamos ahí, y no nos falta mucho, las carreteras que no pudimos construir por inútiles, no las haremos por falta de fondos. La baja calidad educativa que no pudimos remediar con inversión, menos podremos sin ella. Las bajas capacidades de nuestro sector productivo, que no supimos estimular con incentivos fiscales, tendrán más abandono con un Estado postrado ante la banca internacional. Las tarifas eléctricas, factor de competitividad nacional, solo podrán subir más aún y, entre las soluciones de la crisis, pido perdón por aludir a un tema tan delicado, siempre se tocan las pensiones y no para bien. Ni qué decir de la inversión extranjera que apenas nos sostiene, si caemos en insolvencia.

De este trance podemos salir airosos, pero ningún partido lo puede hacer por sí solo.

Estamos tocando fondo. ¿Podremos convertir esta crisis en oportunidad? Los resultados legislativos apuntan a la formación de grandes bloques que podrían facilitar consensos con respaldo de diputados a un gobierno producto de un acuerdo multipartidario. Así, sí podemos polarizarnos, de nuevo, pero de forma pertinente, entre lo esencial y lo superfluo; entre lo decisivo y lo ideológico; entre lo perentorio y lo accidental.

De este trance podemos salir airosos, pero ningún partido lo puede hacer por sí solo. Es hora de otra polarización, la de la unidad contra la división, sorteando el secuestro de sindicatos y grupos de interés, estructuralmente anclados como disparadores del gasto público.

El mercadeo seguirá buscando entusiasmos fáciles y frases pegajosas, pero huecas. Nuestra verdad, por otra parte, será difícil convertirla en una gran pasión. En el minuto más grave de polarización aleatoria, nuestra dosis dolorosa de realidad reclama raíces fundacionales de esperanza. Ese es el reto: que la sensatez de nuestros problemas reales prevalezca sobre la retórica vacía.

Pero el interés aleatorio de la población de los polos olvidados en la periferia es el impacto que ahora sufrimos por un modelo de desarrollo desigual e inacabado. Ahí, todas las brechas culturales, educativas y sociales estallaron con la desconfianza frente a discursos desarrollistas que les son ajenos en sus impactos locales. ¿Cómo revertir en dos meses esa grieta y reclamar atención a una problemática económica que les resulta cansina?

Unidad nacional. Hoy no estamos de fiesta. De ser parte de la solución, las elecciones pasaron a ser parte del problema. Pareceríamos estar condenados a cazar votos cultivando irrelevancias. No lo estamos. Existe todavía una pasión posible: la unidad nacional. El sentido de pertenencia a una cruzada unitaria solo es posible si, desde tiendas partidarias de ideologías diversas, surge un ímpetu de amor a Costa Rica, por encima de las diferencias.

El nuevo relato electoral debería estar centrado en la unidad nacional reflejada por la oferta de equipos de gobierno inclusivos y multipartidarios. Equipos creíbles y con experiencia, que respondan al qué y al cómo y al “no más de lo mismo”, en todos los temas urgentes, comenzando por los elementos estructurales de la deuda pública.

Sobre equipos y propuestas es que debe poder pronunciarse el país, no sobre retórica. El gran reto del relato electoral de la segunda ronda es romper la invisibilidad de lo pertinente.

 

La autora es catedrática de la UNED.

 

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