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Boletines-Artículos

KSP adentroEl 25 de abril del 2016, el Instituto de Desarrollo de Corea presentó los resultados del III Programa de Intercambio de Conocimientos con la República de Corea. En el auditorio de Casa Presidencial, el equipo de especialistas coreanos del Instituto de Desarrollo Coreano (KDI, por sus siglas en inglés) compartieron los mapas de ruta para fomentar el talento humano costarricense en STEM y las capacidades endógenas de las pymes de TICs en Costa Rica.

En ese momento, Velia Govaere explicó los propósitos y alcances del programa de intercambio de conocimientos con la República de Corea, en los siguientes términos:

“Los temas que han sido objeto de este tercer Programa de Experiencias Compartidas, KSP, como le llaman formalmente nuestros amigos coreanos, están directamente vinculados con los dos elementos estratégicos actualmente más decisivos para la modernización de la economía costarricense: la educación y las tecnologías de información y comunicación. Les pedimos que nos ayudaran, a partir de su experiencia, a encontrar las vías para lograr el mejor alineamiento posible de la oferta educativa de la educación superior con las demandas del mercado empresarial en materia de Ciencias, Tecnología, Ingenierías y Matemáticas. Por otra parte, les pedimos propuestas para desarrollar un ecosistema de políticas públicas que mejoren las condiciones de desarrollo del recurso humano, aseguren el apoyo migratorio de especialistas de TICs y fomenten empresas endógenas, ágiles y competitivas.”

Compartimos con los lectores de OCEX el III Informe Final de KSP Costa Rica-Corea. En este documento se recogen importantes lecciones de la experiencia coreana y, habiendo conocido de primera mano el estado de situación costarricense, las correspondientes recomendaciones de política pública tanto en el ámbito educativo como de políticas públicas productivas, especialmente fomentando el área de TICs. 

OCEX pone a disposición de sus lectores estas importantes recomendaciones de política pública ofrecidas por la República de Corea, en esta cooperación técnica. (En este link el informe). 

video RD adentroCon apoyo del BCIE, que muy gentilmente permitió el uso de sus instalaciones en Costa Rica a OCEX, Velia Govaere tuvo la oportunidad de compartir con una selecta audiencia de la República Dominicana las lecciones aprendidas de más de dos décadas en materia de dumping y medidas de salvaguardia. Este intercambio de experiencias fue dirigido a los analistas del Departamento de Investigación (DEI) de la Comisión de Defensa Comercial de la República Dominicana y al señor Fantino Polanco, Comisionado de la CDC.

Govaere tuvo la ocasión de reflexionar con la autoridad investigadora dominicana sobre los elementos más relevantes de las investigaciones de defensa comercial y medidas de salvaguardia nacionales, que se han presentado a lo largo de las últimas dos décadas, destacando lecciones aprendidas, fortalezas y debilidades presentes en el desempeño de este importante rubro de la política defensiva costarricense.

OCEX comparte a sus lectores el PP de apoyo al intercambio de experiencias centroamericanas, con la autoridad caribeña. (Ver presentación en PPT).

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POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 17 DE OCTUBRE DE 2016 A: 12:00 A.M.

HTTP://WWW.NACION.COM/OPINION/FOROS/CHUCKY-REBELION-MASAS_0_1591840802.HTML

Dos grandes nubarrones amenazan tormentas en el escenario internacional en tiempos turbulentos

 

Dos grandes nubarrones amenazan tormentas en el escenario internacional de los tiempos turbulentos que vivimos: la resaca nacionalista de una globalización mal administrada y un foso cada vez más profundo de desconfianza entre la ciudadanía y los poderes públicos.


Por doquiera, la siembra de fáciles promesas, cargadas de buenas intenciones, pero también de pasmosa ignorancia de realidades, cosecha ahora su mies de electorados resentidos.


A eso se suma el agravio derivado de la angustia de los perdedores del nuevo sistema de encadenamiento productivo internacional. Ellos se han visto abandonados a su suerte frente a los movimientos del capital y del trabajo.


Pan y circo de fiestas electorales huecas, desempleo frente a trabajos que escapan al exterior y apatía de poderes públicos indiferentes son componentes de ese coctel tan peligroso que mezcla el rechazo ciego del establishment político con el repudio a todo lo que suene a “extranjero”.
Esa es la mejor fórmula de una tormenta perfecta que nadie protagoniza mejor que Donald Trump.


Despertar. Electorados mortificados despiertan de resacas repetidas de abandonos, ilusiones rotas y promesas vanas. Es el amargo fruto de la venta de candidatos como coca-colas. Pero el resentimiento resultante no inmuniza la capacidad de juicio de los electores frente a la usual manipulación de percepciones, sobre todo cuando, frente a problemas reales, no se tienen alternativas fundamentadas.
En cada país, a su manera, la demagogia sabe volver a alimentarse de los descontentos mismos, fabricando nuevas marcas electorales, en un interminable círculo vicioso (Teufelskreis), que vuelven a corromper la inocencia del imaginario democrático y degradan la nobleza que viene asociada con el componente humano de la internacionalización.
Y, así, las masas arriesgan volver a castigarse eligiendo nuevos bufones que alimentan y acrecientan los prejuicios poniendo a unos pueblos contra otros.


¿Cómo impedir que triunfe la explotación descarada de frustraciones, con cada vez mayores charlatanes? Desde Pepe Grillo, en una Italia que apenas acaba de librarse de Berlusconi, hasta Jimmy Morales, sacado directamente de una comedia chapina, esa incógnita todavía no ha sido resuelta ni en Guatemala ni en Guatepeor.
Sin duda, los medios de comunicación y los formadores de opinión pública tienen una enorme responsabilidad y, en general, la cumplen. Pero para la incoherencia imperante, todo parece parte del mismo tinglado, sobre todo para una masa electoral con verdaderos problemas, pero poco educada, menos atendida, usualmente despreciada y, así, vulnerable ante prejuicios fascistoides.


Mentiras y bufonadas. Inútiles se han revelado los esfuerzos de la prensa norteamericana que casi unánime intenta bajar a Trump de su pedestal. Incluso Donald, en su mejor intento histriónico, es incapaz de sepultarse a sí mismo con patentes mentiras, estúpidas bufonadas y ausencia total de empatía humana.
Surgió en el momento preciso, a gusto de todas las frustraciones que se sienten reflejadas en su patética figura. Artificial como su bronceado naranja, Trump sobrevive a todo como un Chucky endemoniado, en final trepidante de un thriller atractivo solo por lo estúpido que es.
El equilibrio económico reinante, precario como es, pero disfrutado tanto en Europa como en Estados Unidos y en América Latina, contrasta con el punto más bajo de la credibilidad de los liderazgos políticos del momento.


Incluso en nuestra bucólica Tiquicia, el descontento social está a la medida de nuestras expectativas frustradas, pero no de nuestras realidades, mediocres, pero estables.


Alemania sufre de una alicaída confianza en Merkel, pero no por la arrogancia con que ella impuso, una y otra vez, criterios insensatos, erróneos y poco solidarios para solventar la crisis de la eurozona, sino –¡vaya ironía!– por su momento humanista más lúcido, cuando afirmó que una nación tan pujante como la germana bien podía asumir la tarea de integrar un millón de refugiados al año (Wir schaffen das –dijo– “Nosotros podemos hacerlo, de eso estoy convencida”).


Así enfrentó la crisis migratoria en su primer momento, con una solidaridad que se estrelló, perdedora después, frente a los prejuicios reinantes.


El brexit resultó de prejuicios que tuvieron igual fortuna. España sigue con gobierno en escabeche y Hollande, como era de esperarse, no sabe siquiera si atreverse a pedir el voto galo, después de haber seguido una agenda exactamente opuesta al planteamiento electoral que lo llevó al Palais de l'Élysée, bajo falsas pretensiones.
Y así sigue la lista de una comunidad internacional impasible frente al sufrimiento venezolano y que se hace de la vista gorda frente a Erdogan.


Vaticinios. Pero nada puede compararse con el impacto que tendría una victoria de Trump. Los analistas compiten en predicciones funestas de lo que se derivaría de un triunfo republicano. Amenazados estarían los tratados comerciales, castigo de nuestra demagogia criolla, para que aquí termine de aprenderse la importancia de la seguridad jurídica que nos dejó el TLC.
Pero más allá de esto, lo que estaría cuestionado es el paradigma mismo de la globalización que, con todo y las falencias nacionales de insertarse en ella sin sentido de solidaridad para los perdedores, es el bastión decisivo del progreso humano sin fronteras. Su impacto más serio sería en el sistema financiero internacional, construido sobre esas bases, y que, como sabemos, es frágil y volátil, como las reacciones nerviosas de sus actores frente a cambios imprevisibles.


El mundo ha vivido secuelas de dolor después de triunfos inducidos por la irracionalidad. Pero la insensatez no tiene memoria. En un solo cuerpo internacional humanista, los formadores de opinión del mundo unen sus voces para advertir los peligros de Chucky a la cabeza de esa rebelión irracional de las masas. ¿Alguien escucha? Toco madera.


La autora es catedrática de la UNED.

 

 

 

 

 

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POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 24 DE OCTUBRE DE 2016 A: 12:00 A.M.

HTTP://WWW.NACION.COM/OPINION/FOROS/ULTIMO-TECHO-CRISTAL_0_1593240661.HTML

En la mayoría de los estados, las encuestas muestran un electorado que ya decidió su voto

 

Bravuconadas machistas están salvando la campaña de Hillary. La dignidad de las mujeres tomó por asalto la palestra pública. La primera vez que los norteamericanos tienen la posibilidad de elegir una mujer otros temas de fondo ceden la tribuna a la materia de género resumida en su primitiva esencia: la agresión sexual.


FiveThirtyEight (11/10/16) demostró que las mujeres decidirán la victoria de la decencia en esta campaña. Hizo una simulación estadística que habla por sí misma. ¿Qué pasaría si solo pudieran votar las mujeres y quién ganaría las elecciones si solo votaran los varones, como era el caso hasta 1920?
El resultado de esos dos ejercicios lo dice todo: si solo votaran las mujeres, Hillary arrasaría con 458 votos electorales, contra 80 de Trump. Eso dice mucho del empoderamiento de las mujeres.


Pero algo menos mencionado señala que todavía hay camino por recorrer: entre las mujeres de menor nivel educativo, desgraciadamente, sigue ganandoTrump. Por otra parte, si solo votaran los hombres, Trump vencería con 350 votos electorales contra 188.


Eso refleja el descontento de la clase obrera y media baja, con salarios en un nivel más bajo que durante el gobierno de Nixon, en plena guerra de Vietnam.


Aspecto fundamental. Pero, con todo y su relevancia cultural y humana, la equidad de género no agota el espacio del problema en juego el 8 de noviembre.

 

Una alarmante arista del debate norteamericano se fue quedando escondida y la posible victoria de Hillary no aclara todos los nublados del día.

Mucho está en juego todavía y su liderazgo aún no alcanza a resolver algo estratégico y fundamental. ¿Estamos al final de varias décadas del consenso bipartidista en comercio exterior, pivote del mundo globalizado que vivimos? No podemos excluir peligrosas concesiones al furioso populismo nacionalista de curso obligado en todas las tiendas políticas y en todas las geografías.


El nerviosismo de la candidata demócrata, a la defensiva en temas de comercio internacional, es preocupante. En estas elecciones, jamás la hemos visto defender, como candidata, lo que hace apenas tres años acreditaba con orgullo, como parte de su visión: “Mi sueño es un mercado común hemisférico, con libre comercio y fronteras abiertas, en algún momento en el futuro”.


Esas palabras ya no son las suyas. Al menos no abiertamente. Ya tampoco defiende, como lo hizo antes, el Acuerdo Transpacífico, que otrora fuera componente estratégico de su propuesta como secretaria de Estado.


Su discurso es distinto, después de ver cómo Sanders cosechaba atractivo abonando prejuicios en la creciente corriente aislacionista y antiglobalización que se respira entre los demócratas norteamericanos.


Cambio de discurso. Escépticos al libre comercio, como candidatos, y convertidos en creyentes, como presidentes, es un giro que forma parte del ritual tradicional de los demócratas, desde Bill Clinton hasta Barack Obama.


Para fortuna nuestra, una vez elegidos cambiaron su discurso y pasaron a defender lo que antes criticaron: acuerdos comerciales negociados por sus antecesores, como Nafta, en el caso de Clinton, y los TLC con Colombia, Panamá y República de Corea, en el caso de Obama.
Tener un doble discurso, uno en privado y otro en público, le fue cuestionado a Hillary en el primer debate. Ella defendió la necesidad que tienen los dirigentes de no revelar todas sus cartas, so pena de perder partidas estratégicas.


Lo hizo apoyándose en el antecedente de Lincoln y las contorsiones que tuvo que hacer, diciendo una cosa y haciendo otra para lograr la abolición de la esclavitud. Como si la consistencia mesurada fuera componente esencial de la política.


Algunos apuntan a ese expediente para tranquilizarnos en materia comercial, en caso de una victoria demócrata. Pero ese no es necesariamente el caso porque el escenario de Hillary es diferente. No solo porque tanto ella como Sanders, Obama y Biden, siendo senadores, votaron contra el TLC con República Dominicana y Centroamérica, sino porque esta vez existe toda una corriente de opinión, nacional e internacional, de populismo nacionalista antiglobalización.


Esa es la diferencia entre el ritual demócrata habitual y el enigma que esconde la esfinge entre los interrogantes que esperan a su gobierno.


Ventaja de Hillary. En otras áreas, la victoria de Hillary es un viento de esperanzas: seguridad social para todos, fiscalidad progresiva, mayor salario mínimo, impulso a la educación, defensa de los inmigrantes, educación dual.
En cambio, Trump es un peligro sin nada que lo redima. Pero en resultados totalmente disparatados, tanto en focus group como en encuesta en línea, Hillary ganó el último debate, pero Trump siguió convenciendo indecisos un poco más que ella.
Dichosamente, Hillary aventaja a Donald en intención de votos. Pero eso dice poco porque en Estados Unidos el voto popular no es lo que cuenta. Gore tuvo mayor apoyo y perdió las elecciones contra Bush, quien ganó, en el 2000, con más de medio millón de votos menos.


Lo que decide son los votos electorales, 538 en total. Se ganan por paquetes enteros. Quien gana en un Estado se lleva todos los votos electorales que ahí corresponden. Quien alcance 270 gana.


En la mayor parte de los estados, las encuestas muestran un electorado que ya decidió su voto. Hillary pareciera contar con sólidos 289 votos electorales. Con eso sería ganadora. Eso sin contar con los 29 votos de Florida que se inclinan cada vez más por ella. Y en muchos otros estados oscilantes está tablas con Trump.


La posibilidad de una victoria de Hillary me enorgullece, no solo por ser mujer, sino porque defiende las causas justas. La equidad electoral de raza llegó 50 años antes que el sufragio femenino y la competencia y experiencia de una mujer tuvo que hacer cola detrás de la retórica de un afroamericano.


Como presidenta, Hillary rompería el último techo de cristal. Pero tendrá sobre sus hombros una responsabilidad histórica que va con la triste condición humana: ser mucho mejor para demostrar que es igual.


La autora es catedrática de la UNED.

 

 

 

 

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POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 05 DE SETIEMBRE DE 2016 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/opinion/foros/hora-grises_0_1583441647.html

¿Nos amenaza un blanco retorno a la ortodoxia o una negra ruptura populista?

 

Hay tiempos hipnotizados por líneas rectas. Otros son sacudidos por inflexiones. La continuidad reina en los primeros, aletargada con autocomplacencia. Los giros, en cambio, suelen ser iniciados por sobresaltos que obligan a cuestionarse la sabiduría convencional. En Costa Rica vivimos una especie de interregno. La ortodoxia tradicional ya no se sostiene sola, pero a un golpe de timón le falta todavía la fuerza propulsora de una crisis o un esclarecimiento que aún no llega.


Ahí estamos. Vivimos tiempos de un rebalse que no termina de rebasar los bordes de la paciencia. Pero el vaso se va llenando. En todos los campos de la vida social, aparecen Casandras anunciando tormentas, como si los nubarrones de la disfuncionalidad persistente no fueran suficiente presagio.


Las rectas de nuestras certezas están en crisis y, en situaciones así, es apenas natural que la polémica se abra paso. Pero conviene que se ventile lo que realmente está bajo la lupa del debate, sin que rumores desaguisados distraigan de los verdaderos temas de fondo.


El comercio exterior es uno de esos campos de polémica e introspección crítica. Para quienes somos actores y observadores de políticas públicas, pocas cosas son tan estimulantes como ver a las actuales autoridades de Comex defendiendo la continuidad de una política exitosa, pero abandonando el discurso absolutista de antaño. Con nuevos aires se reconocen los laureles que se defienden, pero se visualizan también dolorosas carencias.


Las recientes revelaciones periodísticas de supuestas o reales contradicciones entre Comex y Hacienda no expresan el real contenido de lo que se discute, más allá de opiniones puntuales en las controversias publicadas. Ni está en cuestión que los TLC tengan responsabilidad en la crisis fiscal, ni se disputa la corrección técnica de un método de facturación triangulada.


Lo que está en la mesa de discusión no es parte de las clases de la “niña Pochita”. Hacen bien las autoridades concernidas en no dejarse arrastrar a una discusión peregrina.


Mal hacia dentro. El tema es otro. Tenemos un celebrado éxito exportador y eso nos permitiría esperar una consecuente dinamización de nuestro aparato productivo doméstico. No ocurre así. Los sectores que se han fomentado para exportar son muy poco dinamizadores de lo que producimos. Nos vinculamos exitosamente hacia afuera, pero no hacia dentro. Al mismo tiempo que participamos mejor que ningún otro país latinoamericano en las cadenas globales de valor, nuestras exportaciones de alta tecnología tienen escasa vinculación con nuestra industria.
La discusión actual que, para su mérito, lidera Comex, la hermana, por primera vez, con las críticas del Estado de la Nación, otrora considerado “sospechoso de herejía” (y no era el único que compartía anatemas oficiales). Ahora se comienza por aceptar como reales los grandes contrastes. Esa dualidad productiva, como lo llaman unos, presenta un paradigma hegeliano de desarrollo desigual.


Meollo del asunto. Esa es la realidad que se debate, contradictoria y enfrentada, en espera de un salto político cualitativo que resuelva las paradojas. Ese es el hoyo del meollo: una perenne contradicción entre la baja promoción de capacidades nacionales y su contraste con el esfuerzo, grande, exitoso, correcto y prioritario de atracción de inversión extranjera directa de punta, pero que alimenta una exportación que no arrastra al resto de la economía.
Se puede ser optimista o llenarse de desaliento, dependiendo del acento que se ponga a alguno de los elementos aislados de esos múltiples duplos de contrarios.


Tomadas cada una por separado, las facetas diferenciadas de nuestra realidad pueden servir para alimentar la autocomplacencia, si solo se enfatiza lo positivo, o para cebar la condena simplista de los detractores del statu quo, que nutren de protestas irreflexivas los ascensos populistas.
Pero una verdad parcial es también una mentira a medias, porque ver la realidad desde aspectos aislados no ofrece mayor dificultad analítica. Basta casi solo con referirse a evidencias estadísticas parciales para proyectar un estado de situación con apariencia ideológica de credibilidad.


En nuestras políticas comerciales, esa ha sido la regla durante 30 años. Desde trincheras políticas, sociales y académicas, el país se enfrentó a un referendo que tocó esas realidades contrapuestas. Cada sector tenía entumecidas sus miradas parcializadas, oponiendo árboles contra bosques, con simplismos apologéticos o detractores que terminaron dividiéndonos sin aclararnos gran cosa.


La realidad es que se han fomentado las exportaciones en sectores que no siempre son dinamizadores del aparato productivo nacional y no se ha hecho donde la producción tiene mayor arrastre. Eso explica la dualidad existente, el contraste reinante, la desigualdad imperante y la coexistencia de progreso con miseria.


Nos toca ahora abordar con delicadeza la difícil tarea de movernos hacia un nuevo perfil exportador. Es hora de cambios dentro de la continuidad, de giros prudentes de timón, porque la defensa de las conquistas necesita desprenderse de la rigidez ideológica.


Inamovilidad. Pero una nueva contradicción se suma a las existentes: la necesidad de cambios contrasta con el casi total inmovilismo político para realizarlos. Abundan quienes ofrecen propuestas, pero son más frecuentes los que hacen listas de razones para no movernos. Contra eso no hay recetas posibles. Con todo, el debate actual marca el inicio nacional del posmodernismo en el comercio exterior costarricense. Es un abrazo matizado de la globalización, donde se va más allá de la apología y se revelan, para enfrentarlos, lados oscuros de ese compañero infaltable del mundo contemporáneo.

 

Estamos apenas al inicio de ese debate y nadie nos dice que el pasado de certezas absolutas no nos acecha detrás de las elecciones. ¿Nos amenaza un blanco retorno a la ortodoxia o una negra ruptura populista? Es la hora de los grises.


La autora es catedrática de la UNED.

 

 

 

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