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Los detalles de la investigación fueron expuestos por el señor Ernesto Stein, economista del Banco Interamericano de Desarrollo, quien inició advirtiendo que América Latina ha venido quedando rezagada en productividad, en comparación a otros países, como los, así llamados, “tigres asiáticos”. La razón, según detalla Stein, es la aplicación de políticas industriales distintas. Mientras que en los años 60 y 70 los países asiáticos implementaron políticas industriales enfocadas hacia afuera, nuestros países implementaron políticas de desarrollo industrial, aislados de la competencia internacional, con base en intervencionismo estatal e inversiones públicas, atrayendo inversión extranjera con protección arancelaria de la producción nacional, que produjeron pobres resultados. En la década de los años 90, América Latina giró al otro lado del péndulo, abriéndose hacia el mundo, pero cesando las actividades del Estado en la promoción de la industrialización, lo que tuvo como resultado el abandono de toda política industrial.

Según explicó Ernesto Stein, hoy los países latinoamericanos buscan implementar políticas industriales con enfoques novedosos, que coexisten, sin embargo, con resabios de las viejas políticas intervencionistas y proteccionistas de Estado.

Así por ejemplo, Costa Rica implementa una política arrocera proteccionista, con altos aranceles, que se traduce en transferencias de recursos del más amplio sector de consumidores a un pequeñísimo grupo de productores protegidos (no más de cinco grandes empresas arroceras), con el resultado de un estancamiento y hasta retroceso de la productividad (ver V.Govaere: “Mucho ruido y pocas nueces”).

Adentro Foto expositor 8 dicLa experiencia costarricense contrasta con las políticas arroceras desarrolladas, por ejemplo, en Argentina, donde los productores, para competir, lucharon por poner un impuesto común a su producción que destinaron a la investigación para desarrollar una nueva variedad de arroz. El apoyo del gobierno local consistió en la imposición de ese impuesto consensuado entre todos, para evitar el “free ride”, y el instituto de tecnología agropecuaria del país recibió los fondos conseguidos por ese impuesta, con lo que pudo iniciar una investigación, cuyos resultados se han traducido en un formidable aumento de la productividad del productor de arroz argentino y, por consiguiente, en un mejoramiento de la competitividad del arroz argentino.

Estas experiencias muestran una evolución de la productividad de dos sectores que han aplicado políticas diametralmente opuestas: una política de protección en respuesta al lobby arrocero, mientras que en Argentina, una política de bienes públicos donde el Estado apoya la coordinación entre productores con un impuesto consensuado para la investigación.

El libro ofrece un marco conceptual para que los gobiernos puedan distinguir entre este tipo de políticas, aplicando aquellas que mejoran la productividad de las economías. Este marco inicia con tres evaluaciones que deben realizar los responsables de políticas públicas: las pruebas de las fallas del mercado, para tomar decisiones que las resuelvan; las pruebas de diseño, donde se debe preguntar si la propuesta de política pública efectivamente resuelve las fallas del mercado identificadas, y la prueba de las instituciones para decidir si las instituciones existentes pueden realmente llevar a cabo dichas políticas adecuadamente.

Asimismo, Stein mencionó que se debe distinguir entre dos dimensiones. Una dimensión según el alcance de las políticas industriales, que comprenden las llamadas políticas horizontales, que no discriminan entre sectores y las llamadas de políticas verticales, que atienden sectores específicos. Otra dimensión se determina según el tipo de políticas, que pueden ser de otorgamiento de insumos públicos o políticas de intervenciones de mercado. (Accesar aquí a la presentación del Sr. Stein)

Así por ejemplo, en 1985 Costa Rica aplicó una política vertical de intervención del mercado del sector turismo a través de incentivos, que rápidamente se transformó en 1992 en una exitosa política de insumos públicos, como la marca No Artificial Ingredients o los certificados de turismo sostenible.

Tras la exposición de Ernesto Stein, el señor Gustavo Crespi, del BID, se refirió a la experiencia de la política de innovación en América Latina, caracterizada por ser una región que invierte poco en I+D: 0,7% del PIB si se toma en cuenta a Brasil y 0,4% si dejamos de lado a Brasil; pero que además se caracteriza por ser una región donde entre el 70% y el 80% de esta inversión es realizada por el sector público.

Ante esta realidad, donde las empresas no están invirtiendo en innovación, por más que sea una inversión rentable, existen espacios de intervención de las políticas públicas, que fomenten la inversión privada. Gustavo Crespi vuelve al tema de los test que debe realizar los diseñadores de políticas públicas: tres pruebas que el libro sugiere: identificar fallas del mercado, pruebas de diseño e identificación de las instituciones adecuadas.

Según detalló Crespi, buen ejemplo de una política de insumos públicos horizontales para la innovación es una política de defensa de la competencia, una intervención de mercado horizontal es un subsidio a la innovación para I+D, un ejemplo de política vertical de insumos públicos son los centros tecnológicos sectoriales, una política de innovación de intervención de mercado vertical son las exoneraciones impositivas a la industria del software.

Gustavo Crespi explicó el conjunto de herramientas e incentivos que plantea la investigación: los incentivos fiscales para la innovación, cuyo objetivo es aumentar la inversión del sector privado en innovación y cuyo punto central es la empresa como productora de conocimiento; y los programas de extensión tecnológica, cuyo objetivo consiste en estimular a las empresas para que adopten tecnologías existentes o mejoren el uso de las mismas, y cuyo punto central es la empresa como usuaria del conocimiento. (Accesar aquí a la presentación del Sr. Gustavo Crespi)

Tras la exposición de Gustavo Crespi se abrió un espacio de debate moderado por el señor Ricardo Monge, Director Ejecutivo de CAATEC; con la participación de la señora Velia Govaere, coordinadora del OCEX y representante del CPC y el señor Alberto Trejos, profesor de Economía en el INCAE.

Al respecto, Velia Govaere se refirió a la necesidad de fortalecer la institucionalidad para la efectiva aplicación de las políticas públicas, en el marco del proyecto de creación de la Agencia Nacional de Fomento Productivo, Innovación y Valor Agregado (FOMPRODUCE). Asimismo, Govaere comparó la experiencia de fomento productivo al sector arrocero en el caso argentino y costarricense, como prácticas opuestas de buena política productiva y de una mala política proteccionista. Por su parte, Alberto Trejos indicó, cómo el libro nos incentiva para implementar políticas de productividad, aprendiendo las lecciones de fracasos que América Latina ya ha vivido en la década de los 60 y 70, cuando la implementación las políticas productivas no alcanzaron los resultados prometidos.

 

La publicación: ¿Cómo repensar el desarrollo productivo? DESARROLLO EN LAS AMÉRICAS POLÍTICAS E INSTITUCIONES SÓLIDAS PARA LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA puede ser accesada en la siguiente dirección:

https://publications.iadb.org/bitstream/handle/11319/6634/%C2%BFC%C3%B3mo
%20repensar%20el%20desarrollo%20productivo%3f%20Pol%C3%
ADticas%20e%20instituciones%20s%C3%B3lidas%20para%20la%20transformaci%
C3%B3n%20econ%C3%B3mica.pdf?sequence=1

 

La publicación: “¿Socios o acreedores? atracción de inversión extranjera y desarrollo productivo en Mesoamérica y República Dominicana”, se encuentra disponible en la dirección:

https://publications.iadb.org/bitstream/handle/11319/6820/Socios%20o%20acrredores%202-25-15%20web.pdf?sequence=2

Con el objetivo de estimular la consulta de estos videos, hacemos copia de la  reseña que hicimos de este evento en el boletín N0.5 -2015 de OCEX:

Foto grupal IED"Los detalles de la investigación fueron expuestos por Osmel Manzano, Economista del Banco Interamericano de Desarrollo, quien analizó la importancia y el impacto que ha tenido la Inversión Extranjera Directa (IED) en países en Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana, los mitos y realidades alrededor a la IED, así como un nuevo modelo de atracción de IED para la transformación productiva.

Según se detalló, la IED tiene un peso importante dentro de nuestra economía: como fracción del PIB supera fácilmente el 5% y una cuarta parte de la formación bruta de capital fijo proviene de la IED. Asimismo, ante el déficit de cuenta corriente que viven los países centroamericanos el flujo de IED es muy importante, pues representa el último colchón de financiamiento ante crisis financiera internacional.

Osmel agregó que a la región no le va mal atrayendo IED, pese a la incertidumbre en los mercados financieros y la inminente necesidad de adaptar los esquemas de incentivos de atracción de inversión a los requerimientos establecidos por la Organización Mundial de Comercio. Asimismo mencionó que mucha de la IED que recibe nuestra región proviene de los Estados Unidos, pero hemos experimentado un aumento considerable de los flujos procedentes de América Latina. Es decir, se trata de una inversión hemisférica que tiene que ver en gran medida con el potencial centroamericano en el contexto del CAFTA".

¿Cómo hacemos y qué instrumentos puede utilizar el Estado en un contexto donde los incentivos a las exportaciones ya no se pueden utilizar? Don Osmel mencionó el ejemplo de Uruguay, que hizo la transición de incentivos fiscales tradicionales a una Ley de Incentivos a la Inversión. Con este cambio se amplió la base de beneficiarios, simplificando los procedimientos, generando mayores controles de desempeño y aprendizaje. Se trata de pasar de esquema de exoneraciones fiscales puras, a uno de incentivos a la inversión medibles, que pueden ser eliminados. Este es un ejemplo de cómo pensar los incentivos en este nuevo contexto de políticas de desarrollo. 

Tras la exposición de Osmel Manzano se abrió un espacio de debate moderado por Javier Beverinotti, del BID, con la participación de Jorge Sequeira, Director de CINDE; Carlos Wong, Gerente General de la Zona Franca Coyol y representante del CPC; José Luis Arce, Director de Programas de CEFSA; Jeffrey Orozco, investigador y profesor de la Universidad Nacional de Costa Rica; y Ricardo Monge, Director Ejecutivo de CAATEC.

Sobre el estudio presentado Jorge Sequeira cuestionó que los incentivos fiscales sean exoneraciones costosas, pues en realidad no son erogaciones para el país. “Al no contar con un modelo contra factual no podemos saber cuánto se hubiera captado si se hubiese cobrado impuestos a estas empresas, porque no sabemos si estas habrían venido o no”. Para Sequeira probablemente no habrían venido. La clave es entender cómo estas empresas toman las decisiones para decidir a qué país ir. Lo cierto es que no sabemos si vendrían sin contar con estas exenciones.

Por su parte Carlos Wong, manifestó que Costa Rica tomó una decisión proactiva hace varios años de ajustar sus incentivos a la OMC, asumiendo que las empresas multinacionales deciden donde se ubican partiendo del principio de la movilidad del capital que siempre debe tomarse en cuenta. Para Carlos Wong también debemos preguntarnos cómo el país puede des regionalizar la inversión hoy se concentrada en el GAM; cómo hacemos para que las empresas de zona franca se vinculen con otras y cómo podemos crear recurso que sea innovador.

Por su parte, José Luis Arce señaló que más allá del tema de la fiscalidad, es importante tratar de entender porque a pesar de que hemos sido exitosos atrayendo IED, no sentimos su impacto en la generación de encadenamientos ni en beneficios para los mercados locales. Aquí entran en juego otros factores de política pública, más allá de los mecanismos de atracción de inversiones.

Para Jeffrey Orozco debemos resaltar que aunque el centro de la discusión está en la IED, este no es un fin en sí mismo. Es necesario fortalecer el aparato productivo interno. Debemos pensar en la generación de capacidades locales que inviertan con arraigo y que sus decisiones se basan en condiciones de encadenamientos, plataformas educativas e investigación y desarrollo. Por su parte, Ricardo Monge señaló que no podemos apostar solo a incentivos, debemos mejorar la competitividad. Atraer IED no es relevante desde el punto de vista de la inversión, lo importante es que ésta interactúe y se den derrames de conocimientos que impacten la productividad de nuestra economía.

Como parte de las reflexiones finales Velia Govaere expresó como: “Los aportes que componen estas investigaciones se sitúan en un punto de inflexión. El modelo de atracción de inversiones, con 30 años de vigencia, necesita superar su estadio básico elemental, que parte de las necesarias exenciones fiscales y debe pasar a elaborar políticas públicas más sofisticadas y complejas para mejorar el ecosistema productivo local y convertir a nuestros países en verdaderos socios de la inversión que atraemos”. 

 

Parte I: Osmel Manzano, Economista del BID: Importancia de  la  Inversión y optimización de políticas para su aprovechamiento en la región de Mesoamérica y República Dominicana.

(Parte A) https://www.youtube.com/watch?v=lGemQjOp8Vk

(Parte B) https://www.youtube.com/watch?v=VfykEgFm1PM


Parte II:
Entre realidades e intenciones. Panel de especialistas discuten sobre la realidad del entorno local para  la  inversión extranjera.  Debaten: Jorge Sequeira (CINDE), Carlos Wong (ZF-Coyol), José Luis Arce (CEFSA), Jeffrey Orozco (UNA) y Ricardo Monge (CAATEC). 

(Parte A) https://www.youtube.com/watch?v=gMegnyOegZI

(Parte B) https://www.youtube.com/watch?v=n7VEMUAtLe8


Parte III:
Velia Govaere, Coordinadora OCEX-UNED, representante CPC: Retos y desafíos de políticas públicas para el aprovechamiento pleno de la inversión extranjera.

https://www.youtube.com/watch?v=T1GatsxxQfA

 

 

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POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 6 DE DICIEMBRE DE 2015 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/opinion/foros/institucionalidad-poder_0_1528647124.html

En el último momento, Costa Rica siempre ha sabido salir a flote

Me rompo la cabeza buscando firmes puntos de apoyo para sustentar un mensaje de esperanza. Entre propósitos y realidades, necesitamos renunciar, de una vez, al fácil recurso de señalar culpables con un dedo colectivo, tampoco exento de responsabilidades.

Testaruda como es, la realidad se rebela a los discursos y nos obliga a un realismo crudo. En diferentes aristas de la vida social, se amontonan a diario síntomas de alarma de diagnóstico reservado. Estamos cayendo lentamente, es cierto, pero cayendo, al fin, en una interminable espiral hacia abajo, en un descenso que es cada vez más amenazante.

Aquí no se trata de señalar culpables, porque el verdadero culpable es un nudo gordiano institucional de ingobernabilidad que nos tiene atrapados en un círculo vicioso de inercia que nos condena a una perenne mediocridad.

Podemos reconocer los sinceros esfuerzos de la administración Solís por ofrecer resultados, pero sobre todas sus intenciones se proyecta la sombra del disenso, con una institucionalidad anquilosada, que todo lo puede paralizar, para que en las próximas elecciones un renovado flautista de Hamelín nos toque la flauta.

¡Clamamos por obras, cansados de palabras! Pero las faenas más esenciales son invisibles al ojo humano. Queremos salir de la maraña, sin desenredarla, y eso no es realista. Queremos resultados, como si fueran posibles sin sus procesos. Cada vez vamos reconociendo con más fuerza que urgen movimientos decisivos que no vemos, puntos de inflexión hacia arriba que añoramos, acuerdos en todos los órdenes de la vida social que no llegan.

El realismo no es sinónimo de pesimismo, sino de voluntad de superación. Las miradas críticas tampoco son “oposición política”.

Conseguir cambios es la gran exigencia de los tiempos que vivimos. Pero ese consenso, impreciso y todavía amorfo, se presta mucho para la manipulación política. Cualquiera puede capturar esa disconformidad desde la llanura, para después pedir paciencia y conformismo.

Pero queremos y debemos ser comprensivos. Exigimos resultados, pero sin cambios institucionales de fondo no vamos a verlos.

Esa conciencia se está convirtiendo, cada vez más, en un consenso de opinión que comprende los límites institucionales que debemos destrabar.

Nuevo rumbo. Encallada está la nave nacional en el monumento de piedras y escollos en que hemos convertido nuestra democracia. A ese punto de consenso colectivo estamos casi llegando. Si logramos transformar esa conciencia en acuerdos para la acción, tendremos todavía derecho al optimismo.

Pero no estamos todavía ahí y es en esa dirección que debemos enrumbar el barco. Con realismo estamos constatando que la mejor calidad personal y profesional de jerarquía no incide en resultados, sin una sólida institucionalidad que los sustente.

Si el Comex sigue siendo el ministerio modelo, trapito de dominguear de todos los gobiernos, no es solo mérito de la calidad de su jerarquía, sino, sobre todo, de la solidez institucional que le respalda. Si las pymes languidecen, con Banca para el Desarrollo o sin ella, no es por falta de excelencia del jerarca de turno, sino por la debilitada rectoría del MEIC.

Las pocas pymes que se encadenan a las exportaciones están lideradas por el Procomer, del conglomerado institucional del Comex.

Al acusar las deficiencias de infraestructura, el Grupo Consenso no dice nada diferente, cuando advierte de la “incapacidad de gestión, manifiesta y sostenida en el tiempo, de los entes y órganos responsables en materia de infraestructura vial”.

De hecho, como confirmación a contrario sensu, la infraestructura nacional verá pronto los impactos positivos de una terminal de puerto de primer mundo, pero solo porque su desarrollo no depende de la institucionalidad nacional.

La persistencia de la desigualdad y los altos índices de pobreza cuentan la misma historia, sin importar nuestra formidable inversión social, ejemplar en América Latina y el mundo, pero dispersa hasta el descontrol y sin rectoría consolidada.

Lo mismo podemos decir de nuestro aparato empresarial, con una dualidad productiva que refleja la misma dualidad institucional: un clúster de primer mundo, hacia fuera; un cuchitril institucional, hacia dentro. Yo estuve en ambos monstruos y les conozco las entrañas.

Supremacía de la institucionalidad. ¿A qué institución pedir cuentas por la falta de pertinencia y de alineamiento de la formación educativa, sobre todo terciaria, con las necesidades productivas del país?

Ahí, el sombrero académico, que con orgullo llevo, me da dolor de cabeza, porque no creo que la autonomía universitaria, que defiendo, haya sido diseñada para proteger torres de marfil separadas de las necesidades nacionales. Si las ingenierías son de las carreras de mayor demanda, ¿por qué tienen tan escasos estudiantes? ¿Quién nos rinde cuentas de esto? No los jóvenes que quedaron fuera antes de empezar.

La supremacía de la institucionalidad es la conclusión a la que llega también Luis Alberto Moreno, presidente del BID, quien señala que no deben introducirse políticas públicas, ni siquiera las más eficientes y correctas, si no existe el respaldo de una institucionalidad adecuada que las ponga en práctica. En realidad la institucionalidad gobierna o desgobierna.

De lo que se trata es de escudriñar los verdaderos signos de los tiempos que vivimos, en las actitudes y ánimo de los protagonistas para descifrar el real y posible margen de maniobra, que propicie una transformación institucional en los diferentes y complejos frentes de nuestra vida pública en crisis.

Aquí hay remo para todos los barcos, y la lluvia cae pareja sobre todas las banderas. Esa, curiosamente, es la nota positiva que quiero dejar: el barco ya no aguanta.

La otra vez me pregunté: ¿qué tenemos que innovar para innovarnos? Yo creo que transformar nuestra institucionalidad. Confío en que lo haremos. En el último momento, Costa Rica siempre ha sabido salir a flote. Estamos llegando ahí. Con el agua al cuello, algo haremos.

La autora es catedrática de la UNED.

 

 

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POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 3 DE ENERO DE 2016 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/opinion/foros/secreto-tigre-celtico_0_1534246578.html


Nosotros hacemos una gestión de nuestra paz social como diálogo interesado entre sordos

La paz es un concepto tan emblemáticamente enraizado en nuestra consciencia colectiva que adoramos referirnos a nosotros mismos como la Suiza Centroamericana.

Nada tengo en contra de esa contemplación nacional extática de vivir en un país pacífico y tranquilo. Eso está bien. No tenemos ejército. Vivimos en democracia y alternancia de cantos de sirena, en los que encallamos cada cuatro años.

El vernos como palomas suizas no está mal. Es una imagen positiva, que transmitimos generación tras generación. No es totalmente merecida, es cierto, pero es justa desde el punto de vista aspiracional.

Sin embargo, la paz social tiene en nosotros un deje de pasividad que no llena nuestras necesidades más profundas. Necesitamos algo más activo, como conducta social a la que deberíamos aspirar. Yo invito a adoptar otro paradigma, el del céltico tigre irlandés.

Método nacional. En 1991, Irlanda era uno de los países más pobres de la Unión Europea. Diez años bastaron para ser el segundo productor per cápita, con un crecimiento del 10% por más de 20 años. En el 2000, había reducido su desempleo al más bajo nivel funcional del 4%, casi menos del mínimo necesario para permitir la movilidad laboral y el crecimiento competitivo de las empresas.

Era ya un país más productivo que Alemania. Logró pasar de una lamentable deuda pública del 120% del PIB, en 1991, a un 25% de deuda externa total (pública y privada), en el 2007.

El gobierno central irlandés pasó, en sus 20 años de gloria, de presupuestos deficitarios a ligeramente superavitarios. Eso se conoce como “el milagro irlandés”.

¿A qué santo le pusieron velas los católicos irlandeses? El “santo” de ese milagro se llamó concertación. Y no me refiero a un acuerdo como fragmento aislado de procesos políticos coyunturales. En Irlanda, la concertación fue “método”, asumido nacionalmente como sistema de gobernanza y cotidianamente interiorizado por todos los actores, esencia misma de la “manera irlandesa”.

A ese país se emula cuando se quiere resolver problemas por la vía de la negociación, el diálogo y el compromiso asumido de sacrificios compartidos.

A eso me refiero cuando desearía para mi país el paradigma irlandés. Somos pacíficos, pero empedernidamente confrontativos. Nuestro santo es la desconfianza y nuestra seña el interés particular por encima del colectivo.

Vivimos como sumatoria de intereses particulares donde encalla todo buen propósito. El “¿qué hay para mí?” supera siempre al “¿qué hay para todos?”.

¡Imagínense cada vela buscando sus propios vientos! Así no hay capitán que valga, a no ser repartiendo prebendas.

El milagro irlandés comenzó en 1987 y lleva el emblemático nombre de Acuerdos de Alianza Social (Social Partnership Agreement ). Gobierno, sindicatos, cámaras gremiales, empleadores y, recientemente, hasta organizaciones comunales, territoriales y de voluntariado se comprometieron a ejecutar grandes acuerdos que implicaban también sacrificios, en un abanico que abarcó las grandes problemáticas de cada momento.

Así salió Irlanda de la crisis de los 80, generó empleo en los 90, aumentó la competitividad en el 2000, logró ganarle el pulso a la pobreza y pudo competir con los países nórdicos en términos de equidad y disminución de la desigualdad, en el 2005. Sus últimos Acuerdos de Alianza Social abordaron temas de desarrollo sostenible y equitativo.

Segundo milagro. Si en el 2010 cayó en la crisis económica del euro fue, en parte, probablemente porque su esquema de acuerdos sociales había caído en una monótona repetición de gestos y acumulación inevitable de retórica.

Aunque el Estado era responsable de menos del 5% de la deuda externa del país, su endeudamiento externo privado la hundió en la crisis del euro, como uno de los chanchitos de los renombrados PIGS.

La crisis del euro sacó a Irlanda de la zona de autocomplacencia en la que había caído. Salió de ese estupor haciendo uso de su mejor activo social adquirido: su sistema de diálogo social.

Tuvo que renovar sus mecanismos de concertación y ahora muestra, de nuevo, ese dinamismo pujante que caracterizó su primer milagro. Se habla ya de un segundo.

Por medio del diálogo social se llegó a la esencia misma que explicó su primer milagro: las cosas necesitan ponerse peor, antes de mejorar. Es decir, de una crisis no se sale sin sacrificios, pero estos no pueden ser resultados ciegos de mercado. Necesitan un sentido dirigido.

Irlanda lo hizo con una apuesta tecnológica fomentada por estímulos fiscales (y eso nada menos que durante las vacas flacas de su crisis fiscal).

Como no hay chocolate sin cacao, eso implicó recortes salariales, en primer lugar, en el sector público, altamente sindicalizado, pero también se aceptó un alto a los incrementos salariales en el sector privado.

Esto dio margen a que el Estado pudiera otorgar ahorros fiscales a las nuevas inversiones, con lo que logró remozar su industria, haciendo más competitivo el tejido tecnológico, que se ha convertido en el motor de la economía irlandesa.

Al mismo tiempo, impuso obligaciones nuevas a la inversión extranjera directa, presionando a las multinacionales a radicarse localmente.

Los resultados hablan por sí mismos: el crecimiento económico es, otra vez, el más alto de la Unión Europea. El PIB irlandés creció en el 2014 un 7,7%, igual que China. Sus exportaciones crecen al 8% trimestral. El 65% de las empresas grandes y el 70% de las pymes reportaron crecimiento, resultado de un sistema de gobernanza basado en buscar, alcanzar y ejecutar consensos. Ese es el secreto repetido del tigre céltico.

Nosotros, en cambio, hablamos mucho de consenso, lo buscamos poco, algunas veces lo alcanzamos, pero casi nunca lo implementamos. Nosotros hacemos una gestión de nuestra paz social como diálogo interesado entre sordos.

En la carta al Niñito Dios espero hayan pedido un duendecillo irlandés, de barba roja y delicado trébol sobre su sombrero verde, pero no para ponerlo al otro lado de la acera.

La autora es catedrática de la UNED.

 

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POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 14 DE ENERO DE 2016 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/opinion/foros/hora-hornos_0_1536446351.html


Dice un refrán irlandés: “Solo cuando tocás fondo no hay nada que perder, sino solo crecer”.


El ciudadano de “a pie” califica al gobierno con dureza. Recientes encuestas expresan un nivel de insatisfacción especialmente doloroso para quienes votaron por don Luis Guillermo Solís.

¿Nunca tantos se equivocaron tanto? Al ser tan duros en sus primeros 18 meses, ¿erran, otra vez, ahora?

En todo caso, si ese severo diagnóstico de descontento peca, ¡ojalá!, de prematuro, algo sí está claro: no fue de gran acierto que el gobierno concentrara su comunicación con la ciudadanía, al cumplir sus primeros cien días, destapando fango.

Escarbar puntuales asuntos desabridos, de mal olor y larga data, enlodaba más la “cancha embarrialada”. Sacar podredumbre a flote, como acto de exhibicionismo público, fomentó más discordia y entorpeció lo que más necesita Costa Rica: un diálogo social frente a la avalancha que se nos viene. No era momento de reclamos sino de acuerdos.

Reiterar denuncias era un lujo que no podía permitirse, sobre todo, sin tener capacidad real de reparar los daños denunciados, como meses después quedó en evidencia.

Fue un escenario revelador, sin embargo, no tanto de los males de la función pública, sino de no saber distinguir entre la retórica para ganar y la sabiduría para gobernar. La impudicia estéril de aquellas denuncias escandalosas invitaba a la confrontación. Era un ejercicio de distracción que dejó al descubierto la ausencia de una estrategia de concertación a largo plazo.

Aquel impudor dejó que la mirada pública se adentrara en la pus de nuestro monstruo estatal sin realmente desentrañarlo. Lo digo tanto en el sentido de “comprenderlo”, como de remozarlo, ya que nuestro Estado es un organismo de intestinos perezosos, que ha olvidado la función vital de renovarse.

Estamos claros en que esta situación no es culpa de don Luis Guillermo. También a él le cayó por sorpresa la lotería inesperada del sufragio de un pueblo cauteloso que quería un cambio, pero no tanto.

Lo que sí se le puede y debe reprochar a don Luis Guillermo es que no haya enastado las banderas que llevaba, como instrumentos de renovación democrática: transparencia, sin empujones de Sala Cuarta, y, sobre todo, concertación social.

Ambos fueron temas explícitamente abordados por los dos principales candidatos. Don Johnny, con el apelo a un gobierno de unidad nacional, proclamaba que ningún partido puede, por sí solo, sacar a Costa Rica del hueco. Don Luis Guillermo centró su discurso en la promoción de la participación ciudadana. Yo creo que esa bandera fue un componente importante del voto popular. ¡Charita!

Falta respaldo. Es cierto que existe una tímida concertación en temas de competitividad con dos Consejos. Aun así, con todo y lo positivo de esos diálogos, nadie los conoce, se mantienen marginados de la vida pública, el presidente no los asume personalmente, tienen bajo perfil ejecutivo y no logran encontrar iniciativas de consolidación institucional. Ese es el punto, no responden a un contenido estratégico de gobierno y no tienen institucionalidad de respaldo.

Por esa razón, quiero volver a Irlanda. En 1985, frente al abismo en el que estaba, Irlanda vio hacia el cielo, no hacia el fango. Buscó salidas, no denuncias. Pasó de la protesta vociferante a la propuesta concertada y, lo más importante, cada acuerdo social respondía a un estudio sin ideología, con un documento guía, un mapa de ruta y una institucionalidad de respaldo.

Y la Irlanda de 1985 estaba peor que la Costa Rica de hoy. Tenía mayor deuda pública, 120% del PIB contra menos del 60% nuestro; sufría una fuerte inflación, que nosotros no tenemos; su inversión estaba estancada, cuando nosotros tenemos inversión extranjera y gozamos de préstamos internacionales.

Irlanda padecía un mayor déficit fiscal, con el agravante de tener un ya elevado nivel impositivo, lo que le quitaba margen para recetar nuevos impuestos, sin apretarse la faja. Para colmo de males, más del 70% de sus requerimientos energéticos dependían del petróleo importado. ¿Querés más masa, lorita?

Pero en su hora de los hornos, Irlanda convirtió la crisis en oportunidad y salió fortalecida, y no una, sino dos veces.

La estrategia. En su primera crisis, Irlanda creó un Consejo Económico Social Nacional, de carácter institucional, como órgano consultivo directamente vinculado al despacho del primer ministro. En 1986, en lo más álgido de la crisis, este organismo llamó al diálogo social. Este diálogo se tradujo en un Programa para la Recuperación Nacional, que fue piedra angular de la arquitectura institucional de su primer Acuerdo de Alianza Social. En él participaron todos los actores: gobierno, sindicatos y empleadores. El Legislativo participaba a través del Ejecutivo, por el carácter parlamentario de Irlanda.

Los resultados fueron simplemente apabullantes. Apenas en los primeros tres años del acuerdo, se recuperaron las tasas de crecimiento a más del 4%; disminuyó la deuda nacional, de 125% al 98% del PBI; y bajó en un 26% el número de desempleados.

Diez años después, los resultados se fueron consolidando en lo que ya se consideraba un milagro económico, e Irlanda se había convertido en uno de los países más ricos de la Unión Europea.

¿Cómo lograron esto? Aprendieron la principal lección de sus primeros años de éxito e interiorizaron su propio proceso, con una renovación constante de sus alianzas sociales, que se convirtieron en la columna vertebral de la arquitectura institucional de la política económica, competitiva, social, ambiental, educativa, salarial y municipal irlandesa. A cada pacto, un tema y una institución articuladora.

¿Qué tuvieron los irlandeses a su favor? ¡Haber tocado fondo! Así lo dice un refrán irlandés: “Solo cuando tocás fondo no hay nada que perder sino solo crecer”.

¿Qué nos falta a nosotros? No estar todavía en nuestra propia hora de los hornos. Este gobierno está perdiendo el momento para reaccionar y la credibilidad para tener convocatoria. Eso es lo más triste que tiene no escuchar las voces de “a pie”. ¡Que despierte el leñador!

La autora es catedrática de la UNED.

 

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