POR VELIA GOVAERE -
De todos los yerros de Trump, el de mayor alcance histórico fue confrontar a China, en detrimento de una participación activa en el sudeste asiático
No duró mucho tiempo el mundo unipolar bajo égida de Estados Unidos. Fue un corto interregno de medio siglo después de la caída del muro de Berlín.
Nuestra generación presenció ese punto de inflexión de la historia. Veníamos de una confrontación entre sistemas económicos que se disputaban la hegemonía mundial, con propuestas sistémicas alternativas.
Comunismo o capitalismo resumían el dilema que se encapsulaba en la Guerra Fría, bajo la constante amenaza de una hecatombe nuclear.
Eso terminó razonablemente bien. El comunismo soviético se reveló utopía retardataria. Implosionó sin mayores traumas, incapaz de competir con el capitalismo, bajo liderazgo estadounidense.
Su disolución pacífica fue sorprendente y bien recibida. También significó el punto culminante del capitalismo como organización mundial de la producción y, en la mente hegeliana de Fukuyama, el triunfo definitivo de la democracia liberal como sistema político.
El término genérico de globalización sustituyó aquella confrontación y abrió un nuevo capítulo.
En Europa oriental, Asia y ahí, en particular, en China, masas de mano de obra se incorporaron a la maquinaria capitalista globalizada.
Las inversiones buscaron «eficiencia» de costos laborales y tributarios, escapando al fisco o buscando mano de obra barata.
Las industrias se relocalizaron para aprovechar esas condiciones, sobre todo en China, que con visión política premonitoria adaptó su sistema a las necesidades del capital mundial que llegaba a sus costas y se convirtió en la fábrica del mundo.
Precarización laboral. Mientras tanto, regiones enteras de paises industrializados quedaron desoladas. La clase obrera occidental quedó debilitada, sin margen de negociación.
Salarios y condiciones laborales se estancaron. La fuerza proletaria quedó diezmada, erosionando los partidos que sustentaban en ella su espacio electoral.
Es el caso de la socialdemocracia europea y también de los demócratas de los Estados Unidos, que se vieron sin piso de soporte social.
Para retener inversiones, los Estados desarrollados precarizaron el mundo laboral, disminuyeron impuestos y desregularon economía y finanzas.
Como resultado, se endeudaron sin respaldo fiscal para políticas redistributivas. La movilidad social se frenó y la clase media mermó.
Las nuevas condiciones del comercio y la producción generaron inmensa riqueza. Pero quedó desigualmente distribuida. Entre 1980 y el 2016, el 1 % de los sectores de mayores ingresos captaron el 27 % del total de las rentas y el 50 % de la población accedió solo al 12 %.
Las sociedades occidentales quedaron fragmentadas, resquebrajada la promesa democrática y rota la cohesión social.
Esas condiciones se disimularon tras una inmensa burbuja financiera que estalló en el 2008. Poco después, comenzaron sus grandes impactos políticos, primero el brexit, luego la victoria de Trump.
Ahora está claro: sin fortalecer las finanzas públicas no se superará la división política, social y territorial resultante.
Fábrica asiática. En Asia, en particular China, el desarrollo ha sigo espejo invertido del escape de capitales de Occidente. De todos los paises desarrollados llegaron inversiones atraídas por sus condiciones.
Regiones enteras se transformaron en áreas industriales. Los productos chinos invadieron el mundo, cada vez con mayor valor agregado derivado de una sistémica creación de capacidades locales e innovación tecnológica.
Eso facilitó altas y sostenidas tasas de crecimiento. Las exportaciones reforzaron las finanzas del Estado y mientras una parte del mundo se endeudaba, China se convertía en su acreedora.
Por lo menos el 60 % de la deuda total del G20, especialmente de Estados Unidos, está en manos chinas. El Estado chino reforzado invirtió en capital humano, infraestructura e innovación tecnológica.
Millones salieron de la pobreza, creció la clase media y está en un salto tecnológico que apenas empezamos a vislumbrar.
Con 157 millones de personas, China tiene la segunda clase media del mundo. Supera a Estados Unidos en exportación de bienes, desde el 2006; en el 2012, lo sobrepasó en valor agregado y, desde el 2016, su participación en el producto interno bruto mundial (18,2 %) superó a Estados Unidos (15,3 %).
En el 2019, China se convirtió en el primer solicitante de patentes (OMPI). Si unimos estas realidades al fantástico dinamismo tecnológico de Corea del Sur y Japón, es todo un desplazamiento histórico de la innovación hacia Asia. Ahí, la cohesión social y la estabilidad política son otro contraste con Occidente.
Verdadero cambio de siglo. Con ese crecimiento, el mundo unipolar terminó. Es una nueva inflexión histórica, marcada por la inccorporación del sudeste asiático como motor del desarrollo mundial, con China, Japón y Corea a la vanguardia.
Trump no entendió la magnitud del cambio de siglo. Lo vio solo en términos de déficit comercial. De todos los yerros de Trump, el de mayor alcance histórico fue confrontar a China, en detrimento de una participación activa en el sudeste asiático.
¡Pero, cuidado! Tampoco estamos en la antesala de otra guerra fría. Eso sería un desastre de entendimiento histórico.
A diferencia de la Unión Soviética, China no se presenta como alternativa contrapuesta a los modelos occidentales. Su estilo de desarrollo no es confrontativo.
Todo lo contrario, asume el multilateralismo de posguerra y refuerza la evolución del mundo hacia un sentido de pertenencia civilizatoria, incluido el cambio climático.
Si Occidente ya no puede sostenerse sin China, sería poco afortunado intentar hacerlo contra ella.
La política exterior de Estados Unidos está en una encrucijada. No cabe en un cerebro cultural moldeado por la impronta de confrontaciones bélicas mirar el surgimiento de China sin la idea preconcebida de enfrentarla.
Joe Biden llega con la ardiente disyuntiva de confrontación o convivencia. No puede seguir la ceguera de Trump, pero tampoco ha planteado aún sus perspectivas en Asia. ¿Qué vientos predominarán en su administración? En ese escenario se juega el siguiente capítulo de la civilización humana.
La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED.
Artículo publicado en Periódico La Nación, 12 de diciembre 2020.
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el-siguiente-capitulo/I5BA6KQWJ5GGLH3WYL6CCTKU3U/story/
POR VELIA GOVAERE -
China es el paradigma cardinal de nuestros tiempos. En Asia está la piedra angular del rumbo de la historia
Cuando el 20 de enero del 2021 Joe Biden asuma la presidencia, se encontrará con la cancha totalmente embarrialada. El país estará en cuidados intensivos y no solo por la crisis sanitaria.
No hay espacio que no haya sido enlodado por la torpeza de Trump ni aspecto estratégico de las políticas públicas que no haya sido víctima de decisiones contrarias al interés público.
Central en esas cumbres borrascosas es la herencia nefasta de una división política extrema que hará cuesta arriba su mandato. Y aún con improbable mayoría legislativa, Biden tendrá las manos llenas sin haber puesto siquiera un pie fuera de las fronteras, donde el mundo aguarda expectante el retorno juicioso de Estados Unidos.
Ahí se agolpan desafíos: retorno al multilateralismo debilitado, regreso a las alianzas abandonadas, reconocimiento a los compromisos contra el cambio climático, política de contención de Rusia, freno al desate mediterráneo de Erdogan, perspectivas comerciales de largo aliento con Europa, sin hablar de la amenaza nuclear de Irán y del complejo escape de compromisos militares insensatos en Oriente Próximo.
Mil hojas sueltas aún sin definir. Pero ninguno de esos escenarios es tan estratégico como el ascenso de la estrella china, con un progreso incuestionado que se contrapone al instante de mayor debilidad de Estados Unidos.
Piedra angular. China es el paradigma cardinal de nuestros tiempos. En Asia está la piedra angular del rumbo de la historia. El malestar provocado por la deslocalización de industrias del rust belt que se fueron a Asia le dio la victoria a Trump y, con él, Estados Unidos perdió todo sentido de sensatez, cuando más la necesitaba.
Sería, tal vez, mérito de Trump haber colocado a China en el centro de la atención. Pero la fortaleza de China iba más allá de su balanza comercial y eso Trump no lo entendió. Aun así y sin azimut, desde el 2017, se visualiza a China como un competidor estratégico de largo plazo; sin embargo, la guerra comercial de Trump no era lo más relevante en la rivalidad multidimensional entre una potencia hegemónica establecida y otra en ascenso.
Para Estados Unidos, China es una potencia emergente que ya le disputa su hegemonía en el mundo. En eso hay un amplio consenso bipartidista, pero sin una política nacional coherente. Eso no existe. Se tratan asuntos militares, tecnológicos, de derechos humanos o comerciales, pero de forma aislada.
El abordaje de Trump, centrado en el comercio, era unidimensional y fallido. Las sanciones arancelarias no hacen mella en la verdadera dimensión de las fortalezas de China. Solo la miopía explica cómo Trump cedió a China grandes espacios de liderazgo comercial en Asia, con el retiro del Acuerdo Transpacífico (TPP) que le habría ofrecido a Estados Unidos una presencia privilegiada en Asia.
Al renegar del TPP propició, en cambio, que China llenara ese vacío con la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), futuro eje del comercio asiático.
Atenta para actuar. Ante cada vacío de política estadounidense, China ocupó la esfera vacante. Así, abandonó Trump otros espacios emblemáticos que China también llenó: en Naciones Unidas, en organismos multilaterales y hasta en capítulos decisivos, como el cambio climático.
Mientras Trump se preocupaba por aranceles o exportar soja, China desarrollaba aplicaciones como TikTok, tecnología 5G, cámaras de vigilancia e inteligencia artificial, y se convertía en líder mundial del más lucrativo negocio tecnológico: los juegos en línea, mercado de $92.700 millones dominado por ella.
A fin de cuentas, se trata también de una lucha de esferas de influencia tecnopolítica. Mientras Trump encarecía importaciones banales, China invertía, ya en el 2018, más en importaciones de chips ($300.000 millones) que en petróleo ($240.000 millones). Así, fue como China sentó las bases de su dominio digital.
Por otra parte, existe una competencia ideológica cuyo resultado no puede darse por sentado. El capitalismo de Estado de China es una poderosa experiencia de éxito de un proceso de transformación y de modernización sistémica diferente al capitalismo occidental.
Esa combinación de progreso tecnológico, desarrollo económico y movilidad social es parte esencial de la narrativa del nacionalismo chino en el sustrato de su identidad. Para los países emergentes, China muestra que el avance económico y social no tienen por qué basarse en el paradigma occidental. Esa rivalidad de carácter ideológico también debe ser analizada.
El asunto es cómo. Cuando las empresas nacionales se espantan debido a perspectivas de impuestos o se demonizan propuestas de sistemas universales de salud, se comprende la ceguera sistémica de un capitalismo salvaje y sin patria. Este contraste también desempeña un rol. El capitalismo de Estado chino debe su empuje a las multinacionales que llegaron escapando de las conquistas sociales de los obreros de sus patrias. Mientras el desarrollo social se estancaba en Occidente, se generaba en China una formidable dinámica de movilidad social.
Dinamismo. El Banco Mundial calcula que apenas entre el 2012 y el 2018 las personas que vivían con menos de dos dólares al día pasaron de 87,8 millones a 3,7 millones.
En ese período, las firmas en bolsas chinas pasaron de 3.600 a 10.400 empresas. Si la infraestructura vial está paralizada en muchos países de Occidente, en China, en contraposición, hay duplicación de autopistas, sus vías férreas crecieron un 35 % y sus carreteras, un 14 %, en solo los últimos seis años.
En contraste, la promesa democrática tiene deudas pendientes y no se resolverán sin un nuevo paradigma de relación entre el Estado y las empresas nacionales.
¿Qué hará Biden? Llega con un partido dividido, las arcas agotadas, un espectro de obstrucción republicana y sin seguridad de mayoría legislativa.
Mal rumbo sería intentar llenar ese vacío estructural sistémico con un programa militar agresivo. El desorden reinante en los establos de Hércules necesita un retorno a la sensatez y a la prudencia.
La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED.
Artículo publicado en Periódico La Nación, 17 de diciembre 2020.
https://www.nacion.com/opinion/columnistas/pagina-quince-
los-establos-de-hercules/UIR6FOERPJFNZLYWCQ5B42V46I/story/
POR VELIA GOVAERE -
Trump se irá, pero su ´base´ no desaparecerá del del sistema en tanto no se atiendan las brechas que le dan sustento
Con lentitud exasperante, el cielo se aclaró. La victoria electoral de Joe Biden iluminó todos los horizontes. Hitchcock construyó el concepto cinematográfico de suspenso. El espectador sabe más que el protagonista y, sin embargo, el camino no se ajusta a la narrativa esperada. El suspenso no está en lo desconocido sino en la expectativa impaciente de lo anticipado. Así hemos estado. Comiéndonos las uñas.
Según el libreto previsto, “sabíamos” que ganaría Biden. Y su triunfo no fue ajustado. Terminará como el candidato más votado de la historia, con cerca de 5 millones más de votos que Trump. Sin embargo, aun así podía perder. De ahí el suspenso. Corría en un sistema electoral que permite la aberración de tener mayoría de votos y poder perder las elecciones. Le pasó a Clinton con 3 millones de votos más y a Gore con un exceso de medio millón. Así son las cosas.
Obligados a recorrer los vericuetos del Electoral College, hemos tenido que aceptar lo inaceptable. Una pérfida figura, mundialmente repudiada y constantemente desprestigiada resultó, para nuestro asombro, popular para millones de votantes. Trump es todo lo que un político no debería ser: patán, patológicamente mendaz, bravucón y sin un gramo de empatía. Aun así y después de perder, su sombra seguirá oscureciendo el panorama. Eso hace mucho ruido. La lógica de nuestros juicios racionales no basta para explicar la fuerza de la erupción pasional de poblaciones rurales marginadas, grupos económica y culturalmente atrasados, zonas olvidadas del progreso y masas humanas encapsuladas en prejuicios religiosos.
Caldo social explosivo. Sólo el sistema político de los Estados Unidos explica ese caldo social explosivo. Sin importar su población, cada Estado tiene dos senadores. Eso hace que un legislador de la agreste Montana represente a 500 mil personas y tenga la misma fuerza política que uno que responde a 20 millones de la dinámica California.
Ese sistema da fuerza desproporcionada a lo rural frente a lo urbano, a lo local frente a lo cosmopolita. Un mapa del espectro electoral lo muestra gráficamente. Azules-demócratas las costas de ambos océanos y rojo el centro.
En ese sistema que distorsiona el peso electoral de las poblaciones dinámicas a favor de las zonas atrasadas, fue un milagro de la pandemia y de la estupidez de Trump, que Biden nos rescatara de esa miseria. Un regalo navideño anticipado. Joy to the World!
En la sociedad de la globalización y la innovación tecnológica, las curules senatoriales premian el rezago y se rinden a la fuerza insólita del resentimiento
Trump no creó las brechas de la miseria contra el progreso. Pero fue el brujo que conjuró la rabia acumulada. Y no hay que quitarle mérito. Interpretó como nadie el furor de la ignorancia y el rencor de la impotencia.
Lo hizo de una forma al mismo tiempo insolente y brillante. Impredecible como la ola humana de intolerancia que conjuró hacia su abismo, Trump fue el rugido vulgar de la sinrazón. Pero más allá de sus males y daños, dejó al desnudo las venas abiertas de un país con el alma fracturada.
Es el producto más aberrante de una realidad social escindida y su partida no será suficiente para detener la hemorragia.
Su sombra. La “base” de Trump es una realidad social con un peso electoral formidable reflejado en sus votos. Él tendrá que irse, pero su “base” seguirá. No desaparecerá del sistema mientras no se atiendan las brechas que le dan sustento.
Por eso, el partido Republicano no se desmoronó y tal vez seguirá con mayoría en el Senado. Su cúpula no apoyó a Trump de forma incondicional. Detrás de su sumisión a los caprichos del mandatario, la élite conservadora logró dejar impronta de largo plazo en la institucionalidad del país. Se acomodaron a sus bufonadas, pero vendieron caro su vasallaje.
Los republicanos llenaron las cortes federales con más de 250 jueces y aseguraron una mayoría de 6 a 3 jueces en la Corte Suprema. Los republicanos llenaron su agenda, bajaron impuestos al sector más pudiente y a las grandes compañías y retomaron el proceso de desregulación de la vida económica, que Obama había interrumpido y que la nueva Corte Suprema puede llevar a extremos inimaginables.
Todo quedó por la libre, empezando con los mercados financieros que produjeron la crisis del 2008. También la producción fue liberada de restricciones ambientales y laborales, debilitadas las agencias de administraciones regulatorias.
El votante medio de Trump, hombre blanco de medios rurales y de bajo nivel educativo, no tiene ni idea del daño que estas políticas incuban. Para esa base electoral de pocas luces, la imagen de aparente empresario exitoso se tradujo en la posibilidad engañosa de empleos, más que nunca anhelados en medio de la pandemia.
Así llegan Joe y Kamala, con las manos probablemente amarradas por un Senado que si queda en manos de McConnell se opondrá a cada iniciativa de la administración Biden-Harris, para que no puedan cumplir sus promesas de campaña.
Este senador de Kentucky ya había logrado paralizar a Obama, obligándolo a una interrupción anticipada de sus incentivos económicos. Así le arrebataron el Senado.
Ahora se aprestan a secuestrar las buenas intenciones de Biden. Pero no todo está perdido. Biden, más que nadie, sabe surcar ese pantano y tiene experiencia en cruzar la acera. Tal vez encontrará apoyo, para algunas de sus políticas, en Susan Collins, la única senadora que se opuso al nombramiento de la Jueza Conney Barrett a la Corte Suprema, y en Mitt Rommey, el brillante exgobernador de Massachusetts, que impulsó los programas sociales que antecedieron al Obamacare.
Pero atrás quedarán esperanzas más ambiciosas: inversiones masivas demandadas por la pandemia, eliminación del filibusterismo y cualquier intento de modificar la relación de fuerzas en la Corte Suprema.
Vencer a Trump fue el más simple de los desafíos. En otra hora, serán otras batallas. Hoy por hoy, el mundo respira aliviado. Disfrutemos esa conquista inconclusa.
La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED.
Artículo publicado en Periódico La Nación, 7 de noviembre 2020.
POR VELIA GOVAERE -
La unión comercial de 15 países bajo liderazgo chino es la secuela más trascendental de la política de confrontación comercial desatada porTrump
El comercio mundial toma vuelo, por encima del ruido ensordecedor del proteccionismo de Trump. Bajo el signo de la victoria del multilateralismo y el libre comercio, Li Keqiang, alto funcionario chino, saludó desde Pekín la firma de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que asocia comercialmente a 15 países bajo liderazgo chino. Además de China, incluye los 10 países de la ASEAN, a los que se suman Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelandia.
Es un tratado de libre comercio que ha sido calificado como el acuerdo regional más productivo de la historia económica. Sus dimensiones son colosales. Las economías combinadas de sus miembros equivalen al 30% del PIB mundial. Su intercambio representa el 28% del comercio global con un mercado de 2.200 millones de consumidores, en la región de mayor crecimiento del orbe. Se estima que el tratado acelerará las economías de esos países, generando un incremento comercial de 428 mil millones de dólares, con un impacto en el PIB mundial de 186 mil millones de dólares en una década.
Pero su aspecto más relevante es de carácter geopolítico, como un cambio de eje de la economía mundial. Por vez primera, desde inicios de la globalización, el liderazgo del comercio estará desacoplado de los Estados Unidos. Esto apunta a un giro histórico en la hegemonía económica, bajo el liderazgo de China, que se presenta como el motor de este acuerdo. Este resultado, contraproducente para los intereses norteamericanos, es la secuela más trascendental de la política de confrontación comercial desatada por Trump, en su guerra comercial con China.
Contrapeso perdido. China era ya una estrella ascendente. La administración Obama había comprendido el creciente peso geopolítico del sudeste asiático, su progresiva importancia económica y la relevancia que tenía, para los Estados Unidos, participar activamente, como parte y líder de ese proceso, haciendo contrapeso a la cada vez mayor influencia regional de China.
Por eso, Obama había promovido el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). La Latinoamérica bañada por el Pacífico había visto la oportunidad que ese acuerdo abría para la región. México, Chile y Perú se habían integrado a esa ambiciosa iniciativa que habría sentado el cimiento del futuro económico con dominancia asiática, pero sin China.
China lo había entendido así y, para no quedarse al margen, había desarrollado, desde 2012, sus propias iniciativas de mega-acuerdos regionales.
Tanto Trump como, extraña y contradictoriamente, Hillary Clinton, no vieron la relevancia del TPP de Obama. Clinton, como Secretaria de Estado de Obama, había liderado el proceso, pero se había echado atrás.
Ambos renegaron del TPP, en medio de la campaña de 2016, bajo la influencia distorsionante del resentimiento de la clase obrera industrial, por la deslocalización de empresas, a favor de China y los efectos del déficit comercial, por la competencia de productos asiáticos.
Guerra personal. Trump, ya presidente, retiró formalmente a su país de ese acuerdo, dejando un vacío que ya China había comenzado preventivamente a llenar.
Con su guerra comercial, bajo el lema proteccionista de "Estados Unidos primero", destruyó la política de Obama de formar parte del desarrollo de la región más dinámica del mundo y de contrarrestar así la influencia china.
Su resultado fue que los países de Asia no sólo siguieron el esquema del TPP, sin Estados Unidos, sino que, además, volvieron el rostro a China, que supo aprovechar el vacío de liderazgo que había dejado Washington. Obama había visto venir eso y había intentado prevenirlo.
Aspectos excluidos. Con Estados Unidos dentro, el TPP habría sido un acuerdo más profundo que tocaba temas de trascendencia, como derechos laborales, políticas ambientales y propiedad estatal de las empresas.
El RCEP se queda corto en eso. El 65% de los productos entrará en calendario de desgravación arancelaria, se abordan temas como economía digital, inversiones y alguna cobertura de propiedad intelectual, pero no se tocan derechos laborales ni ambientales.
Eran temas que tenía el TPP y que habrían creado un cerco a la explotación laboral y al subsidio de empresas estatales como ventajas comerciales discriminatorias.
Con un RCEP, sin Estados Unidos, la exclusión de esos temas le da mayores ventajas a China. El RCEP es menor que el TPP, pero presenta extraordinarias oportunidades de inversión regional, así como la creación de un entorno favorable para encadenamientos productivos.
Al estar cubiertas las cadenas de valor por reglas comunes de origen, la producción de partes e insumos puede integrarse como regional con libertad de movimientos sin aranceles, simplificando la inversión extranjera y aumentando las ventajas de operar dentro de la región asiática.
En enero del 2021, Biden encontrará este panorama. En la campaña, el tema comercial estuvo ausente. Biden ha evitado ahora asumir posiciones. No es su prioridad. Su mirada está en combatir la pandemia y reactivar la economía. Pero el capítulo comercial no puede estar mucho tiempo fuera de su agenda. Estados Unidos sigue siendo el motor de la economía mundial y el primer destino de los productos chinos.
China tiene un superávit comercial de 421 mil millones de dólares, de los cuales más de la mitad son exportaciones a Estados Unidos. El RCEP le permite una fuerte diversificación de destinos para disminuir esa dependencia comercial.
Para Estados Unidos, el RCEP no puede ser un TLC más. Simboliza y encarna la ascendente hegemonía de China como potencia económica dominante en el entorno asiático.
Estamos en un instante en el que se está cimentando la imagen de China en detrimento del liderazgo norteamericano. No es tiempo para incertidumbres con esa región. Washington necesita una reorientación.
El RCEP es testigo del vacío que dejó Estados Unidos y también de cómo la guerra comercial de Trump no detuvo, sino más bien aceleró el ascenso de la estrella china.
La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED.
Artículo publicado en Periódico La Nación, 7 de noviembre 2020.
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