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Gobernanza para el desempeño exportador de los servicios modernos

La economía mundial se desmaterializa. El surgimiento de nuevas tecnologías como la manufactura aditiva, la inteligencia artificial, las plataformas digitales y el Internet de las cosas (IoT) permiten, con mayor facilidad, producir, mover y comercializar productos y servicios en todo el mundo.

En los años ochenta, noventa y dos mil se había producido un gran dinamismo del comercio tradicional de bienes. Desde 2010, ese dinamismo se ha trasladado a las actividades facilitadas por las nuevas tecnologías digitales. Desde entonces, la tasa de crecimiento de los flujos transfronterizos aumenta proporcionalmente con su intensidad digital. Sin embargo, nuestra región no está aprovechando en todo su potencial esta revolución tecnológica que ya se ha venido a llamar la cuarta revolución industrial.

nanno mulderTomemos en cuenta que el sector de servicios tradicionales ha venido creciendo, en Costa Rica, y concentra ya la fuerza de trabajo y también la generación de empleo. A finales de 2019, previo a la crisis generada por la pandemia del Covid-19, el sector servicios generaba más del 70% de los puestos de trabajo. Esta situación es todavía de mayor impacto en la población femenina. El 84% de la fuerza laboral femenina labora en servicios (725 mil empleos) y fue el sector laboral que más creció en 2019. El sector servicios tiene un fuerte impacto en las pymes, donde el sector de comercio y servicios concentra un 84% de ellas.

El sector servicios tiene una dinámica semejante de crecimiento en las exportaciones. Entre 2012 y 2019, las exportaciones de servicios tuvieron un crecimiento del 53%. Las ventas de servicios pasaron de US$6.209 millones en 2012, a US$9.503 millones en 2019. También se incrementó su participación en las exportaciones totales, pasando de 42% a 45%.

La mayor importancia de los servicios, tanto en la producción como en las exportaciones totales, es el cambio estructural más importante que ha tenido la  economía costarricense. Desde 2016, la balanza de servicios registró un superávit mayor que el déficit permanente en la balanza de bienes. Eso tiene como impacto una mejora de la cuenta corriente de la balanza de pagos, lo que, a su vez, mejora el balance externo del país.

Este crecimiento de las exportaciones de servicios no sólo genera oportunidades de empleo, sino que también aumenta la oferta de divisas en el país, ya que servicios es un sector mucho menos dependiente de las importaciones. Lo contrario ocurre en la exportación de mercancías.

Adicionalmente, y es lo más trascendental, la exportación de servicios es el mejor aliciente para el desarrollo de capacidades humanas, en un espacio decisivo para el desarrollo del país en la sociedad del conocimiento. También representa un enorme reto porque la formación profesional que ofrecen las universidades está en rezago con relación a la demanda de personal calificado de este sector.

sandro zolezziCon esos antecedentes, el 17 de julio de 2020, (OCEX) el Observatorio de Comercio Exterior de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), organizó un diálogo con especialistas de primer orden de la región, sobre este novedoso tema: "La Gobernanza de  la Exportación de Servicios". En esta videoconferencia internacional se presentó como primicia una investigación internacional de alto nivel, el estudio: “Gobernanza y desempeño exportador de los servicios modernos en América Latina y Costa Rica”.

Se ofreció una robusta discusión de especialistas, que conformaron un panel de alto nivel. Entre ellos, se contó con Nanno Mulder, jefe de División de Comercio Exterior e Integración de la CEPAL, Chile. El señor Mulder nos presentó la investigación titulada: “Servicios modernos en América Latina y la India: La clave de la gobernanza”. (Descargue su presentación: "promoviendo los servicios modernos").

Este evento tuvo como eje una investigación coeditada por nuestro invitado, quien nos presentó una síntesis de ese estudio. (Accesar al PdF del estudio, editorial CEPAL)

Su investigación se enmarca en las actividades del convenio entre la CEPAL y la fundación Konrat Adenaguer, conocida como KAS por sus siglas en alemán. Dentro del Programa de Cooperación de Alianzas para la Democracia y el Desarrollo con América Latina, de acrónimo ADELA.

Éste programa es iniciativa de la Fundación KAS, organismo de la cooperación de los partidos de la Democracia Cristiana de Alemania. Sin embargo, nuestro evento fue de carácter académico, autónomo e independiente de agendas políticas o ideológicas.

roy menaSe inició con las palabras de bienvenida a cargo del señor Vinfrit Veck, director del programa regional ADELA, de la Fundación KAS.

Luego expuso Sandro Zolezzi, gerente de Investigación, Monitoreo y Evaluación de la Coalición Costarricense de Iniciativas de Desarrollo (CINDE). El señor Zolezzi es coautor del capítulo quinto, de esta investigación, dedicado a Costa Rica. En su exposición abordó el éxito de nuestro país. Brindándonos así la visión institucional costarricense. (Descargue su presentación: "Costa Rica: el éxito basado en la coordinación a largo plazo").

Posteriormente, tuvimos al señor Roy Mena, director de Asuntos Corporativos de Sykes. Él es también Presidente de la Cámara de Servicios Corporativos de Alta Tecnología (CAMSCAT). El señor Mena nos brindó, en su disertación, la perspectiva del sector privado costarricense. (Descargue su presentación: "sector servicios corporativos en Costa Rica").

Finalizando las ponencias, Velia Govaere, Coordinadora de OCEX de la UNED, brindó las reflexiones finales y fungió como moderadora. La Dra. Govaere resumió los desafíos de Costa Rica para asumir la vocación no totalmente realizada de convertirse en un proveedor todavía más importante de servicios modernos, señalando que:

“… en todos los terrenos tenemos oportunidades, pero también el desafío de superar brechas y restricciones para competir con efectividad. El mercado global de servicios, en constante expansión, está sometido a una fuerte competencia donde los capítulos fundamentales que determinarán los ganadores están potencialmente presentes en Costa Rica, pero sometidos a grandes limitantes.

velia gobernanzaSe consideran determinantes de éxito nacional en el sector de servicios, entre otros, la cercanía de huso horario de los mercados, la afinidad cultural, la disponibilidad abundante de talento humano, bajos costos operativos, estabilidad del entorno sociopolítico, seguridad macroeconómica, políticas públicas con fuertes incentivos (IED), la calidad de la infraestructura de telecomunicaciones, entre las cuales destaca la facilidad de acceso a banda ancha para las empresas pequeñas.

Basta ver esa lista, para entender las exposiciones que hemos tenido esta mañana y que pueden resumirse en la frase: Sí, pero NO y Tal vez. Sí tenemos talento, pero no suficiente, pero tal vez logremos pertinencia y alineamiento. Sí existe interés público, pero no tenemos políticas sectoriales con incentivos, pero tal vez veamos pronto iniciativas de impacto. Sí tenemos estabilidad del entorno sociopolítico, pero padecemos de una fuerte crisis de gobernanza, con un perenne antagonismo tribal del fraccionamiento político y desconfianza entre los sectores y tal vez, después de mucha presión ciudadana logremos alcanzar consensos. Sí tenemos estabilidad macroeconómica, pero no quisiera embarrialar la cancha y, sobre todo, nuestro estado de ánimo, recordando temas fiscales, pero tal vez. Y así en cada tema.” 

OCEX ofrece a sus subscriptores el vínculo de esta videoconferencia que podrán enlazar en esta dirección: https://youtu.be/Sx6a2_Qdd2g

El periódico Acontecer, de la UNED, también dedicó una reseña al evento, que compartimos con nuestros usuarios, en el siguiente link: https://www.uned.ac.cr/acontecer/a-diario/educacion/4125-expertos-analizaron-el-tema-gobernanza-y-desempeno-exportador-de-los-servicios-modernos-en-america-latina-y-costa-rica

 

 

Un atavismo blanco fracturado

POR VELIA GOVAERE - 

El rostro impertérrito de Derek Chauvin es una apología gráfica de la indiferencia ante la vida de un negro.

El brutal asesinato policial de George Floyd desató la mayor indignación colectiva universal desde la guerra de Vietnam. Su agonía quedará en la historia como la gota que colmó el vaso del racismo en la consciencia de la población blanca de Estados Unidos y el mundo. La imagen angustiosa de un negro deliberadamente asfixiado por la policía quedó documentada por transeúntes indignados, que exigían el cese de la tortura. Fueron ocho largos minutos de suplicio criminal, a plena luz y vista pública. El impacto simbólico de su voz agonizante dramatiza con inusitado realismo el grito constante de una comunidad que no termina de sufrir las secuelas de la esclavitud. ¡No puedo respirar! encarna el clamor cotidiano de la población negra. Su denominación políticamente correcta de “afroamericana” apenas esconde el carácter injurioso que en esa cultura tiene el color de una piel. Black is beautiful, decía Muhammad Ali. Esa piel no merece que ningún idioma se avergüence de pronunciar su color.

¿Cómo es posible que a esta altura de nuestra evolución ética se tenga que exigir que “Black Lives Matter”? ¿A quién importan las vidas negras? Obviamente a la misma población que ve perder sus vidas con total desprecio, abandonadas en la pobreza, inatendidas en la enfermedad, olvidadas en las cárceles y cotidianamente asesinadas por la policía. El rostro impertérrito de Derek Chauvin es una apología gráfica de la indiferencia por la vida de un negro. Por eso, aquel grito angustioso de no poder respirar es un reclamo moral a la civilización. Y la humanidad entera, con todos sus colores, está respondiendo a la voz agonizante de George que clamaba por su madre. Ese es el sentido más profundo de los acontecimientos del día. La resonancia de ese grito angustiado despertó a los blancos y fracturó su indiferencia frente al flagrante racismo cultural.

Eso hace toda la diferencia con las luchas por los derechos civiles de los años 60 del siglo pasado. En aquella hora, los incendios en el gueto de Watts de Los Ángeles desataron levantamientos de luchas desesperadas en múltiples rincones olvidados de barriadas negras. De la protesta violenta se pasó a la propuesta pacífica y esa logró transformaciones legislativas contra la discriminación racial. Conquistar derechos civiles para los descendientes de esclavos era el sueño de Martin Luther King. Y mucho se logró, en la letra de la ley. Pero esa lucha quedó trunca en la convivencia. No logró hegemonía cultural en el imaginario colectivo de la población blanca.

Eso está ocurriendo ahora. El signo distintivo de estos tiempos es la participación masiva e indignada de blancos en la reivindicación elemental del respeto a la vida de la población negra. La visión del negro comienza a alcanzar la masa crítica que le permite perder su otredad. Ellos, los otros, se convierten en nosotros. Su dolor y su lucha, en las nuestras. Su vida, en nuestra vida. Son los albores de una impronta cultural afectiva que es indispensable para que una nueva generación asuma un ideal que trascienda el color de la piel y se vuelva simple y llanamente humana.

Esta transformación cultural en la América blanca está ocurriendo a escasos meses de los comicios del 3 de noviembre y tal vez será un elemento decisivo. Trump debió, en parte, su victoria del 2016 al respaldo masivo que tuvo entre la población blanca de baja escolaridad. En ese segmento, Donald alcanzó un 31% más de votación que Hillary. Y los blancos con educación universitaria no se decantaron por Clinton como se esperaba.

Frente al asesinato de Floyd, existe indignación generalizada en toda la población blanca. Esto está teniendo un impacto en las preferencias electorales. Así lo señala Nate Cohn (NYT 9/06/2020), analizando un promedio de las más confiables encuestas recientes. Ahí aparece una notable unificación de criterios, independientemente del nivel educativo. Franjas nunca vistas de la población blanca condenan los agravios racistas y apoyan acciones políticas contra la discriminación. El 70% apoya la protesta popular contra el asesinato de Floyd y el 60% censura la conducta de Trump contra los manifestantes.

Eso indica un posible punto de ruptura cultural que podría tener impacto electoral. En la población blanca de baja escolaridad, Trump ya perdió un 10% de intención de voto. Entre blancos con educación superior, Biden tiene ya una ventaja de 20%. Entre ambos sectores, Trump está perdiendo un terreno que puede ser decisivo, en noviembre.

No todo podrá atribuirse a una reacción frente al asesinato de Floyd. Ya se venía arrastrando un manejo dañino de la pandemia, contracción económica y pérdida de empleos. Todo eso suma. Pero su carencia de empatía frente a la brutalidad policial agudiza, de forma particular, el repudio a la impronta de la presidencia de Trump.

Pero Trump es un brujo capaz de voltear a su favor incluso una repulsa en su contra. Eso está intentando. Disfrazó la protesta por el asesinato de Floyd como si fuera una crisis nacional para darle respuesta manu militari. El ejército se negó a intervenir contra civiles. Pero eso no es toda la lógica de su agitación. Necesita galvanizar su núcleo de apoyo, especialmente en los estados fluctuantes, su decisiva base electoral. Trump hace todo por conservarla. Ahora necesita mantenerla en permanente estado de arrebato. Eso marcará desde ahora su campaña. En ella actuará como demonio incendiario. La histeria colectiva es el instrumento de apoyo de masas que necesita como respaldo a su repudio de las elecciones, si su resultado no le favorece. Fue la táctica de Hitler para disolver la República de Weimar. Esa condición de zozobra no le garantiza impunidad. Se toparía con otra indignación que toma vuelo. Trump se sostiene en un terreno de prejuicios. El vuelco moral de la población blanca lo erosiona. La fractura de ese atavismo cultural blanco negará a sus maniobras el asidero racista que lo llevó a la Casa Blanca.

 

La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED. 

Artículo publicado en Periódico La Nación, 12 junio 2020.

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/pagina-quince-un-atavismo-blanco-fracturado/RILNDUHLMRDDDITJVTQYWW52C4/story/

 

Una coalición de conciencia

POR VELIA GOVAERE - 

Trump consiguió cuestionar los fundamentos mismos no solo de la institucionalidad, sino también de la decencia en el ejercicio público.

La historia está marcada por instantes de luz. Sorprenden en medio de las sombras más oscuras. “Justo antes de amanecer”, al decir de Azofeifa. Son brotes de vida que irrumpen en la superficie árida de una tierra seca. Revelan raíces escondidas que, como todo lo esencial, son invisibles a los ojos. Cuando los peores rasgos de la inquina y el prejuicio roban el escenario de la sociedad del espectáculo, un nuevo guion esperanzador se articula detrás de bambalinas.

Son las primaveras de los pueblos. No siempre rompen la crudeza del invierno, pero son síntomas claros de un cambio de siglo. Las acciones públicas de los poderes políticos tienen grandes impactos momentáneos, muchas veces caóticos. Siempre aparecen personalidades nefastas echando al trasto la laboriosa construcción civilizatoria de generaciones enteras. Es el poder de la entropía social, cuando la capacidad destructiva del desorden se acumula hasta el estallido. Pero la fuerza vital de la resiliencia humana boga contracorriente, sumergida bajo la superficie de tormentas.

La presidencia de Trump surgió como expresión de resentimientos ciegos, conservadurismo acorralado y xenofóbicos prejuicios nacionalistas. Su ajustado triunfo develó la pérdida de dinamismo del proletariado industrial a favor de China, en un sector de votantes que resultó decisivo en el colegio electoral. También reflejó su victoria la fuerza insospechada de una contracorriente racista blanca, resentida con el triunfo de Obama. El vigor de Trump en el sur esclavista tampoco esconde ese siniestro componente. Otra fuente de su logro electoral fue el reaccionario conservadurismo evangélico en regiones poco expuestas a influencias cosmopolitas de la sociedad globalizada. Incesantes avances de una cultura de tolerancia habían acorralado las viejas iglesias y sus dogmas. Ellas vieron en Trump, sí, al odioso, misógino y mentiroso Trump, la tabla de salvación de sus prejuicios. Esas tres grandes corrientes son la base electoral de Trump y explican sus políticas para mantenerlas fieles y alineadas.

Por casi cuatro años, Trump ha dominado las tablas, sembrando cizaña, caos y confusión, tanto afuera como adentro. Sus iniciativas y bravatas son olas de contracultura en todos los escenarios. No ha dejado conquista civilizatoria sin mancha. Hacia afuera minó la globalización, destruyó acuerdos, aceleró el cambio climático, promovió déspotas, alienó aliados y quebrantó alianzas. Hacia adentro fracturó la convivencia, alimentó odio y división, defendió racismo, socavó institucionalidad, se saltó la separación de poderes, neutralizó los sistemas de control, denigró la prensa y fabricó “verdades alternativas”. Así corrompió el honor del partido conservador que renegó sus más caros principios.

Pero siempre hay un pero. Bajo la superficie de esa destrucción de valores, se gestaba la crisálida de un renacimiento. Todas las agresiones al imaginario colectivo no pudieron corromper lo mejor del alma norteamericana. Bajo Trump, la democracia mostró sus más dolorosas debilidades, pero también, el vigor que injerta en los pueblos el ejercicio de las libertades cívicas.

La prensa fue gota incesante de denuncia que terminó calando. Las minorías agredidas defendieron sus derechos y sus voces no pudieron ser enmudecidas. Su punto culminante llegó con el asesinato de George Floyd, asfixiado bajo la rodilla sádica de un policía blanco, que nos remontó, de inmediato, a un pasado esclavista con el que no ha terminado de ajustar cuentas la cultura anglosajona.

Aquel grito de “no puedo respirar” fue expresión literal de la condición política en la que Trump estaba hundiendo a Estados Unidos. Con el clamor de Black Lives Matter, la masiva participación de población blanca en las manifestaciones negras fue el primer pregón de un giro cultural histórico. La designación de Kamala Harris en la papeleta demócrata es el otro.

Kamala surge como expresión de otra revolución cultural. Jamás antes había habido tal número y protagonismo de mujeres en la política. En parte, la acción afirmativa ha nutrido esa cosecha histórica de mujeres con carisma. Pero, más que eso, han sido germinación subterránea de la indignación provocada por este presidente.

Mujer de color, hija de migrantes de Asia y el Caribe, Kamala tiene su pelo lleno de los fragmentos de todos los techos de cristal que ha roto. Es la imagen viva de una historia de superación contra las combinadas desventajas de ser mujer, negra y asiática. Fue la primera mujer negra y asiática electa fiscal del distrito de San Francisco y también la primera Fiscal General de California con esas condiciones. Fue electa senadora también como la primera asiática en ese estrado y la segunda mujer negra. Su carrera la ha convertido en una prestigiosa penalista y una política de garra. Por eso, toda su vida la ha preparado para este trance.

Cuando Biden la propuso en su papeleta, ella le respondió: “Oh, Dios mío, ¡estoy tan preparada para esto!”. Lo está. A fin de cuentas ella es fiscal y estas elecciones son un juicio político contra Donald Trump. El jurado es el pueblo. También está lista como política. Electa como senadora cuando pensaba que iba a ganar Hillary, le ha tocado bregar contra corriente, en una evolución que la ha convertido, al mismo tiempo, en reformista clara de sus objetivos, y en realista de opciones viables en el universo complejo de reconstrucción que heredará de Trump. (Y yo digo: oh my God, we are so ready for that!).

Jamás en la historia reciente ha habido tanta claridad sobre lo que se juega el 3 de noviembre. El 83% de los electores registrados dicen que realmente importa quien gane la presidencia. Trump ha logrado cuestionar los fundamentos mismos no sólo de la institucionalidad sino también de la decencia en el ejercicio público. Por eso, estas elecciones son tanto políticas como éticas. No en vano Kamala advierte que a Trump sólo puede derrotarlo una coalición de conciencia.

La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED. 

Artículo publicado en Periódico La Nación, 15 agosto 2020.

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/pagina-quince-una-coalicion-de-conciencia/MNBAIX2IWVBH3BKM2CQ5523PN4/story/

 

Después del americano feo

POR VELIA GOVAERE - 

Trump malentiende la fuerza de los hilos chinos en el delicado entramado de las relaciones internacionales.

Lugar común, casi apodíctico, es calificar la gestión de Trump como movimiento telúrico del orden mundial. Sus disrupciones son legión. El calentamiento global, percibido como amenaza real, condujo la civilización a un acuerdo decisivo. Trump lo echó por la borda. También dejó paralizado el mecanismo de solución de diferencias de la OMC. Fracturó el sistema occidental de alianzas de la OTAN y socavó el rol de su país, como referente obligado de la defensa europea. Quedó, como idea matriz, Trump contra el mundo.

Su retiro de tropas de Alemania abre un flanco a Rusia, que profundizará su escalada caótica desde Ucrania hasta Oriente Próximo. Turquía fue envalentonada a revivir nostalgias otomanas. En el enrevesado conflicto entre Israel y Palestina, Trump descarriló décadas de diplomacia. Las relaciones entre Israel y Emiratos Árabes refuerzan el frente sunita contra Irán y alimentan una carrera armamentista. Eso es presagio funesto porque Trump rompió el acuerdo nuclear con Irán, dejando sin control lo que puede convertirse en la mayor amenaza mundial. Sin decir nada de la sensación de abandono de los palestinos.

Imposible un recuento corto de impericias que, a palos de ciego, por ignorancia o diseño, dejan al mundo todavía más volátil. En todas partes quedaron truncos procesos de mayor estabilidad. En el desorden resultante, la gran pregunta es hasta qué punto un cambio de conducción de política exterior de Estados Unidos podrá revertir esas tendencias desestabilizadoras.

Nada es más relevante, histórico y estratégico que remediar la caótica conducción de la competencia con China por la hegemonía mundial. China pudo desarrollarse en mercados abiertos dentro de un marco de cooperación y convivencia diplomática. Trump rompió esa armonía. De forma simplista, la asumió sólo como rival en todos los campos. Torpe presunción que desconoce las mil formas en que China se entrelaza en el tejido planetario.

La caída del muro de Berlín abrió un período histórico de estabilidad política, expansión comercial y fortalecimiento de alianzas estratégicas que apuntalaron la estabilidad y previnieron enfrentamientos económicos y conflictos armados. El entorno derivado de ese entramado favoreció el surgimiento de revoluciones tecnológicas que nacieron casi simultáneas.

Así nació y creció la globalización. Bajo sus premisas se alinearon las estrategias de desarrollo de naciones y regiones. Fue imposible sustraerse a sus paradigmas de apertura comercial, movilidad de la inversión extranjera y búsqueda de eficiencia de costos. Con esos signos se consolidó la manufactura, en distanciadas cadenas de valor. Las capacidades humanas rinden servicios transfronterizos cada vez más sofisticados. Las naciones desfavorecidas pudieron optar por acceso a capitales mundiales ofreciendo el propio atraso de su consumo interno como ventaja de inversión.

Ese dinamismo de producción por eficiencia de costos fue ocasión que aprovechó China para conectarse al mundo, sacando ventaja de su gigantesca fuerza laboral, hasta ese momento subutilizada. La llegada masiva de inversión le permitió convertirse en la gran fábrica mundial de bienes y eso fue sólo el primer paso. Su sostenido crecimiento económico y sus propias ganancias por exportaciones se tradujeron en innovación, infraestructura, desarrollo territorial y consolidación de un inmenso capital humano, formado en las mejores universidades del mundo. También pudo engranarse en procesos decisivos, asumiendo liderazgo en la lucha contra el cambio climático y en el desarrollo de tecnologías avanzadas en todos los campos.

Los resultados del desarrollo multifacético de China redundaron en una sofisticada red de impactantes interacciones. China es el segundo mayor tenedor de deuda de Estados Unidos, las universidades norteamericanas dependen de sus ingresos por la matrícula de estudiantes chinos, mucho del valor accionario del capital industrial de las empresas norteamericanas está radicado en China y este país se ha convertido en importante inversionista de la infraestructura de Asia, Europa y América Latina. La Nueva Ruta de la Seda llega ya a Duisburg, al noreste de Alemania, con casi 9 trenes diarios, en plena pandemia. No es simple competidor sino parte integrante de la savia que alimenta las venas de la economía mundial. ¿Quién quiere desangrarse?

Trump malentiende la fuerza de los hilos chinos en el delicado entramado de las relaciones internacionales. Romper uno de sus nodos más cruciales sólo puede debilitar la malla que sostiene el progreso y la estabilidad mundial. No hay un China y un nosotros. Sin China, ninguna política global tiene visos de sostenibilidad. La comprensión de esa compleja realidad es componente esencial de cualquier política sensata.

Pero Trump se disparó en el pie al poner a China como eje estratégico del reposicionamiento de Estados Unidos. Su guerra comercial castigó más a las empresas locales que a las chinas, con un decrecimiento de capitalización de 1,7 billones de dólares, según la Reserva Federal de New York. El ajustado triunfo de Trump reveló el impacto de la pérdida de dinamismo industrial a favor de China. Es parte del problema, pero la solución no es un enfrentamiento generalizado. Cada tema debe abordarse en su especificidad y con estrategias adecuadas. Demasiada finesa intelectual para el inquilino de la Casa Blanca. 

Un nuevo huésped en la Oficina Oval tendrá las manos desbordadas de desatinos que reparar. Todos los escenarios demandan redefinición de rumbo. En algunos, como el europeo, existe una historia compartida de respaldo. En otros, como Oriente Cercano, la mala trayectoria previa hace difícil posicionarse con liderazgo. Con China, el panorama no es claro porque la rivalidad es real. Trump la atendió torpemente, pero no es sencillo, tampoco, dar marcha atrás. Después del americano feo, su sucesor tendrá que hacer demasiadas enmiendas y encontrar nuevas vías de convivencia.

La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED. 

Artículo publicado en Periódico La Nación, 21 agosto 2020.

 https://www.nacion.com/opinion/columnistas/pagina-quince-despues-del-americano-feo/MLGUOEFBTJDW7B4QNBPTZODJVM/story/

 

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