
POR VELIA GOVAERE - 17 de Diciembre 2019
Con la victoria de Johnson, se dibuja un punto de inflexión en la historia del Reino Unido.
La suerte está echada. Johnson triunfó. Con su victoria, quedó dibujado un punto de inflexión en el mapa de la historia del Reino Unido. No fue competencia de simpatías. Si la aprobación del mendaz e insufrible Johnson era nula, la de Corbyn era menos. Los electores se tuvieron que decantar por temas de campaña, entre un cada vez más impopular brexit y un jurásico programa estatizante a la vieja usanza socialdemócrata. Esos fueron los polos.
Con nostálgico izquierdismo infantil, el laborismo planteaba un gobierno que la generación del 48 reconocería en Costa Rica: gasto público exagerado, aumento impositivo, nacionalización del 10% de acciones de empresas, creación de una banca nacional y estatización a ultranza, de electricidad, gas y hasta banda ancha.
En fin, una receta conocida y desprestigiada desbarrancó al laborismo en un abismo que no conocía desde 1935. Johnson, en cambio, al tiempo que prometía un respiro populista a la política de austeridad de los últimos 10 años, defendía el consenso económico, avalado por los últimos gobiernos laboristas.
Salir o quedarse. ¿Y el brexit? Para los que vemos los toros desde la barrera, nos parecería elemental que salir o quedarse en la Unión Europea era el factor más decisivo de la política británica. ¡Por supuesto lo es! Pero dentro del redondel jugaron otros factores.
Corbyn no se posicionó como alternativa al brexit. Euroescéptico él mismo, nació a la política oponiéndose a la entrada a la UE. En el primer referendo la mayoría de su partido estaba por quedarse. Él no. Ambivalente, ofrecía solo la posibilidad de volver a renegociar un acuerdo de salida, con un referendo que volviera a preguntar al pueblo si quería quedarse. Ese arroz con mango impidió que el laborismo liderara el polo de la oposición al brexit.
La fatiga del brexit había calado en el ánimo nacional. El pueblo estaba harto. Los demócratas liberales defendían con celo la permanencia en la UE, pero se quedaron cortos, con una propaganda monotemática sin incluir temas decisivos para el electorado: sus miserias. Así las cosas, el brexit no pudo convertirse en polo decisivo.
Y es que, además, la victoria de Johnson no se decidió en todo el Reino Unido, sino en Inglaterra. En el resto del reino, los tories perdieron. Ahí, el brexit fue determinante contra Johnson pero sin confianza en el izquierdismo laborista. En Escocia, el Partido Nacional Escocés pasó de 35 a 48 escaños de 59, para impedir que el brexit. En Irlanda del Norte, el DUP brexista perdió curules. Por primera vez dominan las fuerzas nacionalistas proeuropeas. En Gales, con todo y su ambigüedad, ganaron los laboristas.
Polarización sociológica. En la victoria conservadora, la globalización volvió a pasar la cuenta. Las grandes ciudades beneficiadas por la globalización siguen bastiones de la permanencia en la UE. Ahí, los laboristas lograron las mismas 173 diputaciones que los conservadores. En la periferia abandonada del campo o ciudades pequeñas, los conservadores simplemente arrasaron con 172 curules y eso determinó la victoria. Solo 6 laboristas fueron electos en la periferia. Eso dice mucho de una polarización sociológica impactante.
Ese es el corazón de la aplastante victoria de Johnson. La impronta del abandono de las periferias nunca fue más dolorosa que en el norte minero e industrial de Inglaterra. El laborismo perdió la llamada “muralla roja”, su cuna proletaria, con representación parlamentaria que no ha perdido desde 1935. Un queridísimo diplomático costarricense me dijo “in pectore”: “es igual a que Liberación perdiera elecciones en “La Lucha”.
Johnson quedó con las manos libres. Con el 43,6% de los votos en todo el RU, los tories dominan el 56% del Parlamento británico, una mayoría absoluta para cualquier política a golpe de disciplina “Whip”. ¡Qué Dios los encuentre confesados!
Victoria y derrota en grande. Nunca una victoria conservadora semejante, desde hace 40 años. Nunca una derrota laborista tan sonada desde que logró hacer gobierno, en 1923. En lo aplastante de esta victoria conservadora jugó un papel preponderante el sistema electoral británico. Una ganancia tory de sólo 1.2% de los votos, entre 2017 y 2019, se tradujo en el 7% de parlamentarios, 47 más. En el sistema parlamentario británico, cada circunscripción elige un diputado y los votos de los que pierden no cuentan más.
Cómo sea, Inglaterra cruzó el Rubicón con mandato para arrastrar fuera de la UE al resto del Reino Unido. Difícil que ese parteaguas no tenga costoso precio. El primero es un mayor agrietamiento de su cohesión. “Inglaterra tiene mandato para salirse de la Unión Europea, pero no para llevarse consigo a Escocia, que quiere decidir su propio destino” dijo Nicola Sturgeon, Primera Ministra escocesa. Se habla ya de un nuevo referendo de independencia y, aunque depende del permiso de Westminster, tanto más se convierte en factor permanente de tensión.
Otro costo pesará sobre la economía y su compleja transición a navegar sola, rompiendo cadenas de valor, modificando relaciones financieras, dificultando la inversión extranjera y provocando la incertidumbre de un posible viraje hacia un sistema laboral desregulado. Si la Bolsa de Londres aplaudió, el regocijo vino de la derrota del demencial programa laborista.
El paisaje político británico sufre los embates de un reacomodo de fuerzas. El laborismo despedazado quedó buscándose el alma. De neoliberal arrepentido a jurásico impenitente, no tiene ideas nuevas y está decapitado. Los tories celebran la victoria, sin advertir los peligros. Un nuevo extremismo los empuja hacia una alianza comercial con Estados Unidos, que los espera con abrazo de oso. Ahí no tendrá ni la voz ni el voto que tenía en la UE.
¿A dónde irá el Reino Unido en las caprichosas manos de Boris? Los resentimientos desatendidos de la periferia arrastran al Reino Unido hacia afuera de Europa. La UE hace cuentas con un socio menos. El Big Ben tañe una hora incierta. El mundo se volvió, de pronto, menos predecible.
La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED.

POR VELIA GOVAERE - 07 de Diciembre 2019
Es contrario al espíritu nacional ver las calles bloqueadas por universitarios con pasamontañas.
Hay contrastes realmente odiosos. Ninguno más doloroso que el triste resultado de nuestra educación, en las pruebas internacionales PISA, frente a la gesta que nos convirtió en patria de maestros, no de soldados. ¡Qué incongruencia! Más desatino, aún, el celo por minimizar su impacto por parte de los responsables de este deterioro. ¡No puede ser!
Hay mil huecos para esconder nuestra miseria. Uno de ellos, el mínimo aumento de cobertura como justificación de peor desempeño. Es razonable, pero apenas explica inmovilismo sin progreso. ¡No se vale aceptar tranquilamente que caminamos como el cangrejo! Hemos retrocedido, en todas las pruebas, y es pobre consuelo ser terceros o cuartos en el barrio latinoamericano.
Hace 70 años, la abolición del ejército nos legó un compromiso: construir la paz sobre cimientos de educación y equidad. No lo estamos haciendo, ni lo uno, ni lo otro. Maestros, no soldados, ¿para estos resultados? ¡Qué vergüenza! Si amamos nuestra patria sin ejército, eso no nos exime de querer mejores maestros y una sociedad más equitativa.
La abolición del ejército es el mayor acto definitorio de la excepcionalidad costarricense. Debemos valorizar ese acto que coloca a Costa Rica como portaestandarte mundial del paradigma más profundo de la cultura humana. La sostenibilidad mundial descansa, en última instancia, en un compromiso como el que nuestro pueblo tiene con la paz. Hiroshima y Nagasaki mostraron hasta qué punto es descabellado que las naciones de la tierra esperen de las armas su permanencia sobre el planeta.
Vocación pacifista. Entiendo los discursos que subrayan personajes detrás de acontecimientos. Yo no lo haré. Sin importar su génesis, es hora de acentuar el empoderamiento patrio de la abolición del ejército. Si la independencia nos llegó de Guatemala, la renuncia a las armas, en cambio, nació del alma nacional. Todo en nuestra historia nos llevó a ese día, culminación de un proceso profundo de repudio a la violencia militar. La grandeza de don Pepe fue su sensibilidad premonitora que reflejó, como en un espejo, la vocación pacifista de este pueblo.
No está exento de peligros convivir desarmados en vecindarios convulsos y ocasionalmente agresivos. La defensa de nuestra soberanía depende de forma extrema de la capacidad decisoria de los instrumentos internacionales, como salvaguarda de los derechos de los pueblos. Más de una vez, Costa Rica ha puesto a prueba la madurez del ordenamiento jurídico internacional. Con fuerza moral, no militar, Costa Rica ha salido siempre avante, con el heroísmo de evitar sangre derramada.
Para una nación pobre, pequeña y atrasada, cualquier gasto en armamento es excesivo. Ese es el sentido práctico del ahorro del gasto militar: la liberación de recursos para inversión humana. La generación del 48 hizo buen uso de ese caudal presupuestario. En él se sustentó el más formidable desarrollo humano de nuestra historia. Partiendo de un ingreso per cápita menor que Guatemala, treinta años después de la renuncia a las armas, superábamos al entorno centroamericano y, sin petróleo ni recursos extractivos, sólo México, Venezuela y Argentina nos aventajaban.
Frutos de la inversión. Esa riqueza fue bien empleada. La esperanza de vida pasó de 47 a 72 años, la mortalidad infantil bajó de 132 a 28 por cada mil nacimientos. El analfabetismo adulto se redujo a la mitad y la cobertura educativa pasó, en primaria, de 70% a 90% y, en secundaria, de 20% a 60%. La pobreza se contrajo a la mitad, con la mayor movilidad social de nuestra historia. Cuatro de cada diez nuevos empresarios venían de familias humildes.
Una de cal y otra de arena. Paz y democracia sustentaron nuestra encomiable evolución sociopolítica. Pero también creamos un Estado empresario hipertrofiado que no termina de desangrarnos de monopolios, rémoras de nuestra competitividad y abrumantes fardos para la pequeña empresa. En los 80 terminamos endeudados en exceso y nos precipitamos en la peor crisis de nuestra historia, con total retroceso de nuestros índices sociales y educativos. No hemos terminado de pagar esa deuda producto de una ideología estatizante y un paternalismo paralizante.
En los siguientes 30 años, nos insertamos en la globalización y cosechamos los réditos de una población educada. La inversión que llega a Costa Rica apuesta a nuestro capital humano y a nuestra institucionalidad. Pero nos hemos quedado cortos, encerrados todavía en un modelo que agudiza asimetrías. Corresponde a nuestra generación enfrentar los desafíos que tiene nuestra democracia desarmada, pero altamente endeudada y todavía al borde de la insolvencia.
Inequidades. La pobreza se ha vuelto endémica. La desigualdad ha echado raíces difíciles de erradicar. El desempleo se asienta en la baja empleabilidad de la población, producto de un sistema educativo en deuda con calidad y pertinencia. La mitad de nuestra población, en desempleo o informalidad, no cuenta con cobertura de salud ni tiene expectativa de pensión. La inseguridad hace estragos en nuestra calidad de vida. Todos esos escenarios necesitan de voluntad colectiva para resolverse por caminos cívicos.
Esta Asamblea Legislativa está haciendo honor a la tan preciada tradición de resolver conflictos “a la tica”. Por eso es tan contrario al espíritu nacional ver nuestras calles bloqueadas por jóvenes de educación superior con pasamontañas. Nosotros no somos así. No hay hidalguía detrás de la malacrianza.
La abolición del ejército no puede convertirse en retórica vacía, desmembrada de su contenido más profundo de encuentro cívico en búsqueda de entendimiento. No tener ejército encuentra sentido en la voluntad de concertación que nos obliga a construir caminos de esperanza centrados en la concordia.
Otros pueblos han puesto su sello en el desarrollo de la civilización humana con avances tecnológicos, literatura, filosofía y obras de arte. El monumento mundial de Costa Rica fue, en cambio, el valor de desarmarse. Estamos en deuda con esa audacia.
La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED.

POR VELIA GOVAERE - 18 de Agosto 2019
Si solo fuera arancelaria, la guerra comercial entre China y Estados Unidos sería demasiado simple, pero el juego tiene el efecto bola de nieve.
Detrás de escaramuzas cotidianas, entre Estados Unidos y China se despliega la competencia ineludible por la hegemonía mundial. Escondida tras caprichos y distorsionada por la mezquindad de intereses inmediatos, esa rivalidad tiene una trascendencia que definirá, a la postre, el destino humano.
Difícil apreciar matices en ese gran escenario si los protagonistas pierden la perspectiva. Con políticas autoritarias, China quiere asumir el rol lenitivo que debe tener una potencia emergente en un universo liberal amenazado. Eso no es fácil cuando una conducción errática y pendenciera, en Estados Unidos, contradice las responsabilidades que le competen como piedra angular del sistema multilateral económico y político.
Desde 1978, la economía de EE. UU. se ha triplicado, el PIB chino se ha multiplicado, en cambio, por cuarenta. Ese acelerado crecimiento tomó al mundo por sorpresa, disminuyendo pobreza, construyendo clase media, edificando ciudades y desarrollando capacidades tecnológicas de primer mundo. El ingreso per cápita chino sigue siendo 6,5 veces menor que el norteamericano, pero su ritmo de crecimiento es vertiginoso. El dragón asiático despertó y ahora busca su lugar en la cima del mundo.
Fórmula china. El motor de su desarrollo fue el comercio y la inversión extranjera atraída por mano de obra abundante y competitiva. Aprovechó su reconocimiento como economía de mercado, sin realmente serlo. Condicionó las inversiones a transferencias obligadas de tecnología y reforzó su competitividad con un curso monetario manipulado. Ese imán atrajo a todas las multinacionales. La industria de Occidente emigró buscando mano de obra barata. Como todos se beneficiaban, China contó con la benevolencia del mundo. Hasta que el malestar provocado por el abandono de viejas zonas industriales tuvo consecuencias imprevistas en las urnas.
En EE. UU., el síntoma más disruptivo fue la elección de Trump. Su grito de “América Primero” inauguró un curso comercial confrontativo. México y Canadá recibieron los primeros embates, con la renegociación de su TLC. Sus aliados europeos y asiáticos recibieron otros ñangazos. China, caballo de batalla de campaña electoral, fue, sin embargo, el primer país con el que Trump alcanzó un acuerdo. A dos meses de ejercicio presidencial, Trump se reunió con Xi Jinping y en 30 días todo pareció resuelto. Poco sabía el mundo del carácter impredecible de Trump. China lo aprendió de mala manera.
Inicio de la guerra. No pasó un año cuando ya estaban enfrascados en plena guerra arancelaria que encareció los productos chinos en más de 250 mil millones de dólares. Este 5 de agosto, Trump volvió al ataque y anunció una nueva alza de aranceles por más de 300 mil millones de dólares adicionales. China vería disminuido su crecimiento por debajo del 6%, esencial para su sostenibilidad política y social. Esa gota colmó su paciencia y el dragón mostró los dientes.
Si sólo fuera arancelaria, la guerra comercial sería demasiado simple. Ahí no tiene China como ganar porque su superávit comercial con EE. UU. es más del doble de todo lo que China le compra. Ese desbalance hace a China altamente dependiente de EE. UU. Sus exportaciones son sensibles a cualquier alza tarifaria que aumente su costo y disminuya su competitividad. De todas maneras, con todo y su guerra arancelaria, el déficit norteamericano más bien empeoró, porque un arancel contra China es fiesta para sus vecinos orientales, que sustituyen sus exportaciones. Pero una guerra comercial nunca es sólo arancelaria.
Armas chinas. El valor competitivo de un país depende también del valor de su moneda. Entre más bajo el tipo de cambio más baratos sus productos. Los aranceles norteamericanos pueden ser neutralizados por China bajando el valor del Yuan y ese escenario pareció abrirse. Una semana después de las más recientes amenazas, el Banco del Pueblo dejó que el Yuan levemente se devaluara. No fue un mordisco de guerra. Apenas enseñaba los dientes y las bolsas del mundo se estremecieron.
Y esa no es la única arma china. Su éxito exportador masivo y gigantescas inversiones occidentales han producido un inmenso flujo de divisas. China tiene 4 billones de dólares en reservas, la cuarta parte en bonos norteamericanos. Bastaría deshacerse de esos bonos para sembrar el caos. De hecho, en la crisis financiera del 2008, Pekín salvó el día a la economía estadounidense, cuando mantuvo el nivel de compra de deuda norteamericana y aseguró su estabilidad macroeconómica. Ahora son otros tiempos. Bajo asedio, China no sería tan complaciente. El mundo se iría por la borda.
No estamos ahí. Trump tiene intereses electorales y no le conviene desatar una crisis mundial. China entiende la peligrosidad de una reelección de Trump y no le hará las cosas fáciles, pero tampoco quiere dispararse en el pie. Una devaluación del Yuan disminuiría el rendimiento de las inversiones en China y nada más temeroso que un dólar para salir corriendo. También los consumidores chinos perderían poder adquisitivo en Yuan.
Por otra parte, una guerra de divisas no es tan predecible como una arancelaria. La devaluación del Yuan no afectaría sólo a EE. UU. sino a todos los países que verían abaratarse todavía más los productos chinos frente a los propios. El mundo entero se sentiría amenazado y tentado también a devaluar. Eso ocurrió justo antes de la Depresión del 29.
En el teatro del mundo se despliega esa competencia entre colosos. Precisamente porque es inevitable esa pugna por el predominio geopolítico, nada es más importante, en este histórico trance, que un desarrollo ordenado y predecible de esta rivalidad, con participación activa y consensuada del concierto de naciones. Pero irracionalidad, por un lado, y autocracia por otro, dejan al mundo como mero observador, inoperante entre refriegas tácticas que pueden salirse de curso y arrastrarnos al abismo. Estamos solo en el preludio de una catástrofe evitable. Pero la humanidad no siempre escapa de sus trampas.
La autora es coordinadora del OCEX y catedrática de la UNED.
Atendiendo la afable invitación de los editores Manuel Rojas Bolaños e Ilka Treminio Sánchez, Velia Govaere contribuyó con un ensayo a la obra “Tiempos de travesía. Análisis de las elecciones de 2018 en Costa Rica”, publicada por FLACSO-Costa Rica, como parte de la colección de Coyuntura Política, con el apoyo de la Fundación Konrad Adenauer. El objetivo de esta publicación era arrojar luz sobre las posibles causas de las atípicas elecciones presidenciales del 2018, sus consecuencias sociopolíticas más inmediatas y ponderar posibles escenarios en un futuro cercano.
Con un análisis político titulado “Lo estructural en la coyuntura de los comicios del 2018 en Costa Rica”, Govaere contribuyó a la introspección de varios autores para intentar dilucidar algunas interrogantes surgidas de las insólitas elecciones presidenciales en nuestro país. En esta obra, Govaere comparte créditos con otros analistas políticos como Abril Gorkienko, Alberto Cortés, Guido Mora y los propios editores, Manuel Rojas Bolaños e Ilka Treminio Sánchez.
El 11 de setiembre del 2019, esta recopilación fue presentada públicamente como parte de un aporte de varios autores dedicados a reflexionar sobre el comportamiento atípico que marcó las elecciones presidenciales del 2018. En su escrito, Govaere advierte cómo en las pasadas elecciones “se entrecruzaron circunstancias insólitas con procesos precedentes”. De ahí que titulara su ensayo “Lo estructural en la coyuntura de los comicios del 2018 en Costa Rica”. En su escrito señala cómo los resultados de los comicios del 2018 “… confirmaron procesos subyacentes de “malaise” económica y social, expresión disruptiva de inconformidad con el estatus quo político.”
OCEX pone a disposición de sus lectores, en versión digital, este ensayo y la totalidad de la obra que puede ser descargado en el siguiente link: https://www.kas.de/web/costa-rica/einzeltitel/-/content/tiempos-de-travesia-analisis-de-la-elecciones-de-2018-en-costa-rica
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