uned tx blanco 1Universidad Estatal a Distancia, Costa Rica
Estudiantes Funcionarios
sitemap sitemap icon azul
Observatorio de Comercio Exterior
  • Inicio
  • ¿Quiénes Somos?
    • ¿Qué es OCEX?
    • Misión, Visión y Valores
    • Equipo Técnico
      • Velia Govaere Vicarioli (Coordinadora)
      • Fernando Ocampo Sánchez (Sub-coordinador)
      • Hellen Ruiz Hidalgo (Comunicadora estratégica)
  • Publicaciones OCEX
    • Revistas
    • Libros
    • Documentos
    • Audiovisuales
      • Umbrales
      • Videoconferencias
    • Enlaces
      • Nacionales
      • Internacionales
  • Cápsulas OCEX informa
  • Eventos
    • 2026
    • 2025
    • 2024
    • 2023
    • 2022
    • 2021
    • 2020
    • 2019
    • 2018
    • 2017
    • 2016
    • 2015
    • 2014
    • 2013
    • 2012
    • 2011
    • 2010
    • 2009
  • Boletines OCEX informa
    • 2026
    • 2025
    • 2024
    • 2023
    • 2022
    • 2021
    • 2020
    • 2019
    • 2018
    • 2017
    • 2016
    • 2015
    • 2014
    • 2013
    • 2012
    • 2011
    • 2010
  • Contáctenos

Boletines-Artículos

El nudo Irlandés del ‘brexit’

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - 27 de Enero 2019

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/los-nubarrones-del-brexit/AKQEOWJUSVBT3DRQWA3RLWM4H4/story/

El ‘brexit’ podría significar una frontera entre las dos Irlandas, rompiendo, otra vez, los miles de lazos que entretejen su concordia y amenazando la paz

En aguas agitadas de un imperio en crisis de identidad, el brexit encabritó un potro sin riendas. Frente al precipicio, nadie puede ahora ponerle bridas. Lo sabía Theresa May desde antes de su derrota parlamentaria. Su acuerdo con la Unión Europea (UE) fue repudiado por humillante mayoría. Pero se sabía superviviente del voto de confianza que su rival laborista puso para derrocarla.

A nadie convenció su deplorable acuerdo con la UE, que no era otra cosa que quedar provisionalmente como unión aduanera, mientras se negociaba un acuerdo final. Eso era aceptable. Pero, si al final del período transitorio pactado se salía sin acuerdo, Irlanda del Norte quedaría, sine die, dentro de la égida de la UE.

El Reino Unido es mosaico de naciones que eventualmente se reconocieron en una cultura común

En cualquier otra circunstancia, el voto de censura de Jeremy Corbyn contra May habría triunfado. Si fracasó fue porque nadie quiere ocupar esa silla, en este invierno, la más caliente de Londres. En el caos, quedó el mismo jinete. A May se le exigió un plan B. Tres días después presentó lo mismo. Elocuente confesión de impotencia en el alma dividida de un oximorónico Reino Unido.

Grieta. Generaciones futuras debatirán sobre el instante que fragmentó el alma británica. Pero no fue la pertenencia a la UE. Ese fue solo chivo expiatorio de frustraciones melancólicas de un imperio venido a menos y repositorio de sinsabores por las asimetrías de un desarrollo desigual. Encontrado ese punto para desfogar demagogia, lo demás fue historia.

El simplismo del brexit lo rompió todo. Los partidos primero. Ninguna fuerza política es coherente frente a cada opción. Laboristas por y contra el brexit se enfrentan a conservadores igualmente divididos. Jóvenes cosmopolitas frente a canas agotadas. Periferias se rebelan a las urbes. Nacionalismos locales encuentran formas de identidad rupturista con la nostalgia imperial euroescéptica.

Pretexto o no, el daño está hecho y el alma británica, partida. Esa grieta, debate social, político y cultural en el reino, es mucho más en Irlanda. Ahí puede abrir heridas apenas cicatrizadas. La inquina viene desde lejos.

Dos Irlandas. El Reino Unido es mosaico de naciones que eventualmente se reconocieron en una cultura común. No en Irlanda. En 1534, Enrique VIII rompió con Roma. Los irlandeses siguieron católicos y, como tales, fueron considerados potenciales aliados del enemigo español. Por eso se trató de erradicar el catolicismo en Irlanda. Cromwell llegó a prohibir que los católicos irlandeses pudieran ser propietarios. A finales de 1700, los católicos apenas poseían el 5 % de las tierras de su isla.

Desde 1601, hasta su música tuvo que ser clandestina. También toda expresión cultural propia. Aunque la represión hizo mella, la aplastante mayoría siguió católica. La lucha por una patria propia se expresó en términos confesionales, entre nacionalistas católicos por la independencia y unionistas protestantes, fieles al Reino.

Después de sucesión de luchas y treguas, paulatinamente, la mayoría católica logró la total independencia. En 1948, se fundó la República de Irlanda. Pero antes, en 1921, el alma irlandesa se partió. Los 26 condados más católicos formaron el Estado Libre de Irlanda. En Ulster, los otros 6, de mayoría protestante unionista, preservaron su pertenencia a Gran Bretaña, como Irlanda del Norte.

Los protestantes irlandeses, atrincherados en el Norte, nunca rigieron un territorio confesionalmente homogéneo. Su minoría católica siguió luchando por separarse del Reino Unido. En 1968, comenzaron conflictos armados, de nuevo, en Irlanda del Norte, oponiendo nacionalistas católicos y protestantes. Ese derramamiento de sangre solo pudo terminar en 1998, con los acuerdos del Viernes Santo. Las heridas apenas están sanando.

La República de Irlanda fue siempre europeísta. Cuando el Reino Unido se adhirió al proyecto europeo y abrió sus fronteras, también las dos Irlandas pudieron volver a encontrarse. En ese contexto fue posible la paz. Un Premio Nobel de la Paz fue compartido entre un líder católico y uno protestante que se atrevieron a cruzar la línea de fuego. Desde entonces, un largo período de 20 años de distensión prevalece entre los irlandeses, que se mueven libremente entre las dos Irlandas, trabajan irrestrictamente en una u otra, desarrollan infraestructura, invierten en ambas, entretejidas por cadenas de valor.

Propuesta inaceptable. El brexit podría significar una frontera entre las dos Irlandas, rompiendo, otra vez, los miles de lazos que entretejen su concordia y amenazando la paz. Es un “muro de Berlín” inaceptable para la República de Irlanda y su voto es decisivo, porque la UE necesita unanimidad. Para dar su consentimiento al acuerdo con May, Irlanda puso una cláusula de salvaguardia. Su precondición fue que el Reino Unido se comprometiera a que Irlanda del Norte seguiría en unión aduanera con la UE, bajo su influencia, reglas y estándares, en caso de salida final sin acuerdo negociado.

La República de Irlanda evitaría así un retorno a la división nacional y al recrudecimiento de viejas querellas. Sin embargo, el Reino Unido y los protestantes de Irlanda del norte ven en eso un brutal debilitamiento de sus vínculos. Sería como “ceder” Irlanda del Norte a la “otra” Irlanda y a la UE. Para el Partido Democrático Unionista (DUP), que asegura a May mayoría en el parlamento, eso es inaceptable. También es inadmisible para la clase política inglesa.

Esa es la esencia del acuerdo que llevó May al Parlamento y razón de su descalabro. En su contra votaron 432 diputados, incluyendo 118 de sus propias filas. Solo 202 se plegaron de mala gana a lo que consideraban, a lo sumo, un mal menor. Eso explica por qué en vez de un plan B, Theresa May llegó con una pregunta: ¿Qué otro acuerdo aceptable para la UE (léase República de Irlanda) puede tener mayoría en este Parlamento? Probablemente ninguno. Otro referendo tampoco reconciliará el alma británica rota, pero, al menos, podría sacar al Reino Unido de este entuerto. Irlanda es el nudo gordiano del brexit.

 La autora es catedrática de la UNED.

 

Los nubarrones del brexit

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - 10 de Enero 2019

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/los-nubarrones-del-brexit/AKQEOWJUSVBT3DRQWA3RLWM4H4/story/

Estamos en vísperas de la presentación del ‘brexit’ al Parlamento y no existe aún una mayoría que lo respalde. ¿Cuál será el desenlace de la novela británica?

Los cielos se nublan. El año comienza con signos de tormenta. Todos los horizontes se ciernen de amenazas. Voces de alarma advierten los peligros de una nueva crisis financiera. Pero si lo financiero es un peligro, lo político lleva esta emergencia a un estado de alarma.

En un mar huracanado, un barco sin brújula enfrenta una tormenta perfecta. Pocas veces la historia ha visto esta confluencia nefasta de crisis económica y agotamiento político.

A diferencia del crac del 2008, el establishment democrático de Occidente sufre espasmos de liderazgos enclenques, remezones de resentimientos de poblaciones olvidadas y estructuras institucionales en desajuste con los avances tecnológicos.

La fantasía que vendieron era mantener la mayoría de los beneficios de la pertenencia, sin sus costos

Todo se conjuga para que las necesidades no tengan alternativas confiables. Amarillo es el color que asume esta dolencia hepática de indefiniciones. Francia puso el tono, pero el Reino Unido será el primer escenario donde los retos enfrentarán las impotencias. Su nombre es brexit.

Las premisas son conocidas. Por escaso margen, en el Reino Unido se impuso, en referendo, la opción de abandonar la Unión Europea. Así se expresó el desafecto de periferias dejadas en abandono por las élites políticas. El mismo escenario se repetiría, después, en otros países. En Estados Unidos, de forma fatal. En Costa Rica, dejando los pelos en la alambrada. Brasil no tuvo esa suerte o ese buen tino.

Cada caso tiene su propia narrativa ideológica, pero su trasfondo sociológico es semejante: votaciones marcadas por fronteras territoriales con desarrollos económicos heterogéneos, vinculados con una globalización políticamente a la deriva.

Resquemores. ¿Cuál fue la narrativa que se impuso entre los británicos para decidir salir de la Unión Europea (UE)? El británico desempleado, de periferias abandonadas o barriadas marginadas, sentía resentimiento por sostener sin beneficio evidente la enorme, costosa y reputadamente ineficiente burocracia de Bruselas.

Por otra parte, la pertenencia a la UE traía conexa una pérdida del control migratorio y nadie está culturalmente menos preparado para una tumultuosa inmigración que las regiones periféricas. Dominó, por tanto, el discurso de recuperar “la soberanía de fronteras y mercados laborales”.

En el imaginario colectivo separatista también se vincularon con la inmigración el agravamiento de debilidades preexistentes en los sistemas de educación, vivienda, seguridad social y salud. La inmigración, además, presiona a la baja los salarios. Ahí se impuso el mensaje separatista.

Pero la opción misma de un referendo fue una decisión intempestiva de un liderazgo desatinado, de imprevisión muy poco inglesa. Nadie creyó lo que hasta las urnas daban por impensable. El primer ministro David Cameron se jugó el destino de su nación en una apuesta improbable. Y perdió.

Había abogado por la permanencia. El brexit le costó el cargo. Pero ahí no terminaron los equívocos. A Theresa May, su sucesora, le tocaría lidiar con la negociación de la salida, habiendo, también ella, votado por la permanencia. ¿Cómo ser líder de algo en lo cual no se cree?

División. Dado el brexit, había que definir en qué condiciones quería quedar el Reino Unido frente a la UE. Pero la élite política británica de ambos partidos ni siquiera se había planteado esa disyuntiva, y quedó indecisa y dividida entre todas las alternativas de salida: ruptura total, unión aduanera, tratado de libre comercio, acuerdo especial de asociación.

Entonces, vino el segundo paso en falso. Para iniciar la negociación de una salida, la UE requiere notificación formal dos años antes. El brexit fue una sorpresa. Nadie en la élite política lo había previsto y no estaban preparados.

El referendo los obligaba a salir, pero no les decía hacia dónde. En ese trance impensado, la clase política pudo y debió haberse tomado un tiempo prudencial para buscar el más amplio consenso posible sobre el futuro estatus deseado frente a la UE antes de notificar la decisión de partida. No lo hizo.

Sin tener claro lo que quería, notificó su decisión de ruptura y comenzaron a correr los tiempos de salida, negociada o no. Pero no existía una propuesta británica de estatus futuro que negociar.

Para los brexistas, los términos del divorcio serían más que favorables. Los británicos tendrían todas las cartas del juego en las negociaciones. La fantasía que vendieron era mantener la mayoría de los beneficios de la pertenencia, sin sus costos. No contaban con un pequeño detalle: Bruselas. Desde Berlín, hasta París, pasando por Roma y Madrid, se abrió camino la consigna de dar un escarmiento para que nadie siguiera ese “mal ejemplo”.

Cuando la propuesta británica al fin llegó, comenzó el calvario. Nada sería como lo pintaron. Después de pocos meses de negociación, ni siquiera en su partido May alcanzó consenso por lo logrado. Inútil volver a Bruselas. Nadie está dispuesto a mejorar lo negociado.

En su versión final, el acuerdo es un período transitorio, como unión aduanera, mientras se negocia un TLC. Entretanto, se quedan, por tiempo indefinido, todos los sistemas, reglamentaciones y estándares de la UE, sin el beneficio de participar en las decisiones. Se asume el costoso pago del divorcio y los costos de la unión aduanera, que tampoco es gratuita. Es decir, si querían beneficios sin costos, ahora tienen costos sin beneficios. ¿Cómo alcanzar mayoría parlamentaria bajo esos términos? Aun así, la disyuntiva de salir sin acuerdo es peor. Y conste que ni siquiera hemos dicho “Irlanda”, de oscuras amenazas, que por su complejidad merecen capítulo aparte.

Estamos en vísperas de la presentación del acuerdo al Parlamento y no existe aún una mayoría que lo respalde. Si el Parlamento no lo ratifica, pasado el 29 de marzo, solo quedarán dos opciones: el desastre de una salida sin acuerdo o… un nuevo referendo.

Yo, personalmente, dudo que exista una mayoría que siga queriendo salir de la UE, sobre todo, después de haber vivido el desconcierto de los nubarrones del brexit.

 La autora es catedrática de la UNED.

 

Entre amenazas y promesas

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - 24 de Febrero 2019

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/entre-amenazas-y-promesas/SLPJDYOCERE7TCPCI4GFRAGMQE/story/

El vendaval tecnológico es inevitable y complicará, aún más, el escenario altamente complejo de nuestro laberinto, tan contagiado de progreso como de atraso.

A la combinación viciosa de dualidades agobiantes, está a punto de sumarse el torbellino de la automatización. Esa vorágine nos precipita al futuro. Todos los sistemas laborales se verán afectados por procesos inevitables de mejora en la productividad y disminución de costos. En menos de una generación, el 14 % de los trabajadores del mundo serán desplazados. Países desarrollados, como Estados Unidos, ven en peligro el 47 % del empleo.

De ahí la pertinencia, prematura, pero oportuna, del estudio de John Hewitt y Ricardo Monge, consignado en La Nación del 12 de febrero. Ellos determinaron avances, impactos y desafíos de la automatización en Costa Rica en sectores productivos estratégicos. Campanazo de alerta para un sentido de urgencia ausente en el ADN nacional.

La tortuga nacional no puede quedar impasible frente a la liebre mundial

¿Automatización en Costa Rica? Pues sí. Todavía incipiente, pero real. En nuestros sectores productivos existe todo tipo de automatización, desde la tradicional, como la robótica de procesos, hasta la automatización inteligente. El vendaval tecnológico es inevitable y complicará, aún más, el escenario altamente complejo de nuestro laberinto, tan contagiado de progreso como de atraso.

No es fantasía ni terror de ciencia ficción. Somos una máquina del tiempo. De Puntarenas a Belén se salta del siglo XIX al siglo XXI. Ese es nuestro horizonte productivo, esa nuestra política, esa nuestra vida social: desigualdades y contrastes.

Progreso y miseria. Con un alentador sector productivo de alta tecnología, empresas de dispositivos médicos, circuitos integrados y servicios nos enlazan con cadenas mundiales de valor. ¿Esencial Costa Rica? ¡Ya quisiéramos!

Al otro lado de la acera imaginaria, la cual separa nuestra complacencia de las realidades, el 60 % de la fuerza laboral ni siquiera tiene secundaria completa. Empleos altamente remunerados y estables conviven con el 40 % de trabajadores en condiciones de informalidad. ¿Mipymes? ¡Descarado eufemismo para maquillar la lucha por la subsistencia!

En ese mapa de asimetrías productivas, territoriales y sociales, quedan al desnudo dramáticas desigualdades de ingresos, diferencias de acceso a oportunidades y profundas fisuras educativas. Eso completa nuestra marca país.

Esta sociedad de brutales contrastes no es sana. La coexistencia paralela de progreso y miseria produce complacencia, en unos; frustración, en otros. Ni cómo asombrarnos, en este universo nacional esquizofrénico, que se sufra de una crisis de representación.

Esa grave situación señala nuestra precariedad ante un progreso tecnológico disruptivo, que romperá paradigmas y demandará un esfuerzo inédito en un sistema educativo anquilosado.

En Costa Rica, los procesos de automatización son apenas incipientes. Sus impactos, ni siquiera estadísticamente mesurables. Eso no exime, más bien impone, anticipar los escenarios de arribo de esa revolución que puede anegarnos como sunami si no estamos preparados.

Reentrenamiento necesario. La tortuga nacional no puede quedar impasible frente a la liebre mundial. Nuestras empresas no pueden sustraerse de la arena internacional. Lo que ella dicte determinará nuestro rumbo. La velocidad de los cambios tecnológicos es exponencial y será determinante de nuestra competitividad. Por eso, ese barco no está lejos de nuestras costas.

Lo evidente salta a la vista y asusta. La automatización logra mayor producción utilizando menos empleo humano. Aumentará la competitividad de las empresas, pero amenazando al personal menos capacitado. Ofrecerá empleo a un personal cada vez más calificado y eso ahondará contrastes de oportunidades e ingresos.

Pondrá en condiciones difíciles a empresas menos competitivas que no se adapten, acentuando, todavía más, nuestras dualidades productivas.

Menos evidente, pero posible, un crecimiento económico acentuado por la automatización es susceptible de generar, de forma extraña y caótica, nuevas demandas laborales. Difícil consuelo.

Para enfrentar amenazas predecibles y aprovechar oportunidades menos obvias, la fuerza de trabajo necesitará estar mejor preparada, mientras nuestros sistemas formativos técnicos siguen en pañales.

La automatización viene a ser el caso más emblemático de la “destrucción creativa” de Sombart y Schumpeter. Llevará probablemente hasta el paroxismo la paradoja de un crecimiento económico hermanado con eliminación de empresas, concentración de la producción y aumento del desempleo en segmentos de menor formación educativa, que, en nuestro caso, es enorme.

Incluso demandas laborales exóticas, exigirán mayores y diferenciadas capacidades en nuestros sistemas educativos, lánguidos e inflexibles, rígidos como lo dicta la autoridad suprema de sus jurásicos sindicatos.

Adaptación. La automatización es un auténtico cambio climático en el ambiente de negocios. Necesita que nuestro entorno productivo genere procesos de resiliencia. Debemos aceptar el progreso atendiendo tareas pendientes que hagan menos traumática su introducción.

Lo recomendable, y así lo hacen ver Hewitt y Monge, es no solamente anticipar, sino también abrazar esa nueva realidad. Necesitamos adaptar a ese nuevo escenario nuestro entorno político, educativo, regional y productivo. ¿Tendremos capacidad de adecuar nuestra fuerza laboral a ese cambio con la parsimonia arcaica de nuestras decimonónicas instituciones?

¿Qué es más la automatización: promesa o amenaza? A corto plazo, amenaza; a largo, sin duda, promesa. Ese plazo depende de nuestra capacidad de reacción.

El progreso que se precipita convivirá con nuestro atraso. Estamos “ensandwichados” entre paradigmas. Atrapados entre contrastes. Pienso en los debates hiperuránicos de las pasadas elecciones, que casi nos precipitan en uno de los extremos menos gratos de nuestros contrastes.

Pienso en zonas que siguen abandonadas a su suerte y pueden sorprendernos, en cualquier momento, con un domingo siete confesional o populista. Entre promesas y amenazas, pienso y dudo y, como decía Descartes, primero dudo y luego pienso.

 La autora es catedrática de la UNED.

 

La supina estupidez proteccionista

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - 2 de Marzo 2019

 

https://www.nacion.com/opinion/columnistas/la-supina-estupidez-proteccionista/LMY5JASAEFECBFRDW53NMKZWPM/story/

A Alexánder Mora y a Dyalá Jiménez les ha tocado lidiar con la poco envidiable tarea de defender lo indefendible. Ahora lo tendrán que hacer ante la OMC.

El bloqueo fitosanitario a la importación de aguacates Hass, prioritariamente mexicanos, llegó a su momento crítico. Después de cuatro años, y a las puertas de formidables costos legales, sanciones económicas y desprestigio internacional, la administración Alvarado quiso sacar las castañas del fuego. Para evitar mayores daños, los jerarcas comerciales de ambos países habían, en diciembre, llegado a un acuerdo para resolver el diferendo por una vía alterna a un inminente panel de la Organización Mundial del Comercio (OMC), derivado de la denuncia mexicana contra Costa Rica. Saludable intento, desdichadamente, a destiempo y a contracorriente de la narrativa oficial.

Ante aquel acuerdo, habíamos respirado aliviados. No así los productores nacionales, alentados, como estaban, a asumir la medida proteccionista como derecho adquirido. Ahora fueron ellos quienes obstaculizaron la solución, negando el ingreso a sus fincas de autoridades mexicanas, como testigos de la recolección de datos.

El Ministerio de Comercio Exterior (Comex) temblaba esperando comprensión de los mexicanos. Al fin y al cabo, la narrativa proteccionista trasnochada fue doctrina aprendida por los productores de sus propias autoridades. Uno puede poner eso en contexto para una percepción indulgente con su actitud de ahora. Eso no le resolvía nada a México. Con la bola en nuestra cancha, éramos nosotros quienes debíamos enderezar el entuerto. No lo hicimos.

Protección encubierta. El gobierno de Carlos Alvarado se encontró con un hecho consumado. Su antecesor, de triste memoria, había sucumbido a la torpe tentación de proteger a los productores nacionales de aguacate utilizando esa medida como restricción encubierta al comercio.

El proteccionismo venía en el ADN de su partido, de cepa anti-TLC. Después de todo, ese gusanillo, extemporáneo y anacrónico, ni siquiera el PLN ha podido superarlo enteramente. Si no, que nos pregunten a todos los que comemos arroz en este país.

Por la claridad que teníamos de esas dolencias ideológicas, no nos asombró cuando Luis Guillermo Solís se puso las botas como símbolo de su compromiso con la agricultura. Se cayó al pasar un río. Era de esperarse. Triste premonición de lo que nos aguardaba. El bloqueo al aguacate fue su “marca país”, uno de sus menos honorables legados. Ahora pagamos el precio.

Al comienzo todo fue fiesta y panegíricos. El bloqueo se presentó como defensa legítima de los agricultores. Un estudio del Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC) llegó hasta a negar impactos en abastecimiento y precios.

Aguacate en mano, un ministro salió a la calle, con teatralidad digna de mejor causa. Aplausos no se hicieron esperar. Conforme se agudizaba el desabastecimiento, los ingresos de los productores comenzaron a subir, en detrimento de los consumidores.

A tal nivel llegó el desatino, que en estos días hubo justificación factual para sacar el aguacate de la canasta básica, porque el INEC comprobó que ahora no es consumido por los sectores más vulnerables. ¡Qué tristeza! El bolsillo de los pobres ya no da para esa fruta. El aguacate quedó convertido en producto suntuario. Es un lujo comerlo.

Como era de esperarse, al compás de su artificial protección, bajó la productividad de las fincas nacionales. La misma tonada que con el arroz, hoy un 12 % menos productivo que cuando comenzaron a subsidiarlo. ¡Ni los defiendas, compadre!

Crujir de dientes. Si los subsidios al arroz han podido salvar el día, al aguacate le llegó el crujir de dientes. Es una historia que no parece tener un final feliz. Nunca lo tiene. Cada vez que un país sucumbe a la tentación de proteger sectores productivos utilizando medidas técnicas como restricciones encubiertas al comercio, los afectados suelen ser, en última instancia, los sectores pretendidamente defendidos.

Si aumentan sus ingresos es solo a costa de su productividad, siempre a expensas del consumidor y, con mucha frecuencia, en beneficio de muy pocos.

En el caso del arroz, artificialmente costoso, el proteccionismo golpea directamente a los hogares más pobres. El 5 % de los ingresos de los sectores más vulnerables se gastan en ese decisivo producto de la canasta básica. Mientras tanto, los grandes beneficiarios de subsidios y precios regulados no completan los dedos de las manos. Seis compañías, apenas, se quedan con la tajada del león. Ellas se llevan el 70 % de las ganancias del esquemita proteccionista que las cobija, para comprar barato en el exterior y vender caro localmente. En el caso del aguacate, la mesa de los pobres quedó simplemente excluida de su consumo y el país en la picota.

Sanción inminente. A como están las cosas, Costa Rica enfrenta inminentes costos legales y la nada atractiva perspectiva de una sanción impuesta por la OMC. Estábamos sujetos a la clemencia de México, que lleva las riendas del proceso y perdió la paciencia por nuestros incumplimientos.

Después de cuatro años de pernicioso proteccionismo, los productores de aguacate de los Santos se sienten traicionados. ¿Cómo culparlos? El ministro de Agricultura se “excusó” por la negociación con los mexicanos “a sus espaldas”. ¡Claro! ¿Cómo explicarles a esos productores que nunca debieron haberse atenido de forma permanente a una protección artificial y arbitraria? Después le tocó a Comex, a su vez, intentar una excusa para los mexicanos. ¿Cuál fue su disculpa para amparar al país de la justa indignación de uno de sus primeros grandes socios comerciales cuya buena voluntad, en este caso, ha sido una y otra vez burlada?

Para ser honestos, en aquel y en este gobierno, Comex ha tenido que bailar una tonada que le es ajena. ¿Cómo defender algo en lo que no se cree? A Alexánder Mora y a Dyalá Jiménez les ha tocado lidiar con la poco envidiable tarea de defender lo indefendible. Ahora lo tendrán que hacer ante la OMC.

Desde 1985, Costa Rica definió un nuevo eje de desarrollo, rompiendo viejas tradiciones de estatismo productivo y de proteccionismo comercial. Pero nunca es radical en nada, jamás completamente consecuente con sus propios paradigmas.

Dejó de ser estatista, pero sigue buscándole acomodo a un Recope supernumerario, que funcionaría con el 40 % de su personal. Nada extraño que cuando Costa Rica se abrió al mundo, también lo hiciera con bemoles. A su meritorio éxito exportador se contrapone, en el caso del aguacate, la pervivencia de una supina estupidez proteccionista que nos estalla hoy en la cara.

 La autora es catedrática de la UNED.

 

Más artículos…

  1. El caso del aguacate
  2. El alicaído embrujo de Macron
  3. La ira ciega del descontento
  4. Italia nos tiene un mensaje
  • 64
  • 65
  • 66
  • 67
  • 68
  • 69
  • 70
  • 71
  • 72
  • 73

Página 69 de 131

Publicación Revista SUMMA: Doctrina Monroe 2.0 y sus efectos en la región
Publicación Revista SUMMA: Doctrina Monroe 2.0 y sus efectos en la región
Leer más
Entrevista: Superando las restricciones coloniales: fortaleciendo la sabiduría indígena de América Latina.
Entrevista: Superando las restricciones coloniales: fortaleciendo la sabiduría indígena de América Latina.
Leer más
(Parte II) América Latina–China: balance y perspectivas
(Parte II) América Latina–China: balance y perspectivas
Leer más
Impacts and challenges in digital technology trade
Impacts and challenges in digital technology trade
Leer más
Impactos y desafíos en el comercio de las tecnologías digitales
Impactos y desafíos en el comercio de las tecnologías digitales
Leer más
previous arrow
next arrow

UNED, Costa Rica. Teléfono: +506 2527-2000 | Contacto | Sedes | Aviso legal | DTIC