
POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 15 DE ENERO DE 2017 A: 12:00 A.M.
http://www.nacion.com/opinion/foros/acecho-poderosos_0_1609839031.html
La nueva administración republicana desde el primer día estará en su negocio
El espectro de Trump recorre un mundo abrumado entre asombro y desconcierto. A esta altura, no creo que se pueda afirmar que ese gobierno sea impredecible. Sus acciones de candidato electo y el carácter de sus nombramientos hablan claro de sus políticas y del estilo predictible de su gestión.
Pero su opinada impredecibilidad renuncia a borrarse de los análisis, por más que Trump insista en intenciones y talante. Estamos en “negación”. Es la primera fase del duelo, cuando rehusamos aceptar una realidad que nos asusta. Después viene la “negociación”, cuando se proponen alternativas improbables, como creer que Trump se dejaría convencer de dejar a Costa Rica fuera de su huracán si se le explica lo bien que le fue a Estados Unidos en su negociación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (Cafta-DR, por sus siglas en inglés) o enviar emisarios competentes para salvar el día.
No obstante, si descontamos una que otra contradicción verbal, la nueva administración republicana expresa, en lo fundamental, coherencia de fondo y de forma.
En lineamientos, está claro que quiere mejorar el clima de negocios de los Estados Unidos, eliminando regulaciones ambientales y de inversión, bajando impuestos corporativos, atrayendo inversiones –con zanahoria y garrote– y defendiendo la producción nacional con políticas proteccionistas.
En cuanto a la forma, se puede visualizar un gabinete homogéneo dealter ego del presidente, con un belicoso know how empresarial que tiene la riqueza como norte ético. Solo cabe cuestionarse si su agresividad será prudente o temeraria (Dalio, Forbes, 12/20/2016).
Son ministros curtidos en el juego rudo de la competencia y el alto riesgo. Gentes de rompe y rasga que no dan cabida a la diplomacia blanda y son poco proclives a timoratas vacilaciones burocráticas. Entre todos, acumulan más horas de experiencia gerencial de alto nivel que en cualquier otro gobierno de EE. UU., desde Kennedy, aunque tengan poco millaje político-administrativo.
Obama comenzó su primer mandato con una mayoría legislativa que desperdició. Luego le tocó el bloqueo. Eso no sucederá en esta administración. En diciembre, ordenaron la repatriación de embajadores y desde el primer día estarán en su negocio. Cuentan con una mayoría republicana más alineada y conservadora que en tiempos de Reagan.
Poco valdrá el instinto globalizador de la vieja guardia republicana que ahora debe alinearse con un electorado más nacionalista. Su buque insignia será probablemente la elección del juez faltante en la Corte Suprema, en detrimento de avances sociales y a gusto de los peores reflejos políticos.
Ambiente. Si descartamos un gesto impulsivo en el dedo o un prematuro inicio de Parkinson que desate un Armagedón, el mayor impacto histórico será un agravamiento imparable del cambio climático.
Todo parece indicar que Estados Unidos renegará de sus compromisos con el Acuerdo de París para detener el calentamiento global. Las consecuencias no serían de dramatismo inmediato, pero cambiarían de forma irrevocable la vida del planeta. Mayor traumatismo a corto plazo se espera en el comercio internacional. En ambos temas hay poco margen para la esperanza.
Estados Unidos es el segundo país contaminante del planeta. Su compromiso de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero es esencial. Obama puso en acción ordenanzas fácilmente revocables.
El anunciado nombramiento de Scott Pruitt, para la Agencia de Protección Ambiental, expresa que tendrá asidero de gobierno el discurso de campaña de Trump.
Poco factible ver aristas positivas en este acérrimo enemigo de la regulación ambiental. Como fiscal general de Oklahoma, Pruitt demandó a la misma agencia en la que ahora será jerarca. Ya los Acuerdos de París fueron difíciles y llegaron tardíos. Cualquier atraso en su implementación tendrá consecuencias catastróficas.
Economía. En cuanto a lo económico, los líderes empresariales norteamericanos conocen el carácter impetuoso de sus contrapartes de gobierno. Ellos toman muy en serio los ucases por tuits. Carrier y Ford desisten de ponderados planes de inversión en México y Toyota tiembla.
Eso refleja lo que piensan de un gobierno que por su eficiencia gerencial bien puede producir un viraje en los patrones de inversión multinacional hacia los Estados Unidos y colateral daño universal.
Semejante panorama reforzaría las banderas proteccionistas en un juego mundial de suma cero. Lo que ganen unos será necesariamente a expensas de lo que pierdan otros y, a la larga, en perjuicio de todos, incluidos los mismos Estados Unidos, por la desaceleración económica mundial que muy pronto produciría.
Lo único impredecible de la nueva administración republicana es si nos va a ir mal o nos va a ir peor. Están feas las pintas de enero. Con eso sí contamos, como con la ceniza del volcán.
Esos son signos alarmantes para Costa Rica, sorprendida in fraganti en su bucólica indolencia, con la mitad de su fuerza laboral en desprotegida informalidad precapitalista, una infraestructura de tercera y energía cara.
Es tarde ya para reaccionar a tiempo, si es que reaccionamos del todo. Estemos claros que ni el mejor emisario impedirá que también lleguen ucases al Coyol de Alajuela.
“Con ley irrevocable, la historia niega a los contemporáneos la posibilidad de reconocer, en sus inicios, los grandes movimientos que determinan su época” (El mundo de ayer, Incipit Hitler, Stefan Zweig, 1941). ¿Estamos fallando también nosotros en descifrar los signos de los tiempos que vivimos? ¿Cuándo comenzaron?
Trump no es un accidente. Es reflejo de algo más profundo. Pero todavía no queremos reconocer la antesala de un cambio de época y nos aferramos a esperar que la impulsividad o un choque de individualismos en el nuevo equipo gerencial de gobierno propicien un fracaso prematuro que cierre este capítulo.
Vana expectativa. No existe ninguna fórmula mágica que permita a nuestra apacible desidia escapar de esta aldea global, preñada de peligros y bajo el acecho de los ricos y poderosos.
La autora es catedrática de la UNED.

POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 11 DE DICIEMBRE DE 2016 A: 12:00 A.M.
http://www.nacion.com/opinion/foros/alla-recetas-maniqueas_0_1602839753.html
Que esté enferma de ingobernabilidad no nos exime de defender la globalización
La globalización es una conquista de la civilización humana. Que esté enferma de ingobernabilidad no nos exime de defenderla. Un mundo interconectado y articulado es el punto supremo de desarrollo de las fuerzas productivas. Se puede ideologizar, pero no es ideología. Sus redes conjugan la evolución progresiva de la productividad y la competitividad internacionales.
Estas fuerzas llegan siempre desbocadas. Dejadas a las manos ciegas del mercado son crueles y piden a gritos riendas domadoras que humanicen la impunidad de sus abandonos. Pero nada en la historia anterior nos enseña cómo hacerlo.
Ya una vez llegó el progreso teñido de sangre. La Revolución Industrial fue también bestia desatada. Su ferocidad se alimentaba en la ideología del laissez faire, laissez passer. Ese primer abandono de una política indiferente a los tormentos que causaba la industria naciente desató jornadas de 18 horas, salarios miserables, trabajo infantil y condiciones infrahumanas.
La solución a la infamia del primer maquinismo no fue destruir máquinas, como luditas, sino moderar la furia de sus impactos descontrolados. Nacieron organizaciones obreras y luchas sociales. Pero un remedio sostenible a aquellos males no estaba en la economía, sino en la política. Eso propusieron las mentes más brillantes de ese tiempo, desde Karl Marx hasta John Stuart Mill.
Justicia social. La clase obrera utilizó la política como instrumento de limitación de los abusos del “capital industrial”. La socialdemocracia fue su hija más legítima. Se gestó así la lucha por una democracia más amplia, que sepultó el primer absolutismo liberal y fundó el Estado social de derecho. La justicia social floreció en ese contexto de mayor gobernabilidad democrática.
Marx celebró la industrialización como inicio de la globalización: “Ya no reina aquel mercado local y nacional autosuficiente (…). Actualmente, la red del comercio es universal y están en ella todas las naciones, unidas por vínculos de interdependencia” (1848).
Entre bondades y daños, la globalización contemporánea se fue tejiendo con acciones contradictorias y desarrollos no siempre coherentes. Una fue la inserción de China y su inmensa mano de obra, con condiciones laborales deprimidas, que atrajo inversiones, iniciando una desindustrialización en Occidente.
Otra fue el abandono del patrón oro, con el surgimiento fiduciario de la moneda, que condicionó un crecimiento del comercio mucho mayor que la economía real, con la consiguiente hipertrofia del endeudamiento.
En manos de bancos centrales, el valor de la moneda se convirtió, también, en elemento de competencia fuera de la productividad. La desregulación financiera, iniciada por Reagan y culminada por Clinton, terminó de cocinar el pastel.
Los países compitieron por capitales ofreciendo ventajas fiscales, privándose así de medios para la inversión social sin endeudamiento público. Se crearon paraísos fiscales adonde las empresas llevan sus ganancias escapando de las responsabilidades sociales que la tributación impone.
Desenfreno. Hoy todas las instituciones del nuevo orden mundial son insuficientes. La globalización desenfrenada destruye puestos de trabajo, privatiza las ganancias, socializa las crisis, se aprovecha de paraísos fiscales y pone a competir los países no por productividad, sino por concesiones tributarias, abaratamiento de las condiciones de trabajo y disminución de costos ambientales y sociales. Nada que ver con fuerzas productivas.
Banco Mundial y FMI, creados para ordenar las finanzas del orbe, promueven, más bien, el desorden que cultiva desafectos globales. Incentivan a ofrecer, como mejor práctica, facilidades fiscales en detrimento de las inversiones sociales. Eso no contradice, sino más bien confirma la necesidad de construir una nueva institucionalidad de la gobernanza de la globalización.
El problema estriba en que el encauzamiento del primer capitalismo salvaje se dio en la esfera nacional, siendo el proletariado obrero su protagonista. Hoy, en cambio, la globalización escapa de la escala nacional y no conocemos el protagonista social para esa inmensa labor.
Recetas sobran y Ottón Solís nos dio una muestra (25/11/16). Entre nueve preceptos, menciona prohibir la apertura de monopolios públicos rentables. Eso es ideológicamente ciego en un país donde la apertura ha dado resultados espectaculares en beneficio de todos.
Ni esa “globalización” daña ni esa receta cura. Otras recetas son contradictorias: prohibir subsidios a Estados Unidos y Europa, pero permitiéndolos a nosotros, con criterios ininteligibles (¿externalidad de género?). Regular precios de medicamentos, en la escala nacional no tiene que ver con la globalización y, en la internacional, ¿cómo se come?
Enfrentar la contradicción. El problema no es la oposición entre buenas empresas nacionales, especialmente estatales, y malas multinacionales. De lo que se trata es de enfrentar la contradicción entre Estados nacionales y realidad económica supranacional.
La solución implica tanto políticas domésticas, que atiendan a “perdedores”, como acuerdos e instituciones internacionales, que aseguren tributación universal, regulen movimientos de capital y prohíban los dumpines monetarios, laborales, ambientales o fiscales. Contrario a lo que dice don Ottón, el mundo jamás ha llegado a regular materia más sensible y amplia que esa.
¿Quién le pone esos tremendos cascabeles al gato? Don Ottón dice que Costa Rica “está en buena posición para atender ese llamado”, como lo ha hecho con la regulación del comercio de armamentos. En el planeta donde yo vivo, Costa Rica no ha incidido en la venta siquiera de una bala menos.
Obama advierte contra los males de la globalización. Ser valiente es fácil cuando ya no puede hacer nada. El mundo con Trump carece de liderazgo para esa titánica tarea. Tal vez se necesiten los desastres de un retorno a nacionalismos perversos para persuadir a los países de trascender fronteras más allá de recetas maniqueas.
La autora es catedrática de la UNED.

POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 27 DE NOVIEMBRE DE 2016 A: 12:00 A.M.
http://www.nacion.com/opinion/foros/ocaso_0_1600040011.html
Donald Trump anuncia el advenimiento confuso de una era que aún no conocemos
Cuanto más se estudia el perfil del personaje, más resaltan en su elección condiciones que escapan de los confines de Estados Unidos. Después de paciente, educada e infructuosa espera, la cólera encontró el personaje perfecto para expresarse con toda la vulgaridad del caso. La masa enfurecida arrebató la palestra electoral buscando que todas sus insatisfacciones fueran atendidas. Vano intento. Esa votación desató un torbellino en una cristalería. Platos rotos es lo único seguro.
En el voto sorpresivo habló el campo contra la ciudad, la desindustrialización de occidente contra la emigración fabril rumbo al sudeste asiático y la decadencia de clases medias con salarios estancados. Esas voces no están confinadas solamente a Estados Unidos y gritan con todas sus letras la palabra “globalización”. Esa es la orfandad social que hermana al brexit con Trump y apunta indefectible hacia una encrucijada de nuestros paradigmas.
Nada justifica los excesos de la Revolución francesa, que no supo aprender de la sensatez de la revolución americana, o la rusa de un zarismo decadente, o la china en la corrupción del Kuomintang, o la cubana, que aún padece los tormentos de un déspota, o la nicaragüense con un eterno retorno nietzscheano a Somoza, en su fase marxiano-hegeliana de comedia, ni los abismos de dolor que castigaron a la humanidad en dos guerras mundiales. Pero para haber evitado esos desmanes se necesitó haber comprendido sus raíces y sosegado a las fieras que se cultivaban en esos caldos.
Oídos sordos. ¿Estaremos condenados a tormentas cuando no atendemos los truenos que las anuncian? Tal vez sí. Los huracanes destructivos fueron precedidos siempre por vientos de angustia que no fueron escuchados.
En su vorágine, la universalidad de la ira es ciega, indómita e insolente. La historia enseña que frustraciones largamente ignoradas se abren paso, como gangrenas, destruyendo, en su camino, también lo que está sano. ¡Atención! Trump no es la debacle, sino su anuncio.
¿Populismo contra globalismo? ¡Falsa disyuntiva ideológica! Cadenas globales de valor, tecnologías de información y comunicación y digitalización con automatización productiva trascienden nacionalismos.
Es la productividad humana desatada por la invención colectiva mundial que no puede encerrarse con aranceles. El aumento del comercio mejoró las vidas de millones.
En los últimos 25 años, la población mundial que vivía en pobreza extrema pasó del 40% al 10%. Eso es un hecho. Pero no es el único. No se pueden subrayar solo las ventajas de la globalización dejando por fuera sus daños, con el empeoramiento de las condiciones de vida para capas enteras de poblaciones que han perdido el empleo y la formidable desigualdad que en ella se origina.
En Estados Unidos, entre 1990 y el 2011, se perdieron 7 millones de empleos en industrias que emigraron buscando salarios más bajos y menores costos en el cumplimiento de derechos humanos, sociales y ambientales.
Eso generó riquezas a los accionistas de empresas desmanteladas, favoreciendo a la economía, sin ningún consuelo para los obreros que perdieron sus trabajos. Unos pocos se beneficiaron del mal de muchos.
Entre 1985 y el 2014, en todos los países desarrollados aumentó el índice de Gini, expresión de creciente desigualdad. En Estados Unidos, de forma brutal, del 34 al 46. En la bucólica Costa Rica nos fue incluso peor.
Brecha. De todas las estadísticas, ninguna más elocuente que la que marca las brechas regionales desatendidas. Trump no logró ganar en ninguna ciudad de más de un millón de habitantes, ni siquiera en las zonas republicanas por excelencia, como Texas, donde Dallas y Houston votaron demócrata.
Es la rebelión de lo local contra lo global, de las sociedades ancladas en la tradición contra la sociedad cosmopolita del conocimiento. Es la patria perdida en las inmensidades rurales abandonadas a su suerte. Pero ¿cómo modernizar el campo si la política abandona sus responsabilidades de inversión social, económica y educativa rural y deja escapar los capitales a merced de ventajas puramente financieras?
Nuestros modelos económicos están en crisis. No es sostenible que la política se siga desentendiendo, como lo hace, del movimiento irrestricto de capitales con la única brújula de la ganancia, escapando a paraísos fiscales, abandonando desolados unos territorios y trasladando las ventajas a otros, sin ningún tipo de conducción política y prudencia social.
Solo podremos preservar lo esencial de nuestras conquistas económicas, políticas y morales teniendo un sentido de prioridades humanas que únicamente puede derivarse de la preeminencia de lo político sobre lo monetario.
Más globalización. La contradicción más profunda de los tiempos actuales es tener una economía que funciona globalmente, de la mano de las finanzas y las multinacionales, frente a políticas con alcance chatamente local.
Los sistemas productivos y financieros están interconectados, pero las políticas públicas quedan restringidas a las arenas nacionales.
No es encerrándose en más nacionalismo que saldremos de esta encrucijada. Los problemas de la globalización no pueden resolverse nacionalmente.
Para preservar las fuerzas positivas de la globalización y superar sus infortunios se necesita que la política alcance la esfera global, con instituciones y regulaciones mundiales, es decir, con más globalización.
Frente a la globalización financiera se requiere una globalización política y eso demanda un liderazgo mundial, como solo Estados Unidos lo puede ofrecer y es precisamente Trump el mayor peligro de que eso nunca pase.
En su versión menos mala, su visión significa la renuncia a un liderazgo internacional que conduzca a una humanización política de la globalización.
Con su llegada a la presidencia, se cumplen 100 años desde que Woodrow Wilson sacó a Estados Unidos del aislacionismo. Donald Trump anuncia el ocaso de esa era y el advenimiento confuso de otra que aún no conocemos y apenas sospechamos.
La autora es catedrática de la UNED.

POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 16 DE NOVIEMBRE DE 2016 A: 12:00 A.M.
http://www.nacion.com/opinion/foros/uvas-ira_0_1597840206.html
No tenemos derecho a engañarnos con pensamientos autoindulgentes
Llegó la penumbra a apoderarse de las agendas públicas por doquiera. La incertidumbre robó la luz del día y desnudó todos los abandonos. Jamás llegó a los pobres el prometido efecto derrame de las migajas de las mesas de los ricos.
Las masas iracundas se rebelaron, cansadas de esperar el cumplimiento de promesas, una y otra vez pospuestas.
Ya no valieron las opiniones más eruditas, ni los consejos más sanos de los medios y formadores de opinión, vistos como parte del mismo tramposo tinglado, que pedía paciencia.
Cualquier cambio era bueno a los ojos de esa masa enfurecida, que votó más en contra de todo que a favor de nada. Ninguna impertinencia fue suficiente para disuadir ese voto de protesta. Y cayó la noche oscura y nos dejó sumidos en la más negra incertidumbre.
Es inimaginable que lo mejor que podemos esperar de Trump es que no cumpla sus promesas de campaña, como suele ocurrir entre gobernantes criollos. ¡Ojalá haya mentido otra vez!
Pero no tenemos derecho a engañarnos con pensamientos autoindulgentes, esperando que su propaganda electoral haya sido solo eso, mera propaganda para explotar a su favor la rabia, el racismo y el desencanto.
Aprendiz de brujo. Sumó el voto obrero blanco sin educación, el cansancio masivo frente a las promesas incumplidas de la democracia y el sueño americano convertido en pesadilla de olvidos y desigualdad.
Las reales miserias conjuradas por una globalización sin rostro humano lograron el montaje de la más formidable coalición de todos los temas reaccionarios que se esconden en el corazón incomprendido y desatendido de las profundidades de los Estados Unidos.
Estaba perdida, en todas partes, una conducción ilustrada y todo se confabuló para poner las riendas del destino del mundo en manos de un aprendiz de brujo ( der zauberlehrling ).
Sin forzar paralelismos, pienso en nosotros, no en Trump, cuando recuerdo 1933, cuando Hindenburg dio su indispensable apoyo para que un vociferante enardecedor de resentimientos pudiera dirigir la cancillería alemana.
“Una vez canciller, moderará su tono” –pensó–, y se equivocó. El poder no modera, exacerba. Nosotros no podemos cometer ese pecado de ilusiones autocomplacientes. Quien camina y habla como pato, no es santa paloma. Sepamos que lo peor es posible y preparémonos para la tormenta.
Control total. Trump llega a la presidencia con una aplastante mayoría legislativa que le permitirá mano de hierro y control de la agenda política. En ella se encuentra el nombramiento de una figura reaccionaria para llenar la vacante de Scalia en la Corte Suprema.
Eso abre amplias posibilidades de retroceso de los derechos civiles y de género que volverán a ponerse sobre la mesa. Con la mayoría en la Corte Suprema, tendrá fuerza sobre los tres poderes, con el debilitamiento evidente de los pesos y contrapesos, balance indispensable para la democracia.
La abolición del programa de salud de Obama fue promesa de primer acto de su administración. Siguen en su nefasta lista, deportaciones masivas y proteccionismo comercial, en especial con Corea, China, Europa y México, como primeros blancos.
Se inicia un período de inestabilidad en todos los escenarios internacionales. No habían terminado de contarse los votos, cuando se reunía afligido el Consejo de Seguridad Nacional de Corea del Sur, necesitado de evaluar su nuevo estado de vulnerabilidad frente a Corea del Norte.
Compás de espera. Todas las alianzas cultivadas por Obama en Oriente Medio quedan en suspenso, abiertas las amenazas de intervención de Moscú en Ucrania y otros países del este europeo. La Unión Europea, que no está en su mejor momento, pierde un aliado confiable en la OTAN y puede despedirse del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones, en actual negociación.
El muro, a cargo del erario mexicano se convirtió en su retórica de campaña, en un símbolo difícil de olvidar.
Canadá y México fueron amenazados con tener que renegociar el Nafta. El pesimismo comercial deambula por todos los pasillos. Solo Ottón Solís, cuando ya estábamos comenzando a apreciar su buen tino, es capaz de imaginar una posible renegociación del TLC, con supuestas nuevas ventajas que Trump nos podría conceder.
¿Cómo se le puede ocurrir ver una oportunidad para Costa Rica en semejante victoria de resentimientos, xenofobia y aislacionismo? ¡Por Dios santo, señor! Crucemos los dedos, más bien, para que no lo toque. Pero bueno… al mejor analista se le cae el zapote.
Cambio pedido. Pero no debemos enfadarnos con la realidad, sino aceptarla en toda su dimensión. Aparte a los posibles malos augurios que llevan de premisa la administración Trump, signo va, signo viene, hace rato ya que los síntomas de un cambio en el ánimo de las poblaciones anunciaban a gritos la hora de giros de paradigma.
El cambio que se pedía era de mayor solidaridad, partiendo del entendimiento de los males que causaba la administración de las opulencias de los mercados para beneficio de las minorías.
Pero había demasiada ceguera para eso y las élites políticas que empoderaban a las cofradías del comercio exterior marcaron el paso en las agendas públicas. No importaba que la desigualdad resultante provocara, a todas luces, tan amargos desencantos también en Costa Rica, donde pervive el abandono a la industria local con la fiesta perenne de negociaciones comerciales.
Contra la demagogia no hay vacunas. Quien capture el derecho al berreo y lo convierta en fuerza electoral puede llevar a cualquier pueblo al matadero. Frente a la ceguera de las élites se impuso la ceguera de las masas. Pero seamos honestos. No fueron las masas populares las primeras sordas a los buenos consejos de quienes, desde hace años, advertían de cosechas de tormentas que se cultivaban en las mieses neoliberales y aperturistas a ultranza.
Llegaron entonces las uvas de la ira popular con las que tenemos que reconciliarnos primero, antes de esperar retomar un sendero seguro, cuando pase esta tormenta. En tanto, “el cielo profundo viste de duelo”.
La autora es catedrática de la UNED.
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