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Boletines-Artículos

'Brexit': un sueño interrumpido

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 24 DE JUNIO DE 2016 A: 12:00 A.M.

 http://www.nacion.com/m/opinion/foros/Brexit-sueno-interrumpido_0_1569043089.html

Hoy todos dicen lo mismo: que la Unión Europea necesita una urgente reforma

 

El brexit ganó, pero la tormenta apenas empieza. Entre amenazas y vaticinios, los británicos decidieron, y eso es lo único claro en los nublados del día. El electorado habló, pero su voz peligra leerse bajo el prisma de las pasiones que presidieron el referendo.
Esa es una lectura peligrosa porque está todavía dictada por el fanatismo. Hay que alejarse de los extremos. Es hora de una flemática visión centrista que retome este contundente mensaje con un diálogo desapasionado.


Dichosamente, entre los líderes europeos surge ahora una nueva unanimidad, extraña y tardía. Hoy todos dicen lo mismo: que la Unión Europea necesita una urgente reforma y que las cosas no pueden seguir como antes, entre los que se quedan.


Tirios y troyanos concuerdan con que el proyecto europeo necesitaba perentorias enmiendas. Pero es fácil ser profeta después de los hechos. Si los líderes que así recapacitan ahora hubieran estado dispuestos, antes del referendo, a una renegociación de fondo del tratado, otro gallo cantaría.


Mea culpa. En sus primeras reacciones, Merkel, Hollande, Rajoy, Renzi y hasta Sarkozy, todos hacen “mea culpa” colectiva. En todas partes se escuchan voces llamando a la calma.
Se acabó el alarmismo desenfrenado y también, gracias al cielo, la comodidad arrogante de la autocomplacencia. ¿Llegará este realismo, nada mágico, a poner fin a los desmanes burocráticos?


Grecia, más endeudada que nunca, después de draconianos “salvamentos”, enseña hasta dónde llega la insensibilidad irresponsable, que pone en riesgo el derrotero accidentado de una utopía justa.


Sobresale la voz de la canciller alemana. Serena, apeló Merkel a una deliberada cautela (besonnenheit) y exhortó a evitar acciones impulsivas, que pudieran agravar, aún más, el ya insoportable peso de la incertidumbre del día.
Ella entiende el brexit como una ruptura, pero no solo con un socio, sino también con una forma de hacer las cosas. Falta decir que ese estilo se impuso bajo su liderazgo.


Su voz tardía hace aún más fuerte el llamado de alerta contra un tipo de conducción, a troche y moche, donde la asimetría no era reconocida y se obligaba a todos a marchar al mismo paso austero.


Merkel no es la única que llama a la sensatez después del vendaval. Ella y otros reconocen, ahora y a destiempo, que el malestar británico no era aislado. Sus voces, inútiles después del hecho, se unen para enterrar las amenazas.


Nuevo comienzo. Hoy, anuncian, para calmar ánimos y mercados, que toda negociación de salida debe hacerse sobre la base de preservar la más importante de las conquistas logradas, aquella producto de décadas de integración económica y que nadie, hasta ahora, ha puesto en duda: el estrecho vínculo comercial y financiero que une al Reino Unido con el continente y que habrá, a toda costa, que salvaguardar.
Va más lejos Sigmar Gabriel, compañero socialdemócrata del gobierno de coalición de Merkel. Para él, de este crepúsculo puede nacer un nuevo amanecer.


Más que un rechinante freno del tren europeo, esta salida debe aprovecharse como oportunidad de un nuevo comienzo, donde se ahorre menos y se invierta más, en clara contraposición con la habitual receta de austeridad.


En ese mismo sentido, apunta un documento preparado desde hace tiempo por las cancillerías de Francia y Alemania, que aconseja una construcción europea a dos velocidades: un ritmo acelerado de más estrecha unión entre las potencias desarrolladas y una velocidad más pausada para los países de menor desarrollo. Este documento sale a luz después de los resultados del referendo británico. Posiblemente, se esperó su presentación para no brindarles alas a los descontentos. Es probable que su silencio lograra el efecto contrario.


Factores. Se apunta, en mi opinión, tal vez con exceso, el peso que tuvo en la decisión británica la inmigración. No debe menospreciarse ese factor, que debe ser atendido, como uno de los componentes más serios de las disrupciones internacionales actuales.
Pero exagerar su peso tiende a subestimar el impacto social negativo de la globalización, cuando no se enfrenta su desigualdad resultante, con políticas apropiadas de apoyo a los sectores perdedores, que nunca faltan.


Atribuirlo todo a extremismos xenofóbicos también oculta el resto de los factores que pesaban sobre el ánimo de los electores. No se puede explicar de otra manera como uno de los pueblos más cultos de Europa votara en contradicción con lo que le aconsejaba la opinión prácticamente unánime de especialistas, líderes políticos, organismos internacionales y figuras públicas.


Panorámica territorial. No es que los británicos votaran por el aislacionismo. Esa sería una visión simplista de un problema complejo. El resultado del referendo nos da, en especial, una panorámica territorial y sectorial que nos hace preguntarnos si no han faltado políticas que hicieran más accesibles las oportunidades a regiones apartadas y a grupos etarios que necesitaban nuevo entrenamiento laboral.
Así vemos el cambio de rumbo que están teniendo líderes otrora fuertemente aperturistas, como Hillary Clinton, que se opone ahora al Tratado Transpacífico, o de organismos internacionales como el FMI, que reconoce la necesidad de atender disparidades.


Eso lo entendían los líderes europeos, pero no hicieron nada. Acentuaron más bien la austeridad. Eso también lo reconocieron nuestros propios líderes nacionales, en ocasión de nuestro referendo, pero tampoco han hecho mucho para contrarrestar la rampante desigualdad de ingresos, de productividad y de competitividad que padecemos. Allá siguieron inertes hasta el baldazo. Aquí también.


Der Spiegel titula su portada diciendo: “Muerta Europa, ¡que viva Europa!”. Tiene razón. Este compás de espera, con todo y lo grave que es, no anula la grandeza del noble proyecto europeo.
Ese sueño, ahora interrumpido, merece remozarse. Aquellos otrora insensibles al clamor del descontento británico, ¿podrán tener la sensibilidad de escuchar los quebrantos de los 27 que les quedan?


La autora es catedrática de la UNED

 

El dilema inglés

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 20 DE JUNIO DE 2016 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/m/opinion/foros/dilema-ingles_0_1568043189.html

En realidad, la contradicción británica con la UE es política, ni comercial ni económica

 

Quedarse o irse. Esa es la cuestión delicada, pero no solo para los británicos. El día del brexit está a la vuelta de la esquina. El 23 de junio los británicos definirán en referendo si el Reino Unido sigue o no en la Unión Europea. En ese resultado, las relaciones políticas, comerciales y financieras internacionales se juegan una carta decisiva.
Conforme se acercan los días y los indecisos se decantan, las encuestas muestran una pequeña pero clara ventaja de la opción de salirse del experimento supranacional más atrevido de los tiempos modernos.


Los adalides políticos de ambos bandos predicen desgracias funestas si triunfa el contrario. Los costarricenses conocimos, en el referendo del TLC, ese ambiente de fin de los tiempos predicado por exacerbados paladines.


Más que entender las causas históricas subyacentes de este aprieto o de ensayar predicciones sobre los resultados de los votos, la incertidumbre que rodea al brexit demanda un análisis desapasionado de los escenarios en caso de una salida.
Factor de equilibrio. Uno de los efectos más evidentes que tendría el brexit sería sobre la propia Unión Europea, que resultaría perjudicada por esa eventualidad, al perder a uno de sus principales miembros, al tiempo que se alteraría la relación de fuerzas entre sus socios.
Al proyecto comunitario, el Reino Unido se adhirió tarde y a regañadientes y, cuando llegó el momento monetario, prefirió quedarse fuera de la zona euro. Tampoco fue siempre bienvenido.


Francia vetó su ingreso al Mercado Común por más de 12 años. Pero su presencia ha sido, no solo ahora, sino en la misma historia europea, factor de equilibrio entre las potencias continentales.


Con su partida, Alemania sería la más neta perdedora, al eliminarse el colchón que ha alivianado sus tensiones con Francia, que vería fortalecida su capacidad de maniobra frente al socio teutón.


Proyecto herido. El brexit alimentaría en los demás países comunitarios todas las fuerzas centrífugas despertadas por la crisis del euro, por la sensación de inutilidad derrochadora y burocrática de sus instituciones y por la pérdida parcial de soberanía frente a temas tan sensibles como la creciente y acelerada inmigración.
El proyecto político comunitario quedaría lisiado. Pero eso no significa que la salida del Reino Unido produzca una estampida generalizada, amarrados como están algunos de sus miembros dentro de la zona euro y beneficiados todos por economías de escala en un mercado más amplio.


Lo que es innegable es que se verían necesariamente fortalecidos los tradicionales vínculos entre Estados Unidos y el Reino Unido y se avivarían las posibilidades de un TLC entre ellos.


Esas perspectivas implicarían, por lo menos, un debilitamiento de la capacidad de negociación de la UE en las componendas en curso de la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones (TTIP, por sus siglas en inglés).


La UE tendría que aceptar concesiones a las que ahora se resiste, so pena de ver al Reino Unido más fortalecido que ella.


También existen posibles impactos de la pérdida de peso que tendría la ausencia británica y su visión ideológica neoliberal frente a las políticas reguladoras germanas en materia de competitividad y de rigidez del mercado laboral, donde el Reino Unido tiene mayor afinidad con los Países Bajos y con Irlanda. La crisis social actual de Francia, que está liberalizando el empleo, acentúa ese componente.


Contradicción política. Con la partida del Reino Unido, la UE perdería también el liderazgo de su más importante y competitivo centro financiero internacional, con escasas posibilidades de sustituirlo en el continente, a no ser con un enorme e inútil costo, porque es muy improbable replicar la enorme red de servicios financieros construidos por la larga y venerable tradición de la City de Londres. Sería más simple buscar un acomodo mutuamente aceptable.
En realidad, la contradicción británica con la UE es política, ni comercial ni económica. Por mucho que se amenace al Reino Unido, existe un fuerte interés en mantener los lazos comerciales lo menos alterados posible. Siempre será preferible ser socios, no rivales.


Sus aparatos productivos están irremediablemente encadenados. El 50% de las exportaciones de los socios de la UE al Reino Unido son de productos intermedios en cadenas globales que adquieren valor agregado en el Reino Unido.


Dos años plazo. Por otra parte, la salida británica no tendría un impacto institucional necesariamente inmediato porque el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea prevé dos años para negociar los términos del retiro de sus miembros. Ese no es el caso, por supuesto, de las apuestas financieras y monetarias especulativas que, de hecho, ya están en juego y adquieren, para muchos, un peso predictivo mayor que las encuestas.

 

En el momento de escribir este artículo, los inversionistas, adversos al riesgo, huyen de la incertidumbre de las bolsas y buscan abrigo en el bono alemán que, ante tan inusual demanda, tiene una rentabilidad negativa inaudita.


Según la casa de apuestas Betfair, las jugadas por una salida están en los máximos y, en mínimos, los que apuestan por el statu quo.
En caso de la salida de la Unión Europea, todo aconsejaría utilizar los dos años de negociaciones del retiro británico para conservar intactas, en lo posible, las relaciones comerciales y de inversión, a través de un acuerdo de asociación, similar al que tenemos nosotros con la UE, donde componentes políticos limitados permitan la negociación de relaciones estables y previsibles.


El problema será, en el ínterin, disminuir al máximo la incertidumbre, que se amplifica ahora con exabruptos y exageraciones disuasivas, a medida que se acerca el día.
Difícil tarea si Alemania considera que su agenda dicta “castigar” la salida, como forma de contrarrestar el posible “efecto dominó”. Sería la vía confrontativa europea, una vez más, con consecuencias impredecibles en todos los contextos. Eso sería el peor escenario para todos los actores si se escoge esa disyuntiva frente al dilema británico.


La autora es catedrática de la UNED.

El improbable y peligroso Trump

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 05 DE JUNIO DE 2016 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/opinion/foros/improbable-peligroso-Trump_0_1565043496.html

En todas partes se especula sobre las consecuencias de una victoria republicana

 

Un espectro recorre los comentarios de opinión de todo el mundo: el fantasma de Donald Trump. En todas partes se especula sobre las terribles consecuencias de una victoria presidencial republicana, con el portaestandarte más impopular de la historia moderna.


Con sobrados méritos se granjea Donald tan universal antipatía. No existe tema donde no levante roncha con desatinos fuera de tono, con la alevosía que le brinda su narcisismo amplificado por el apetito insaciable de la prensa de dar resonancia a sus bien calculados disparates.


Es un bully escolar llevado al escenario político. Se nutre de bajos instintos a contrapelo de los más básicos conceptos de sensatez y humanidad, conquistados por la cultura.
Su abrasiva personalidad histriónica ataca con bajeza impune fabricando escándalos con sus despropósitos para concentrar la atención sobre sí mismo. Es irresistible, para la prensa, dejar de reproducir sus desaciertos y, para el populacho, dejar de aplaudir sus desplantes como expresión de una franqueza que refleja sus desengaños.


El simplismo es su fortaleza. Frente a un problema complejo, nada más poderoso que un argumento simplista. La masificación de la información instantánea de las difíciles coyunturas de la vida moderna globalizada termina reduciéndolo todo a fórmulas esquemáticas para consumo popular. Es el hombre-masa de Ortega y Gasset, empobrecido.
La gente no mastica complicado. Mucho menos cuando los grandes impactos del desempleo, la desigualdad y la falta de oportunidades se asocian, sin ton ni son, con el comercio, la emigración, los mercados de capitales y las responsabilidades globales de los Estados Unidos.


La vulgaridad explota las frustraciones acumuladas en los sectores de menor nivel educativo. El peligro de Trump es directamente proporcional al calado que logra su coctel de vituperios en los mares de resentimiento de ese segmento de votantes.


Su xenofobia hace fiesta contra hispanos y musulmanes. Las mujeres son blanco de burlas misóginas. El comercio internacional se vuelve, en sus bravuconadas, chivo expiatorio del desempleo.


China debe ser castigada por ser competitiva. Los europeos, por atener su defensa al presupuesto norteamericano. ¡Que Japón y Corea construyan sus propias bombas atómicas y que arranque la carrera al apocalipsis! ¿Y la grandiosa deuda externa de los Estados Unidos? Donald la resuelve en dos toques: con sus supuestas dotes de negociante, dice que convencería a los acreedores a rebajar el monto o atenerse a las consecuencias.


¿Podrá en noviembre imponerse tanto desplante? Lo más fácil sería descartar a Trump como ganador. Pero esa misma displicencia de darlo por desechable hizo que sus rivales republicanos respondieran demasiado tarde a su diatriba.


Tampoco sus contrincantes eran particularmente atractivos. El cosmopolitismo sofisticado de las costas, donde arrasó la elocuencia de Obama, marcó un contraste con la retórica ideológica de las zonas rurales, con la que el establishment republicano no supo arreglar cuentas, secuestrado desde entonces por su reaccionario Tea Party.
Inquietud. ¿Cabe, entonces, preocuparse? Yo diría que sí. El 98% de las encuestas vaticinan una ajustada victoria demócrata, con márgenes tan pequeños que no tranquilizan.


La más reciente encuesta de la NBC predice para noviembre una ventaja de Hillary Clinton de dos puntos apenas (47% a 45%). Pero falta que corra mucha agua bajo el puente. Todavía no se han enfrentado, la una frente al otro, mostrando entuertos, en campaña abierta, y aquí Donald no se cansa de jalarse tortas.


De predicciones prematuras nosotros tenemos lecciones propias. Araya, ganador absoluto presuntivo, no pudo aguantar el ácido de la contienda. Eso no quiere decir que la simpatía o antipatía que generen los candidatos norteamericanos no cuente. ¡Cuenta, y mucho!


Tanto Hillary como Donald generan anticuerpos, pero con una diferencia: Hillary ya ha tenido un cuarto de siglo para llegar al techo de los que no la quieren. Trump, entre ser político de reciente data y ser tan cáustico, tiene amplio margen de maniobra para que sus desafectos crezcan. Su capacidad de ofender no pareciera conocer límites ni fronteras.


Diferencias numéricas. Por otra parte, en Estados Unidos, el sufragio directo no decide. Allá se vota por presidente, pero no se elige presidente, sino a un colegio de 538 delegados electores. Quien logra 270 delegados gana la presidencia, aunque tenga, en total, menos votos populares.
En todos los estados, salvo Nebraska y Maine, quien gana se lleva todos los delegados, y no todos los estados tienen el mismo número de delegados. California, en el oeste, tiene 55, mientras Nueva York, en el este, 29.


La historia reciente muestra que ciertos estados son normalmente favorables a los demócratas; otros, a los republicanos. Otros oscilan entre elección y elección. En los últimos 24 años, 19 estados y el D.C. apoyaron a los demócratas, alcanzando 242 delegados.


Un total de 13 estados votaron republicano y alcanzaron 102 delegados. Los demócratas necesitan solo 28 delegados de los estados oscilantes para ganar la presidencia. A los republicanos les faltarían, en cambio, 168. Obama ganó dos veces los siete estados pendulares. Con que Hillary gane Florida, la hizo toda.


Falta, además, por ver cómo la demografía se impone. Habiéndose enajenado de hispánicos, mujeres y jóvenes, no quedan suficientes adultos mayores blancos o resentidos, de bajo nivel educativo, para elegir presidente a Trump.


Parodiando a Richard North, de nada le sirve a Trump aumentar su cuota de adeptos en segmentos decrecientes, cuando lo hace a costa de disminuir simpatizantes entre grupos demográficos que aumentan. A estas alturas del partido, eso difícilmente puede cambiar.


Pero metidas de pata imprevistas son, a veces, fatales. A Hillary no le han faltado. Solo nos resta advertirle, por si acaso, que no pida que la contraten, porque un triunfo de Trump, aunque improbable, es muy peligroso.


La autora es catedrática de la UNED.

 

El dilema democrático

Logo periodico La Nacion

 

 

POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 22 DE MAYO DE 2016 A: 12:00 A.M.

http://www.nacion.com/opinion/foros/dilema-democratico_0_1562243773.htmlv

El desarrollo demanda sacrificios y la democracia exige difíciles consensos

 

Para países pobres, un desarrollo económico integral es posible. Buenas prácticas, políticas públicas y hojas de ruta sobran para quien quiera asumirlas. Esa es la buena noticia. La mala es que nunca es fácil y en democracia, menos.


El desarrollo demanda sacrificios y la democracia exige difíciles consensos. Tal vez por eso la democracia casi nunca ha sido una de las premisas del desarrollo de los países rezagados. Así lo confirma la historia en el sudeste asiático, donde sus emblemáticos tigres se fueron convirtiendo en potencias industriales sobre la base de regímenes autoritarios.


En algunos de esos países, meras formas democráticas simulaban apenas la mano militar que marcaba el trote. En otros fueron directamente generales de ilustrado autoritarismo que condujeron amplias concertaciones empresariales, con derrotero nacional y sentido de urgencia e impusieron, manu militari, restricciones laborales.

Cortar el pastel desde arriba, sin distracciones bizantinas, es la vía más fácil. Aparece menos conflictuada por la necesidad de atender las demandas sociales, en un camino que exige siempre abnegaciones en el presente, y que, en todas partes y sin excepción, perturba intereses creados e impone disciplina y austeridad.


Ese, por supuesto, jamás será el camino de Costa Rica, por mucho que se encuentre enredada en sus propios mecates, secuestrada por minorías y aletargada por una perniciosa sensación de autocomplacencia que nos contagia de irrealismo tenebroso.


Acuerdos nacionales. El desarrollo económico también es posible en democracia. Esa es la buena noticia. La mala es que exige liderazgo para alcanzar los mismos propósitos, pero no por la fuerza, sino gracias a acuerdos nacionales. Irlanda es el ejemplo más paradigmático de ese tipo de desarrollo por la vía concertada.
¿Cómo lo logró? ¡Cuidado! No busquemos lo que hizo para copiarlo. Yo sé que nuestra clase política no es ni muy creativa ni muy innovadora. Pero hay cosas que simplemente no admiten copy-paste criollos o malos plagios, como acoger aspectos aislados del programa Bolsa Familia de Brasil. Allá es un programa institucionalmente articulado y aquí, de compartimentos estancos.
Pero un acuerdo nacional presupone la existencia de una elevada capacidad de liderazgo au-dessus de la mêlée, como decía Romain Rolland, en otras palabras, por encima del marasmo nauseabundo de la mezquina refriega cotidiana. De eso carecemos casi a nivel absoluto. Nos falta liderazgo, a secas.

 

Es imposible alcanzar incluso arreglos parciales urgentes porque en esta tribu faltan indios y sobran caciques, ninguno de gran talante y mucho menos en el lugar de donde debería emanar el sentido colectivo de dirección. Es un “problema ontológico”, como dice don Eduardo Ulibarri; a saber, de naturaleza intrínseca. No aclaró, sin embargo, si esa ontología de discapacidad conductora era coyuntural o permanente.


Empantanados. La inhabilidad, administración tras administración, de alcanzar acuerdos mínimamente aceptables en materia fiscal, apuntaría a lo segundo. Estamos hablando de impericia elemental de acordar una fiscalidad sostenible en el sentido más básico de la matemática de ingresos contra egresos.
No hablamos de niveles de fiscalización más profundos y holísticos, como rendir cuentas de la calidad del gasto público, medido en términos de resultados, por ejemplo, en el área social, educativa y de atención de salud.


En todos esos espacios, una permanente insatisfacción ciudadana no ha sido capaz de lograr incidir en producir cambios, ni siquiera por la vía del castigo electoral. No hablemos ya de una fiscalidad que alcance la sabiduría de brindar estímulos a la innovación productiva o marque, como en Corea, el alineamiento educativo con las condiciones estructurales del desempleo. No, eso ni siquiera está sobre la mesa.


Estamos atascados en lo que aparentemente todos estamos de acuerdo: que la solución del desequilibrio meramente matemático no puede venir ni solo de la contención del gasto ni del mero incremento de impuestos. De acuerdo en lo esencial y, sin embargo, empantanados. ¡Increíble!


Y no nos faltan espacios de concertación. Sendos consejos presidenciales reúnen en su seno a los principales actores de las necesidades nacionales de competitividad, educación e innovación. Doña Ana Helena Chacón preside, con ahínco y donaire muy propios, el de innovación y gestión del talento humano. Por su mesa pasan las mejores ideas, y me consta que de ella reciben el más caluroso aliento, intentando abrir caminos que permitan mostrar resultados. Igual podría decirse del consejo de competitividad, presidido por el vicepresidente Helio Fallas.


En esos foros, el sector privado, la academia y las diferentes instancias públicas exponen sus inquietudes. Pero las iniciativas ahí fraguadas no logran, todavía, el poder de arrastre que les otorgue vida institucional activa. ¿Y cómo podrían lograrlo en este marasmo, donde hasta lo más elemental, como la educación dual, navega a la deriva?


“Para después”. Estancamiento e insatisfacción son pésimos consejeros, sobre todo cuando se acercan períodos electorales propicios a disparates colectivos. Será difícil escoger la sensatez por encima de la fanfarria. Deberemos abrazar un sentido realista y razonable de propósito común, que necesariamente deberá ser sacrificado y poco vistoso.
Ahora resulta que todos están de acuerdo en construir un gobierno de unidad nacional, con un sentido colectivo de propósito, aceptando esfuerzos y sacrificios. Don Ottón, don Rodolfo y Álvarez Desanti, en fin, todos apoyan esa idea… pero para “después”.


El presente se da por perdido. Frente a esa disyuntiva, sin resolver, se acercan tiempos que nos amenazan, sin que se perfile un liderazgo unificador y constructivo. Pero un liderazgo no se improvisa de la noche a la mañana, y mucho menos surge como subproducto de la maquinaria del mercadeo político, cuando se nos “venden” candidatos como coca-colas. Estamos en ese trance. Ese es nuestro gran dilema democrático. 

 

La autora es catedrática de la UNED.

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