
Mucho ruido y pocas nueces
POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 18 DE MARZO DE 2015 A: 12:00 A.M.
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Las políticas de protección de los productos agrícolas por la vía de los precios están diseñadas para mejorar la competitividad y la productividad del sector.
No obstante su carácter distorsionador del mercado y del peligro que conlleva de promover inapropiadas asignaciones de recursos, su empleo puede justificarse porque en las zonas rurales se concentran las más dolorosas brechas socioeconómicas.
Las intervenciones deben estar sujetas a la rendición de cuentas, ser temporales y focalizarse en la mejora, si no, se convierten en premios permanentes a la incompetencia, castigo al consumidor y subsidio a la baja competitividad.
Porque, seamos honestos, el camino hacia el infierno está adoquinado por buenas intenciones. Detrás de legítimas intervenciones para salvar determinado sector productivo, se puede camuflar, también, la defensa de los ingresos de unos pocos y el llano proteccionismo de la ineficiencia.
Uno de los ejemplos más notorios del abismo entre declaraciones y resultados es la política empleada en la fijación de los precios del arroz. A lo largo de decenas de años, ha sido el único producto agrícola de precio regulado por el Estado, sin la más mínima rendición de cuentas sobre su impacto en la competitividad y la productividad.
La producción arrocera nacional es la sétima más cara del mundo. No a pesar de la protección, sino como resultado, tal vez, de ella.
El consumo per cápita de arroz en Costa Rica es uno de los mayores del mundo. En contraste, el país está entre los de más baja producción por hectárea y de más alto costo por libra; se genera solamente el 60% de lo que se consume, el resto se importa de naciones más competitivas, lo cual desata todo tipo de pretextos para autorizar la manipulación política de los precios. Cuanto más se protege, más sigue igual.
Arroz más caro. Cuando se negoció el TLC, quedó asegurada la importación de un contingente de arroz sin arancel para que Conarroz se lo vendiera al consumidor a precios artificialmente regulados, con lo cual obtendría enormes ganancias. El mecanismo fue establecido para usar las ganancias en la promoción de una mayor productividad y defender la supervivencia del pequeño agricultor.
El lugar del arroz en la canasta básica representa el 5% de los ingresos del 20% de los hogares más pobres. El precio artificialmente protegido los perjudica directamente y el esquemita de importar a precios bajos y sin aranceles para luego vender a precios artificialmente altos nunca se justificó y estos son los resultados: seis compañías apenas se benefician de casi el del 70% de las ganancias de comprar barato en el exterior y venderlo caro localmente. Entre 1.019 productores, 54 cultivan un 53% del total del arroz nacional. Frente a esa protección distorsionadora que pagamos todos, especialmente los de menos recursos económicos, la productividad arrocera es la misma desde 1996 (4,1 t/ha). Una tragedia.
Ahora viene el sainete. La industria arrocera del Cono Sur hizo buen uso de los mecanismos proteccionistas temporales que sus países pusieron en práctica en beneficio del desarrollo eficiente de una mejor productividad.
Su creciente competitividad llegó en forma de arroz barato a Costa Rica. En Uruguay se produce el doble por hectárea que aquí (8,3 t/ha) y sus costos son menores. Por ello, el arroz argentino y uruguayo, aun pagando un arancel del 35%, que todavía subsiste, han logrado mantener un precio de mercado que toma ventaja adicional frente al protegido grano costarricense. En consecuencia, se aprobó una medida de salvaguardia que elevó al doble el impuesto de ingreso del arroz importado. El Gobierno alegó defender el empleo de los más pequeños. Veamos sus resultados.
Nada para el campesino. De acuerdo con la Organización Mundial del Comercio (OMC), cuando se aplica una medida de salvaguardia, el país queda obligado a ofrecer una compensación a los países perjudicados. Uruguay y Argentina, por ejemplo, solicitaron la retribución que el mecanismo permite. Costa Rica lo sabía y debió ceder. Después de mucho bombo, las cosas quedaron casi igual que como estaban.
Uruguay exportaba 11.000 toneladas de arroz pilado y pagaba el 35% de impuesto. Costa Rica ahora debe recibirle 11.000 toneladas como retribución; 7.000 llegarán en arroz pilado y pagarán el mismo arancel existente antes de la salvaguardia. Podrá, además, vendernos sin aranceles 3.000 toneladas en granza (con cáscara, que pelará el industrial, pero que no beneficia al campesino) y 1.100 toneladas de precocido, que sin aranceles no favorecen ni a productores ni a industriales. En resumen: Uruguay gana algo que no tenía antes. El agricultor tico, nada.
Con Argentina nos fue un poco mejor porque le compensamos un poco el arroz que le compramos, y obtiene un beneficio adicional: ahora nos puede vender vino sin aranceles. ¿Y el empleo del campesino costarricense? La pregunta del millón.
Con pompa fue anunciada la imposición de una salvaguardia para proteger la generación de empleo rural. ¿Cuál empleo se defendió? A la luz de los resultados, ¿cómo se justifica la parafernalia populista de tal salvaguardia?
Nos quedan debiendo información sobre qué se ha puesto en práctica para aumentar la productividad, en especial la del pequeño agricultor, o qué se hará en beneficio del consumidor nacional para fomentar la equidad. Se hizo mucho ruido en defensa del pobre, pero, al final, se quebraron realmente muy pocas nueces.
La autora es catedrádica de la Universidad Estatal a Distancia.

Lo inmediato domina el panorama
POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 22 DE MAYO DE 2015 A: 12:00 A.M.
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Nuestro futuro se eterniza en un limbo de complacencias o condenas
El primero de mayo, el presidente, Luis Guillermo Solís, se dejó en el tintero uno de los procesos más estratégicos de su gobierno: un mapa de ruta hacia el desarrollo, en el que trabaja un amplio abanico de actores.
Se trata de la labor de dos consejos presidenciales, dirigidos por las dos vicepresidencias, como continuación de una iniciativa de la administración pasada. En ningún otro entorno nacional existe un diálogo tan rico y propositivo.
Más allá de ocasionales pactos de coyuntura entre fuerzas políticas, para sacar ventaja en un entorno enrarecido y lleno de confrontación, en estos foros se produce la sustancia de grandes acuerdos nacionales.
Ahí se analizan problemas de competitividad y productividad. Se habla de otorgar el énfasis al valor nacional agregado y a los encadenamientos para fortalecer el impacto interno de la inversión extranjera y de las exportaciones. Se proponen iniciativas para acortar brechas entre la oferta educativa y la demanda productiva. Se plantean fallas en cuanto a flexibilidad laboral en el mercado de trabajo y en la formación del capital humano, con propuestas de educación dual. También se proponen mecanismos para la superación de la llamada tramitomanía, especialmente en instituciones relacionadas con la producción, tan decisivas en el combate contra la pobreza.
Enfrascados en faccionalismos. ¿Construcción seria de una agenda nacional o saludo a la bandera? El silencio del presidente disminuye su trascendencia y deja abierta la inquietud. Yo prefiero pensar en otra falla de comunicación.
El problema de países como el nuestro, enfrascados como estamos en faccionalismos, es que no vemos más allá de nuestras narices. Lo inmediato domina el panorama y se vislumbran solo las victorias de unos a costa de las derrotas de otros.
En un ambiente así, de suma cero, nuestro futuro prometedor siempre se eterniza en un limbo de complacencias o condenas, entre apologías del pasado y promesas para el futuro, sin llegar nunca a decisiones colectivas.
Para mí, esa es la trampa. Los sectores políticos se saben de memoria las tareas obligatorias para el despegue económico, pero nadie alcanza el poder de convocatoria de fuerzas sociales que se traduzca en voluntad política para actuar de forma estratégica con un mínimo sentido de urgencia. Sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo estamos haciendo.
Recetas no faltan. En estas mismas páginas, aparecen todas: la angustia por el costo de la energía, la poca calidad docente y educativa, la todavía rampante exclusión escolar, el bajo nivel técnico de la fuerza laboral, el crecimiento del desempleo, la dualidad productiva, las brechas territoriales y el déficit fiscal, asunto en el que su reconocida gravedad en vez de facilitar acuerdos extrañamente los entorpece.
¿Por qué esa abundancia de claridad en tareas nunca se concreta en acciones? Tal vez porque la medicina es siempre amarga y exige agrias decisiones colectivas, de repartición de sacrificios y responsabilidades.
Ejemplos externos. Ese es el gran ejemplo que nos dejan los países que, después de estar como nosotros, han superado sus escollos. No se trata de copiar iniciativas particulares, que responden a problemas propios. La lección que nos ofrecen es la capacidad que tuvieron para crear un entorno de reconocimiento del contrario, para superar la desconfianza y lograr grandes acuerdos nacionales. Eso, que sería el mejor “cambio” imaginable, nosotros no lo estamos logrando.
Lo logró Corea mediante la Declaración conjunta tripartita sobre la forma justa de compartir la carga en el proceso de superación de la crisis.
Lo logró Irlanda por medio de su Social Partnership Programmes, convertidos en cultura política inspiradora de empresas, sindicatos y Gobierno.
Lo lograron Finlandia y los países escandinavos, y hasta es sugerente la gran coalición alemana, donde grandes filosofías políticas opuestas están siendo capaces no solo de obtener acuerdos, sino también de gobernar juntas. Lo está logrando –¡hasta eso!– México, donde representantes de los tres principales partidos políticos alcanzaron un acuerdo marco que permitió reformas profundas en plazos antes inimaginables.
Falta de consenso. Si queremos medir la distancia que separa a Costa Rica del desarrollo, podríamos enumerar tareas pendientes, pero yo creo que más importante que hacer listas es precisar el intervalo que nos separa de un entorno propicio para alcanzar consensos dolorosos.
Tenemos un sinnúmero de tareas pendientes y urgentes, pero nos rodea un ambiente político de sistemática confrontación, que sabotea su realización.
Las fuerzas políticas mayoritarias siguen prefiriendo los pactos pasajeros con fuerzas minoritarias y marginales, que se establecen coyunturalmente para obtener ventajas sobre los oponentes, en vez de abandonar la persistente descalificación del contrario para alcanzar grandes acuerdos nacionales a favor del empleo, la innovación, la calidad educativa, la flexibilidad laboral, la responsabilidad fiscal.
¿Cómo llegar ahí? ¿Cómo lograr que los pactos políticos nos acerquen a decisiones trascendentales y no a una mayor confrontación?
El presidente Solís dijo, en su rendición de cuentas, que Costa Rica está en proceso de salir de la adolescencia democrática. Yo creo que tiene razón, pero necesitamos dejar de estar en proceso y, finalmente, madurar.
Es posible definir la madurez democrática como la capacidad de superar la adolescencia conflictiva, donde nos divide la trampa de los pactos con minorías, fundados en chantajes, para concertar alianzas de mayorías que permitirían un pacto por Costa Rica.
Obviamente, no estamos ahí. Esa camisa todavía nos queda grande.
La autora es catedrática de la Universidad Estatal a Distancia.

Por el buen camino del comercio internacional
POR VELIA GOVAERE - ACTUALIZADO EL 4 DE MAYO DE 2015 A: 12:00 A.M.
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Expresión decisiva de discernimiento político es reconocer, dentro de conquistas, debilidades, y dentro de falencias, fortalezas. Si esto es cierto, las elecciones son un gran reto para la madurez política, marcadas como están por el simplismo obligatorio del mercadeo electoral.
El mensaje partidario “vende”, por lo general, condenas o apologías al enfrentar los elogios de un statu quo que todo lo defiende contra la denuncias de quienes, en la otra acera, todo lo critican. Así es la retórica electoral: monocromática, plagada de antítesis enfrentadas de esquematismos que nunca reflejan fielmente las necesidades reales.
Solo por eso, las retóricas de contrastes puros deberían tener corta vida. Pasadas las elecciones, los grises matices de la realidad deberían dominar el discurso político porque toda nueva administración tiene tanto compromiso con la continuidad como con el cambio.
Una vez en el poder, hay que pasar de la protesta a la propuesta y, de ahí, a la acción y a los resultados. El terreno encharralado no da para mucho, como excusa para el letargo. El problema surge cuando la nueva administración se siente acorralada por su viejo discurso electoral. Entonces, vencidos los plazos de la retórica, y ya en plena faena de gobierno, todavía se sigue en campaña cien días después, bajo la falsa premisa de tener que demostrar que todo lo hace de una forma radicalmente “nueva”.
Deberíamos ayudarle a la administración a redescubrir la importancia de la continuidad dentro del cambio y a pensar fuera de su propia caja. Para ello, debemos comenzar por dejar de exigirle que nos enseñe el cambio prometido. Con que nos diga lo que está haciendo debería ser más que suficiente. ¿No les parece?
Resultados positivos. Pero hay un campo en donde el estilo desasido del Gobierno está teniendo buenos resultados. Se trata, nada más y nada menos, que del comercio exterior. En tiempos del PAC –¿quién lo habría pensado?– hemos visto superada la época de los cortes radicales extremos que enfrentaron a la ciudadanía en el referendo del TLC.
En esta materia, el Comex ha sido propositivo desde el comienzo y ha marcado golpes de timón que, más que cambios de orientación, lo son de prioridades. Donde había margen de mejora, está mejorando; donde se necesitaba continuidad, la está liderando.
Ahí no había terreno encharralado y nadie quiere crearlo. Esta gestión es un gran acierto que refleja el consenso del país sobre la trascendencia de la apertura comercial, que ya nadie condena ni cuestiona. Es una conquista lograda, de la que se deben desempolvar debilidades ocultas, que anteriores administraciones relegaron, más concernidas, como estaban, en la mera apología de un modelo que se concentraba en la negociación de nuevos TLC.
La preocupación de fortalecer las capacidades defensivas del país en la administración de su comercio y la necesidad de mejorar el desempeño del aprovechamiento de los tratados vigentes esperaba liderazgo desde hace mucho, porque la política comercial de Costa Rica ya tocó techo, desde el 2010, en su expansión.
Desde hace más de una década, amplios sectores nacionales hemos venido advirtiendo que el comercio exterior era una silla que se asentaba solo en una pata. La administración de comercio, la defensa comercial, los encadenamientos productivos, la logística de carga y la infraestructura nacional son otros tantos sustentos que deben equilibrar de forma armónica la política comercial de un país.
Esta preocupación no era nueva. De hecho, muchos nos sentimos entusiasmados cuando, en agosto del 2010, la administración Chinchilla decidió impulsar un amplio “plan de acción”, a partir de una consulta pública en la que los sectores productivos señalaron una nueva agenda con un mapa de ruta orientado hacia la articulación institucional interna, la mejora de la competitividad de los sectores productivos y la ampliación de oportunidades para las pyme. ¿Dónde quedó después ese entusiasmo?
O no se le dio el acento que merecía o se subestimaron las resistencias inerciales. Pero la ruta había quedado señalada, aunque sin el paradigma de alianzas institucionales con la voluntad política necesaria para llevarla a feliz término.
Función compartida. La administración de comercio no es sinónimo de administración de TLC, cosa evidente, pero no siempre debidamente asimilada, ni siquiera en los círculos más conspicuos. La administración de comercio es una función compartida entre múltiples actores, en diferentes áreas temáticas: inocuidad de alimentos, registros sanitarios, ingreso de productos por aduanas, integridad sanitaria y fitosanitaria de productos importados, reglamentación técnica, defensa legítima de la producción nacional y logística de carga, entre otros.
Bajo este andamiaje se le atribuyen a diferentes entidades públicas competencias legales para administrar áreas temáticas específicas del comercio exterior de forma articulada.
Pareciera que existe un ambiente propicio para que esta administración asuma un liderazgo que, finalmente, ponga el acento en el fortalecimiento de un adecuado entorno institucional de soporte. Esta vez, con el Comex a la cabeza, en su papel de rector, las instituciones responsables están en pleno proceso de perfeccionar el sistema del comercio exterior, lo que implica la voluntad política de hacer una reorientación de tareas y la necesaria concertación social de actores.
Podría decirse que en el campo institucional estamos llegando a un punto de acumulación crítica que convierte la conciencia de la necesidad de un cambio, en una fuerza para llevarlo a cabo, pero dentro de la continuidad del modelo. Ojalá no nos equivoquemos ni surjan jinetes del Apocalipsis que corten las cabezas que están pensando.
Debemos felicitarnos porque, escondido detrás de un escenario público monopolizado por parodias crónicas de crisis autoinducidas, se va perfilando un sistema de alianzas institucionales que amalgaman un nuevo sentido de prioridades en las políticas públicas de nuestro comercio exterior. Ahí, sin mucho aspaviento, se escribe un capítulo de cambios dentro de la continuidad.
Falta, quizás, solamente, un sentido de urgencia para que estos cambios tengan lugar con la celeridad requerida. Pero no nos quejemos tanto. Por lo menos en comercio exterior, la tierra se mueve, y eso es mucho.
Escrito por: MBA. Hellen Ruiz Hidalgo
Comunicadora estratégica del OCEX-UNED
A comienzos de Mayo visitó Costa Rica el Dr. Mukhisa Kituyi, Secretario General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo, UNCTAD. El señor Kituyi es una renombrada personalidad africana originaria de Kenya, donde fue Ministro de Comercio, diputado por el movimiento en pro de la democracia y la tolerancia política en Kenya que dio origen al partido de la Coalición del Arcoíris en ese país.
Aprovechando su presencia en Costa Rica, el Ministerio de Comercio Exterior organizó un encuentro con el Sr. Kituyi, el 8 de mayo. El evento se centró en una discusión abierta sobre "Los desafíos del sector de comercio exterior como instrumento para superar la trampa del país de renta media".
Además de don Alexander Mora, Ministro de COMEX y del Dr. Kituyi, participaron del evento Ricardo Monge, Director Ejecutivo de CAATEC y Víctor Umaña, Profesor de INCAE. El conversatorio fue moderado por el Doctor Guillermo Valles, Director de la División de Comercio Internacional de Bienes, Servicios y Productos Básicos de la UNCTAD. A ese evento fue invitada nuestra coordinadora del OCEX, Velia Govaere, quien participó en representación, también, del Consejo de Promoción de la Competitividad y del Observatorio de Comercio Exterior de la UNED.
Refiriéndose al modelo de comercio exterior costarricense, Alexander Mora, Ministro de Comercio Exterior, señaló no se trata de buscar las respuestas alejándonos del camino que nos ha permitido llegar donde estamos. Se trata, más bien, afirmó, de perfeccionar el modelo, con elementos evolutivos que permitan extender y propagar las conexiones del sector de comercio exterior hacia el resto de la economía, para que su dinamismo permita internacionalizar su dinamismo, llevando el comercio exterior a estratos que aún están solamente enfocados en la economía doméstica.
El Dr. Kituyi reconoció, en su ponencia, el éxito que Costa Rica ha tenido en la implementación de las tecnologías digitales en su modelo de desarrollo y en su economía. Según el Dr. Kituyi, Costa Rica ha hecho un buen trabajo en materia de infraestructura digital, pero se ha estancado y sus vecinos la podrían alcanzar y sobrepasar con facilidad. La globalización plantea que Costa Rica se encuentra, en materia digital, compitiendo no solo con países tan cercanos como Centroamérica y América Latina, sino también con aquellos de regiones tan alejadas como el sudeste asiático.
Ricardo Monge, precisó la trampa del ingreso medio, expresando que ésta significa para Costa Rica no crecer a una tasa mayor del 5% PIB por habitante durante más de una década, sin reducciones en las desigualdades y la consolidación y perfeccionamiento de las instituciones democráticas.
Para Ricardo Monge, la trampa del ingreso medio significa competir internacionalmente con salarios demasiado altos y productividad demasiado baja. Los salarios altos, según Monge, nos dificultan competir en la producción de bienes intensivos en el uso de mano de obra no calificada y la productividad demasiado baja nos impide competir en la producción de mercancías intensivas en el uso de la mano de obra altamente calificada. Esa es nuestra trampa: país con salarios y costos de energía demasiado caros para competir con países como Honduras, y demasiado poco competitivos para competir con países como Suiza.
En opinión del Dr. Monge, la buena noticia que nos dio el Dr. Kituyi es que es posible salir de esta trampa, si se trabaja en forma coordinada entre el sector privado, público y academia, buscando movernos hacia una economía dirigida por la innovación y no sólo por la eficiencia. Ricardo Monge recordó al auditorio que Costa Rica puede salir de esa trampa porque existen países como el nuestro, que lo han logrado.
En su intervención, la coordinadora de OCEX señaló, que la historia señala, según la experiencia de muchos países, entre ellos Finlandia, donde cursó sus estudios de doctorado el Sr. Kituyi, que para salir de la trampa del ingreso medio, son más decisivos los obstáculos políticos a realizar acuerdos nacionales que los problemas técnicos y productivos o los problemas puntuales de índole de administración pública. Doña Velia explicó que “…si queremos conocer la distancia que separa a Costa Rica del desarrollo, podríamos precisar el estado de situación de las múltiples tareas pendientes, que no hemos hecho, y que tenemos claras, pero más importante que eso, creo yo, debemos reconocer y precisar la distancia que nos separa de tener el entorno social, político y económico propicio para la construcción de un gran acuerdo nacional.” Como parte de su intervención, doña Velia añadió que “…Podemos centrarnos en superar, como si fueran aisladas, problemas de competitividad y productividad, en exportaciones con ausencia de énfasis en el valor nacional agregado, debilidad estructural de nuestras redes de protección social, amenazadas pensiones y muriendo pacientes cardiacos en listas de espera, por un tema de gestión. Fallas en el mercado laboral y en la formación de capital humano, sin flexibilidad laboral ni educación dual y, finalmente instituciones ineficientes en el combate a la pobreza y ahogadas todas en tramitología. Todo eso hace todo un paquete de tareas, del que podemos hablar ad perpetuum. Pero, eso no es lo esencial. Lo esencial es que padecemos una sistemática incapacidad para construir acuerdos transversales que construyan consensos sociales y políticos para relanzar un rápido crecimiento en la economía”. (Ver ponencia de doña Velia Govaere).
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